El templado valle chuquisaqueño ofrece a los turistas el resguardo de sus montañas y el incomparable bouquet de sus vinos y singanis.
Texto y fotos: Miguel Vargas Saldías
El viajero se queja del largo trayecto en bus. “Una tortura”, califica. Junto a él, una mujer de cabellera cana se ofende. “Cuando lleguemos, verá que es una bendición”. Dicho y hecho. Camargo aparece para el visitante como un oasis entre ensortijados caminos de rojas rocas. Al llegar, el embriagador néctar de los vinos y singanis se alía a la belleza de sus jardines, al acogedor clima templado y a los parajes que invitan a disfrutar de la hospitalidad.
El viajecito es otra cosa. Se puede llegar por Potosí, pasando cinco horas en carretera, o utilizando el camino de Tarija, haciendo un tiempo similar. Sin embargo, Camargo se encuentra en el departamento de Chuquisaca, en la provincia Nor Cinti.
Ya con los pies en tierras camargueñas, el viajero se deshace de sus maldiciones preliminares. La quietud de la plaza principal, el empolvado pasar de los coches y las calles que se abren y cierran caprichosas conforman un conjunto por demás encantador.
Unas empanadas de hojaldre rellenas con dulce de membrillo ayudan a entretener al estómago. Otras delicias de la misma masa, además de panes de diversas formas, ayudan a mitigar el hambre.
“Aquí a la gente sazona muy bien la carne de cerdo”, recomienda Édgar Chara, joven médico potosino que se encuentra haciendo su residencia en la localidad.
La comida no es problema. Camargo es un municipio agrícola y ganadero. La cría de cabras, así como la producción de quesos, ayudan a su crecimiento. Los árboles, como el duraznero, nutren generosos los frutos prometidos por las flores de la anterior estación.
Ya saliendo de los límites del pueblo, las profundas montañas rojizas y ocres resguardan el templado valle mesotérmico. Los paisajes abundan. A media hora, por ejemplo, se puede llegar hasta La Quemada, que no sólo ofrece una gran vista, sino que resguarda las huellas de dinosaurios.
También a media hora está el banco de fósiles de caracol, que para las autoridades de la región es otro punto importante del circuito turístico paleontológico.
Luego de una extensa caminata, la noche espera al viajero con los productos camargueños por excelencia: los singanis y vinos.
El lugar de reunión noctámbulo favorito se llama La Cueva. Sin embargo, nadie sabe darle cuenta de él al viajero hasta que pregunta por El Gato, que es el sobrenombre del dueño que ha terminando por bautizar al boliche.
Sin embargo, para disfrutar de las delicias de la vid en su total esplendor, la mejor ocasión es la gran fiesta de Camargo, que se celebra el 3 de abril, y la feria que se organiza en torno a la vendimia.
Este pensamiento concentra al viajero, quien, ya flechado por el paisaje de Camargo, ve menos difíciles las horas de viaje que se necesitan para regresar a estos parajes.