No se trata de un cuento terrorífico de Edgard Allan Poe o una película de Alfred Hitchcock. Tampoco de aquellas mujeres de programa. Esto es real. ¿Le gustaría tener en el living de su casa o enterrada en su jardín una urna de vidrio con la cabeza de una calavera con los ojos con flores secas, un cigarrillo negro Astoria en la boca, unos papelitos en la boca y rodeada de hojas de coca? Pues, a eso llaman las “ñatitas”.
Para la Iglesia Católica, la adoración a las ñatitas no es una práctica cristiana. Sería, más bien, un culto profano vinculado a creencias andinas ancestrales. ¿Cómo consiguen los cráneos? Pues, profanando tumbas ya sean los familiares o cualquier morboso que las vende para hacer negocio. Las ñatitas son conservadas como si fueran reliquias para rendirles culto. Las adoran porque cuidan la casa y responden a sus peticiones, como si fueran santos. Esta costumbre popular se manifiesta ocho días después de Todos los Santos.
Muchas son sacadas por primera vez de las tumbas en esa fecha con el fin de bautizarlas y darles un nombre.
El 8 de noviembre, el pueblo hace largas filas cargando a las ñatitas hasta la capilla del Cementerio General. Una vez allí les dan cigarrillos, alcohol, les echan flores y las hacen escuchar misa para luego llevarlas a un local con mariachis o un grupo musical para festejarlas con su plato favorito. Las tratan como si estuvieran vivas.
Este rito macabro tiene origen antes de la colonia. Los indios sacaban a sus muertos de sus tumbas, les cortaban la cabeza, se quedaban con ella, y luego los volvían a enterrar con sus efectos preferidos (algo parecido a los egipcios que los enterraban con sus cosas favoritas porque creían que había otra vida). Cuando los españoles conquistaron América lo consideraron como una creencia oculta, como brujería. Aquello poco importó al pueblo y hasta el día de hoy siguen con esta práctica.
Por ejemplo, la Fuerza Especial de la Lucha contra el Crimen (FELCC) tiene en sus instalaciones de El Alto una ñatita llamada “Juancito” a la que rezan y le ponen papelitos con el nombre del sospechoso para que los ayude a resolver el caso.
El hecho es que las autoridades eclesiásticas católicas están preocupadas por tan profano ritual y rechazan dicha celebración. A pesar de sus esfuerzos de hacerles entender lo irracional de esa práctica, el pueblo llega en masa al Cementerio General para rendir homenaje a las ñatitas en el mismo templo. El arzobispo de La Paz, Monseñor Abastoflor, aseguró que aquel ritual no es parte de la fe cristiana. Sugirió a los sacerdotes enseñar que los restos de los mortales deben ser respetados en sus tumbas hasta la resurrección, así como no aceptar misas para las ñatitas. Afirmó, con razón, que no es cristiano utilizar potencias ocultas para ponerlas a nuestro servicio.
Es importante respetar cualquier creencia popular, pero ésta no es parte del sincretismo religioso.
Es sacrilegio profanar tumbas, manipular a los muertos y no dejar que descansen en paz.
*Verónica Ormachea G. es periodista y escritora.
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