Construida durante la Colonia, una molienda hidráulica se mantiene en actividad en La Paz. Los campesinos son sus mayores beneficiarios.
Texto: Javier Badani Ruiz • Fotos: David Guzmán
De los famosos molinos de viento de La Mancha, inmortalizados por la pluma de Cervantes, Max no sabe nada. Tampoco parece importarle que en la actualidad modernos motores eléctricos han remplazado a las rústicas moliendas que eran alimentadas por las fuerzas de la naturaleza. Aislado del mundo, “Maxicho” se mantiene en Ayata como el solitario impulsor de una milenaria tradición que de a poco se muere: el molino de piedra.
Conocido como el “c\'uchu molino” o rincón del molino, la estructura construida durante la Colonia en lo profundo de una quebrada se mantiene en actividad a 305 kilómetros de La Paz, favoreciendo a los pequeños agricultores de las comunidades que conforman este municipio.
Max no habla castellano; es más, no dice casi nada. Le muestro un puñado de granos de maíz y entonces sonríe. Ahora se aleja hacia el interruptor que da vida al molino: un madero que dentro de un canal artificial ataja el ingreso de la corriente de agua hacia la estructura colonial. Max señala la molienda y las piedras convocan desde el interior de la casona: tololón, tololón, tololón..., dicen.
Compitiendo con lo moderno El origen de los mecanismos que trituran granos para convertirlos en harina se pierde en el tiempo. Fue la rueda hidráulica, sin embargo, la que dio lugar a los molinos de piedra. Según describe la página www.educar.org, los persas en el siglo VII ya poseían estas máquinas para el riego y la molienda.
Impulsadas por una especie de alas de madera montadas sobre un palo vertical, estos molinos que usan la fuerza del frotamiento para reducir el tamaño de los cereales se difundieron por los países árabes y fueron llevados hasta Europa durante las Cruzadas. Posteriormente, los españoles introdujeron esta tecnología a América.
Las fuentes de energía para poner en funcionamiento los molinos han sido variadas. Destacan la energía eólica (viento) y la hidráulica (agua). Además de los molinos de sangre —impulsados por animales— y los más actuales, que usan electricidad y combustible.
“Los modernos no sirven”, sentencia Luisa Iturri. Esta ayateña, experta en el arte culinario, asegura que los molinos de piedra le dan un toque especial a la harina. “Cerquita de aquí hay uno que funciona con diesel. Es más rápido y tritura más, pero deja un sabor a combustible que al final nadie quiere comer mis pancitos de maíz”, apunta. Será por eso que Iturri prefiere mandar sus productos hasta el “c\'uchu molino” —a una hora de bajada del pueblo y hasta dos de subida a pie—, el que mantiene su antiguo funcionamiento.
Productora de maíz, trigo, cebada y avena, el municipio de Ayata contaba desde el siglo XIX con dos molinos de piedra. El más grande, sin embargo, fue sepultado hace tres años por una mazamorra. Desde entonces, el trabajo en la molienda se ha multiplicado.
La estructura, que desde los años 30 pasó a manos de la familia Rubín de Celis, es utilizada en gran parte para moler la producción familiar de los campesinos. “No es negocio, yo lo mantengo porque es histórica y porque así se ayuda a los campesinos”, explica Fredy Rubín de Celis. La arroba de producto molido cuesta tres bolivianos.
A pesar del actual movimiento, Iturri asegura que atrás quedaron los años cuando visitar el molino se convertía en todo un acontecimiento familiar. “Incluso hacíamos cola para poder ser atendidos. Como la molienda tenía una mesa grande y un horno de barro, cocinábamos y disfrutábamos entre vecinos y campesinos hasta que nos tocaba el turno”, rememora.
Con todo, y a pesar de sus años, el molino se mantiene en buen estado gracias al mantenimiento semestral de la rueda y del eje de madera que impulsan la centenaria piedra de unos 20 centímetros de grosor y un metro de diámetro.
Una caída de agua de 80 metros, que se halla a pocos metros del lugar, se transforma en el alimento del motor hidráulico. Sin embargo, los ayateños no dudan en asegurar que son las agrietadas manos y la experiencia “del Maxicho” las que mantienen viva esta tradicional molienda de piedra. Y mientras me alejo del lugar, compruebo esa afirmación. En el interior de la casona, las piedras y Max mantienen su eterno diálogo: tololón, tololón, tololón..., se les escucha decir.