Con este mismo título, publiqué el domingo pasado, en La Tercera de Santiago, donde escribo con alguna regularidad, una nota en que decía que en Bolivia nadie comprendía el desmedido optimismo con que el presidente Evo Morales hablaba de una negociación reservada con Chile que nos llevaría, después de un siglo de gestiones fracasadas, a las costas del Pacífico. Que llamaba la atención las cordialísimas relaciones entre Evo Morales y la presidenta Bachellet en cuanto lugar se encontraban. Y sorprendía que la persona más anti-diplomática y cerril de América, el mandatario boliviano, no estuviera armando escándalos contra Chile en cuanto foro existiera, denunciando la magnitud del despojo que Bolivia había pagado como consecuencia de su derrota en la Guerra del Pacífico.
Al final, luego de algunas declaraciones de las máximas autoridades chilenas, todo se aclaró. Podría existir una solución al encierro boliviano pero mediante una suerte de enclave al norte de Arica, sin soberanía. Es decir que, por primera vez en aquel largo siglo de demandas, Bolivia iba a aceptar un territorio diminuto y ni siquiera soberano. No se entiende el silencio de la población boliviana ante semejante arreglo que Bolivia tenía escondido con Chile, decía. Eso era parte de la famosa “agenda sin exclusiones” que tanto se pregonaba desde el Palacio Quemado. Si aceptaba otro gobierno una solución de tal naturaleza, la multitud habría salido a las calles atropelladamente en busca de la cabeza del Presidente. Si Evo Morales hubiera estado en la oposición, sería el primero en paralizar todo el país mediante sus desgraciados bloqueos de caminos. Pero resulta que ahora es el Presidente.
Es tan grave la situación política por la que atraviesa Bolivia, son tantos los problemas sin solución que se plantean, es tan probable un enfrentamiento duro y cruel, que la opinión pública no le ha dado la menor importancia al anuncio de un arreglo sin soberanía en el Pacífico. Ni siquiera los llamados “oceanópatas” han abierto la boca o han afilado la pluma para denunciar y oponerse a un acuerdo de esa índole.
Y lo cierto es que luego de las declaraciones que hizo a este medio de comunicación el canciller peruano José Antonio García Belaúnde, es posible una solución. Si Perú afirma que no tendría objeción a un arreglo entre Bolivia y Chile siempre que se respeten las servidumbres que Perú mantiene en los territorios que perdió en la guerra de 1879, el camino se allana. Es positiva la declaración del jefe de Torre Tagle, pero ya sabemos cuál será el precio para Bolivia: el encierro eterno.
Tuve la suerte, en septiembre del año 2005, de almorzar en La Moneda con el entonces presidente don Ricardo Lagos. Habíamos cuatro invitados bolivianos en su mesa. El Presidente lamentó no haberse ocupado más de una solución al problema boliviano. Pero dijo que un corredor al norte de Arica no dejaba de ser probable, siempre y cuando Bolivia obtuviera la aceptación peruana. El gesto era muy amistoso y parecía sincero, pero le hicimos notar al presidente Lagos que Bolivia no era signataria del Tratado de 1929 y que en todo caso era Chile quien debía requerir la venia peruana. Es decir que el mandatario chileno todavía pensaba en una solución marítima con soberanía.
Sin embargo, ahora las cosas han cambiado radicalmente, y la presidenta Bachellet parece haber convencido al actual gobierno boliviano que la solución ideal —y la única posible — es que Bolivia renuncie a una salida soberana al mar y se conforme con aceptar un enclave sin dominio pleno. El gobierno nacional habrá entendido de que aquella será la solución definitiva y que no habrá más reclamos a Chile. Porque Chile se encargará, naturalmente, de anunciar ante la comunidad internacional, el final del litigio. Si Perú, con su actitud, donde no pierde nada, acepta de verdad el arreglo, éste sería probable. Y Evo Morales, endiosado, clamaría a los cuatro vientos que recuperó el mar.
*Manfredo Kempff Suárez es escritor y diplomático.
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