Imaginemos un país tan perverso, que en él se hubiera decretado un día reducir en 10% todos los ingresos de la población. Esa negra mañana, el salario del gerente de la empresa de construcción disminuyó por decreto, de Bs quince mil mensuales a trece mil quinientos, a la gente no le pareció tan grave, ya que al fin y al cabo, “él ganaba mucho”.
La situación sin embargo, demostró ser más dura para sus once ingenieros, cuyo ingreso se redujo ese día, de cinco mil a cuatro mil quinientos. La deuda de la vagoneta, el arriendo de su casa, el colegio de sus hijos y las cuotas de las vacaciones anteriores no cambiaron y mágicamente desapareció casi un tercio del monto que ellos destinaban a la gasolina, al mercado semanal, a pagar a sus dos empleadas, al asado del domingo y algunos otros gastos que hasta ese día parecían ‘necesarios’.
La solución para uno de ellos pasó por despedir a una de las empleadas y concentrar la carga del trabajo hogareño en “las miembras” de la familia, acabar con la tradición familiar del famoso asado, que se hizo mensual, no volver a pensar, por el momento, en esas vacaciones en La Serena y en pasar los ahorros a una cuenta en dólares. Todos se ‘amarraron el cinturón’, menos la empleada que despidieron, que fue la primera víctima del decreto. Para la otra empleada, la situación empeoró dramáticamente, aumentó su trabajo y la condición para que se quedara fue prolongar su salida hasta después de la cena; su marido que labora como ayudante de un camión que viaja a Caranavi, ahora sólo entra dos veces por semana (porque la gente compra menos papaya). Su disminución de sueldo ha sido mortal; lo único que pudieron estrujar fue la comida y dejar de comprar ropa, así fuera usada y acabar con la platita que ella enviaba a sus padres en el pueblo.
El que más sufrió fue un mendigo de la iglesia de San Francisco; la gente simplemente dejó de darle limosna.
Si la inflación llega a 10% este año, éste es el impuesto generalizado que ha caído del cielo sobre el pueblo boliviano, y a diferencia de los demás tributos que afectan gradualmente a los ricos, éste tiene la perversidad de ensañarse con los más pobres. Lo más grave serán las soluciones que se tomen; por un lado, el control de precios que hace no competitiva la producción de muchos alimentos y sataniza a los vendedores, con lo que se reduce la oferta y se elevan sus costos reales, mientras se disminuye el consumo. Por otro, la satanización paralela de los intermediarios que juegan un papel esencial en el acopio y que asumen, por ejemplo, el riesgo de los perecibles. La peor, el incremento de salarios por decreto, lo cual disparará la espiral incontenible de otros tiempos. Por fortuna, tenemos un gobierno socialista fraternal y la malvada inflación no es su culpa. ¡Cae del cielo!
Jorge Zapp es consultor internacional.
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