El título del artículo puede parecer una verdad de Perogrullo, pero es necesario insistir en que la inflación está alta no sólo con relación a tasas anteriores del país sino también con relación a lo que está sucediendo en los países vecinos (ver cuadro adjunto). Bolivia tiene, después de Venezuela, la tasa de inflación más alta de la región. Pero no sólo que la inflación observada es alta sino que también las expectativas, como aparecen en las encuestas de opinión del BCB y las proyecciones del FMI para el 2008, son altas.
¿De cómo ha aparecido el nubarrón en el cielo despejado y sonriente? El nubarrón se explica por factores externos e internos. No cabe duda que mundialmente hay una inflación de alimentos. Por razones que no es el caso analizar aquí los precios de los alimentos han estado subiendo en los mercados internacionales. A lo anterior se suma la fuerte apreciación de las monedas nacionales de los países vecinos. Altos precios externos más un boliviano muy depreciado con relación a las monedas de los países vecinos, especialmente los contiguos, tienen dos efectos. Primero, encarecen los precios de los alimentos importados. Segundo, crean incentivos para que los alimentos bolivianos que pueden ser comercializables internacionalmente se lleven al exterior.
Por las razones señaladas, los precios internos tenderán a acercarse a los precios internacionales multiplicados por el tipo de cambio. A este fenómeno, los economistas llaman la “ley de un solo precio”.
Para contener la inflación se debe evitar que esos precios internacionales afecten exageradamente a los precios internos, haciendo que el coeficiente de transferencia (el “pass-through” en inglés) se reduzca. Se lo hace con dos medidas monetarias principales: la apreciación cambiaria y las operaciones de mercado abierto, que es lo que ha estado haciendo el BCB, pero lamentablemente con frenazos y aceleraciones.
Las dos medidas monetarias son también importantes para contener la subida de precios de los bienes no comercializables en el comercio exterior. De hecho, incrementos moderados de los precios de estos bienes deberían compensar a las tendencias inflacionarias que vienen del exterior.
El hermano Stiglitz, poco sospechoso de ortodoxia, dice en su magistral Making Globalization Work que altos superávit comerciales plantean también problemas. Como hay una mentalidad mercantilista en el país pensamos que lo estamos haciendo muy bien porque tenemos superávits en la cuenta corriente de la Balanza de Pagos y seguimos atesorando Reservas Internacionales, sin pensar que la rápida acumulación de Reservas tiene como contraparte una rápida expansión de la emisión monetaria, que contribuye a la dinámica de la inflación. Más de fondo todavía, los altos superávit de la cuenta corriente nos están diciendo que los ingresos que obtenemos de las exportaciones boyantes de materias primas no los estamos invirtiendo en maquinaria, equipo y construcciones, sino que los estamos colocando en esos activos financieros de bajo rendimiento que son las reservas internacionales.
La presión sobre los precios de los bienes no comercializables viene también del ritmo del gasto público. Mi colega Armando Méndez tiene razón en diagnosticar a la rápida expansión del gasto público como inflacionaria. El argumento de que no debe ser inflacionaria porque hay un superávit fiscal no toma en cuenta el hecho de que el superávit no se debe a un esfuerzo interno sino a la buena fortuna de tener ricos yacimientos hidrocarburíferos y altos precios. En una economía fiscal que depende del esfuerzo interno y no de coyunturas exógenas, la expansión del gasto público y superávits fiscales sólo son posibles si el sector privado reduce su gasto porque tiene que pagar más impuestos, lo que no está pasando.
El personaje principal (más no el único) del drama de la inflación es la inversión privada. Si ella aumentara, acarreando inversiones de bienes de capital, la presión inflacionaria se atenuaría.
*Juan Antonio Morales, ex presidente del Banco Central de Bolivia, es profesor universitario.
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