“Si hoy no somos capaces de asegurarles a los alumnos unos buenos maestros, mañana la sociedad será inviable...”.
Según el Informe Global de Competitividad elaborado por el World Economic Forum, Bolivia descendió cinco lugares en el ranking mundial, ocupando el puesto 105 de un total de 131 países. Esta vez se consideró la calidad de la educación primaria, lo cual implica contar con profesores bien formados.
Esa fue la conclusión a la que llegó la empresa consultora internacional McKinsey, que publicó un informe según el cual el aumento de presupuesto y horas de clase no implican necesariamente una mejora en la calidad educativa. Es la formación de los profesores, la rigurosidad en su selección, el
perfeccionamiento efectivo de su labor pedagógica y la ayuda prestada a los alumnos rezagados, lo que determina una mejora sustancial en la educación de un país.
Detrás de cada alumno debe haber maestros de calidad tanto a nivel intelectual como en su comportamiento ético. La meritocracia no sólo debe ser académica, sino también moral. En una escuela de calidad, no sólo importa que el maestro domine bien su especialidad y se deje entender por sus alumnos, también conviene que sea una buena persona. Ambos aspectos son sustanciales si queremos que nuestra sociedad se levante de ese letargo cultural y educativo al que largamente nos hemos malacostumbrado.
Cuando educamos personas debemos atender al desarrollo de los hábitos de la inteligencia y de las virtudes de la voluntad, con el fin de perfeccionar la naturaleza humana de cada educando. Porque, además, es menester que cada alumno eleve su ser con más amor, con un ejercicio responsable de su libertad, con una apertura hacia los demás logrando que sus actos trasciendan la inmediatez.
Para que un alumno se motive a sacar de sí lo mejor que lleva dentro es preciso de alguien —el maestro— que lo incline, lo mueva, lo conduzca, lo oriente hacia un fin arduo y trascendente. Un maestro debe ser alguien con una riqueza cultural, educativa y moral por compartir. Pero la sociedad debe pagar la deuda que tiene con él para devolverle su reconocimiento. La administración educativa debería anualmente seleccionar un porcentaje reducido y selecto de los mejores profesores que enseñan en los colegios públicos y privados. Los escogidos pueden ser capacitados y tener un efecto positivo multiplicador en los demás.
Si hoy no somos capaces de asegurarles a nuestros alumnos unos buenos maestros, mañana nuestra sociedad será inviable porque cuando la voluntad y la inteligencia no se perfecciona, la persona humana se cierra a sí misma, reduciéndose a su yo, y esa es la peor tragedia que nos puede ocurrir porque el ser humano está hecho para dar lo mejor a quienes le rodean, no para ponderar su egoísmo. Los profesores deben reflejar en sus alumnos un espíritu de lucha y esfuerzo. El estudiante aprende más no de un maestro que no se equivoca, sino del que reconoce sus errores y tiene valentía para corregirlos. Eso llena al alumno de esperanza porque reafirma la posibilidad personal de poder empezar de nuevo, de volverlo a intentar.
*Carlos A. Rosales P. es analista y educador.
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