Siento que acaba mi inicial aislamiento por haber pensado que la archifamosa Asamblea Constituyente fue, y es, un solemne disparate. Nunca creí que así se iba a construir la base de una nueva y más justa organización social, ´refundando´ un país orientado a la modernidad. Era evidente que la violencia de febrero y octubre del 2003, no garantizaba condiciones para diseñar una nueva ley fundamental, nacida del consenso ciudadano.
Luego, me preocupó —y aún me preocupa— la locura del populismo que propone convertir a Bolivia en una nación anacrónica, asentada en instituciones del Incario, lejano en el tiempo y que, hasta su disolución, no había descubierto la rueda; que en lo político, económico, social y jurídico es inaplicable en el Siglo XXI. También creí, y sigo creyendo, que se debe proteger las expresiones del folklore, como valores culturales, pero que la nación merece ser moderna, eficiente y próspera.
Ya no es solitaria la idea de que el cambio, sin que se haya revelado cuál, es un cheque en blanco para una constituyente improductiva, dispersa y dividida por el sectarismo que promueve el propio populismo, acompañado por la incoherencia de una oposición desorientada. Fue un punto de la llamada ´agenda de octubre´.
Y ya se sabe que se abriría la posibilidad para que, en el futuro, cuando a algún ´iluminado´ se le ocurra que hay que hacer nuevos cambios proponga, y lo consiga, que se convoque a otra disparatada Asamblea Constituyente, para ´reconstituir´ la nación boliviana, tan remendada por la enfermedad del cambio constante que nos dejó a la zaga entre nuestros vecinos. Vamos nomás con la ´revolución permanente´.
Es cierto que las constituciones no son eternas. Es también cierto que hay tiempos en los que tiene que venir el acomodo institucional, jurídico y económico, para que no quedemos rezagados. Esta posibilidad de actualización, o como quiera llamarse, estaba prevista en la propia constitución vigente. Si, pero sin fanfarria e inconsciencia; sin la confundida irresponsabilidad de los que ahora presiden esta instancia al borde del fracaso. ¡Por eso, ojalá se acabe la pesadilla y termine este demagógico experimento sin incurrir en mayores insensateces!
Quedó en el olvido que la Asamblea Constituyente fue una propuesta electoral de un confundido candidato presidencial que, ahora, en una Prefectura —la de Cochabamba— se siente agobiado por su ineficiencia e incuria, y que denuncia sin pruebas, en el mejor estilo del populismo, atentados en su contra. Claro, fue la iniciativa del ignaro, saludada por el populismo que ya buscaba llegar a lo de ´Bolivia cambia, Evo cumple´.
Se dirá que entre los cambios buscados, la autonomía regional, como la sustitución del modelo centralista ya caduco, sólo se consagra con una nueva ley fundamental. Esto es una majadería. La autonomía tenía que ser —y ya es— el resultado de la convicción ciudadana; no de la decisión de constituyentes entrampados—. Leí que, con la Asamblea Constituyente, se iba a crear una ´Caja de Pandora´. Al final, se la creó, y los demonios salieron de ella; están deambulando con la tarea de destruir una República que es fruto, tanto del milagro, como de la visión de estadistas que precautelaron su pervivencia.
*Sergio P. Luis es profesional independiente.
“Ni la idea más grande...
...vale la vida del más humilde de los hombres", decía Sergio Almaraz Paz que murió de angustia y desesperación patriótica a la edad de 39 años, el 11 de mayo de 1968.
Pan y cine
No se puede vivir sin comida, claro. ¿Y sin fábulas? Quizá tampoco. Los periódicos llevan hablando con auténtica alarma de la huelga de guionistas que comenzó el lunes pasado en EEUU.