Es que no hay derecho. Hace más de un año tengo en tapete una declaración de principios, esos que buena falta le hacen a políticos tránsfugas, tirasacos e ignorantes. Revolotea tres conceptos que me definen: neoliberal, neoconservador y neopesimista. Siendo complejos, deben ser explicados con la simplicidad que la buena didáctica impone.
Entonces me cortan la inspiración, como aguaceros dispersos que caen con alguna frecuencia en esta época del año, las notas que dan fe del trasfondo de abusos y metidas de pata de mandamases de turno. Unas que la propaganda hace aparecer como logros, al compás del aparatchik estalinista del Gobierno, que con la persistencia de jumento con los ojos vendados, arrastra de a poco al país a una autocracia populista.
Hace rato que mi remedo de augur no necesita hurgar en entrañas de alguna desviscerada ave. Tampoco es de mi etnia la lectura de arrugas: por ahí si me leo los surcos faciales en el espejo, termino emulando el narcisismo ananay del peinado blower de algún cínico vocero del Gobierno. Basta marcarle el paso al proceso político de Hugo Chávez en Venezuela, para el éxito como pitoniso —versión masculina de sibilas de épocas grecorromanas (no confundir con putoniso, versión gay de pitonisa)—, de lo que va a suceder en Bolivia.
Adivino que los militares bolivianos no saben que sus homólogos venezolanos del Ejército Nacional Bolivariano, alardean de que “no conocen la derrota militar”, comparados quizá con tres contrastes nacionales que fueran las pérdidas del Litoral, el Acre y el Chaco. Que pudieran haber sido un 6-0 sin las victorias crucistas en el norte argentino (1838), las derrotas en Ingavi del invasor peruano (1841) y del invasor cubano en la campaña de Ñancahuazú (1967). Los milicos venezolanos ya “han salido de sus fronteras para libertar” a Bolivia, una de 6 naciones hermanas \'privilegiadas\'. Lo dice el Gen. Div. Carlos José Mata Figueroa, comandante general, en su sitio oficial de Internet.
Vaticino que continuará la corrupción endémica de los políticos. Lo muestra la hilacha de una Anita Ekberg criolla, acompañante del Ministro de Aguas, claro, rociándose agua en la Fontana de Trevi, como en el famoso film de Fellini La Dolce Vita, que quizá también muestra los placeres de los que abusan del poder en países pobres como Bolivia.
Preveo que se pinchó el globo de aire caliente de la fanfarria de Evo en Italia, con el desmentido del Gobierno italiano de que se habría llegado a “un acuerdo para formar una comisión de juristas ítalo-bolivianos”, que evalúen los contratos con la Telecom. La pretensión de la “posibilidad de rescindirlos”, abriría la tranquera a otro desatino de capitalismo de Estado, versión Evo de jeta arriba cual Mussolini y penosos resultados como la nacionalización de hidrocarburos: la apropiación de Entel.
Evo Morales fue el primer mandatario boliviano que no visitó al Papa estando en Roma. Tal vez se debió a gafe evomaníaco, versión egocéntrica cada vez más notoria en el Primer Mandatario, al pensar que Benedicto XVI estaba pendiente del teléfono esperando su pedido de audiencia papal. O a la reticencia del que gusta jalar orejas, pero no que se las jalen, al reiterar el sucesor de San Pedro la admonición de no imitar cual mono el proceso político de Venezuela. Mi bola de cristal sugiere que fue una mezcla de ambos.
Presagio que en Bolivia ocurrirá lo que advierten arzobispos y obispos venezolanos sobre la reforma constitucional en el país hermano. Debería ser lectura obligada en la Conferencia Episcopal boliviana, en cuanto se aparta por fin del lenguaje ambivalente y santurrón. Critica que “se acentúa la concentración de poder en manos del Presidente de la República y se favorece el autoritarismo”. Deplora que Venezuela pase de “Estado democrático y social de derecho y de justicia” (Art. 2 de su actual Constitución), “a ser un \'Estado Socialista\'” (art. 16 de la propuesta), que condiciona “la participación del pueblo y la actividad de los ciudadanos a la sola construcción del socialismo (Art. 70) y de la economía socialista (Art. 112)”. Lamenta que la nueva Constitución “limita la libertad de los venezolanos” e “incrementa excesivamente el poder del Estado”, anulando la descentralización y controlando el Gobierno “muchísimos espacios de la vida ciudadana”. Censura que “el Estado y el Gobierno estarían dirigidos por un Presidente que puede ser reelecto —sólo él— continuamente, con un poder amplísimo que le permitiría disponer constitucionalmente de las instituciones, propiedades y recursos”.
Con pelos y señales se repetirá el libreto en el protectorado chavista que es Bolivia. Y auguro que la timorata postura de la curia, esperará hasta que el burro muerto tranque el corral, como dice la sabiduría popular.
Qué va. Es tiempo de la reafirmación del sincretismo religioso que hace original a la cultura latinoamericana, con sus variantes bolivianas, en la fiesta que honra a los muertos. Pronostico que desmentirá a falsos originarios que niegan la identidad mestiza mayoritaria del país. Es época de t\'antawawas (bebés falsos) —pan dulce amasado en efigie infantil— y urpus (masitas en diversas formas), que coexisten en armonía con españolísimos suspiros. En algún hogar habrá el plato favorito de un difunto: las turubolas (pelotas de barro). Son las humildes albóndigas que un amigo mío degusta previo verterles todo el azucarero encima.
Anuncio también que turubolas es adjetivo que bien cae a ciertos politicastros —¿serán ahora politichavos?— del régimen actual y a los incautos emborrachados con la propaganda oficial. No presagio pero sospecho, que con tanta brujería, el próximo año la difunta sea la democracia representativa en Bolivia. Me anoto para armarle un altar con t\'antawawas, urpus y suspiros. Pero sin turubolas.
*Winston Estremadoiro es antropólogo.
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