Me habría gustado relatarlo como un cuento de amor, pero los periodistas estamos obligados a aferrarnos a los hechos y prescindir de la imaginación. No sé por qué ha pasado casi inadvertida para el mundo la historia de amor del soldado Thomas Hughes y su esposa Margaret. Posiblemente la explicación es que vivimos una época sin entrañas donde los gestos y gestas de amor se miran como algo ridículo. Su historia es como sigue. O debió de serlo, pues, aunque desconozco muchos datos, creo que conviene adornarla con una dosis de fantasía y relatarla como un cuento tierno de amor.
Tom formaba parte de los batallones británicos que pelearon contra los alemanes en la I Guerra Mundial. En 1914, tras recibir un aviso que lo conminaba a combatir en Francia, se despidió de su mujer y su hija. Fue un momento inolvidable que tuvo como escenario una pequeña villa inglesa de pescadores. En realidad, bien pudo ser en Londres: esto no lo sé, pero prefiero soñar con una aldea de pescadores. Su pequeña hija, Emily, era rubia como un ángel y de blanca tez. Bueno: es algo que intuyo: a lo mejor era pelinegra y morena. No importa.
Imaginen —¿por qué no?— una escena con llantos, abrazos, promesas de Tom de un pronto regreso, sonrisas tristes de Margaret y preguntas terribles de la niña (“¿A dónde vas, papi?”).
Tom no regresó nunca. Semanas después de aquella triste mañana (o tarde: es igual), fue transportado a la costa francesa. De allí marchó al combate, y ocurrió tal vez que el primer día de batalla fue también el último para él. Bajo el fragor de la pólvora, murió de un disparo certero en la cabeza, o una esquirla de granada en el corazón, o ensartado por una bayoneta; pudo ser, incluso, que se convirtiera en lo que la OTAN denomina “daño colateral”: un compañero lo confundió con un oso y le metió un cañonazo. Digo, una suposición.
La historia de Tom, por lamentable que sea, es hasta ahí idéntica a la de miles de soldados en cientos de guerras. Lo que la hace distinta es que pocos días antes, cuando Hughes desembarcó en aquel lugar ignoto, escribió un mensaje para su mujer, lo metió en una botella, la cerró con un corcho bien apretado y lanzó la botella al mar. Es algo comprobado.
Ya lo sé: millones de personas lo han hecho antes que él. Pero lo bonito de esta historia es que la botella ¡llegó a su destino! Un milagro. Es posible suponer que sólo un 0.0063 por ciento de las botellas lanzadas al mar terminan en manos del destinatario. El resto va a la barriga de los tiburones (37,4 por ciento), o filtra agua por el corcho y se hunde (22,7 por ciento), o se destroza contra las rocas (17,8 por ciento), o arriba mansamente a una playa desierta donde la arena la cubre para siempre (6,6 por ciento), o la pesca un ballenero de Tokio que se pregunta —en japonés—: “¿Qué demonios dirá esto?”, y tira el mensaje y guarda la botella (3,4 por ciento), o No Sabe/No Contesta. En fin: no me hagan mucho caso, porque estoy suponiendo las estadísticas.
Lo que sí está probado son varios hechos: 1) Que el mensaje decía “Adiós por ahora, querida. Tu marido”. 2) Que enseguida figuraban nombre y rango el soldado Hughes. 3) Que la botella fue hallada por un pescador en la costa de Essex muchos años después. 4) Que Margaret murió en 1979, naturalmente sin saberlo. 5) Que la hija vive en Nueva Zelanda. 6) Que Emily le fue enviada la botella, con todo y mensaje.
Esto es todo lo que puedo decirles. Me habría gustado relatarlo como un cuento de amor, pero los periodistas estamos obligados a aferrarnos a los hechos y prescindir de la imaginación. Como si se tratara de una botella arrojada al mar, para poner un ejemplo.
*Daniel Samper P. es periodista.
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