No, con el título de la columna no se hace alusión a problemas de pareja alguna donde uno de los cónyuges se queja amargamente de recibir del otro un trato de perro. Quiero referirme, más bien, a la suerte de estos animales que desprevenidos caen víctimas de los automovilistas de fin de semana, guiando sus movilidades, con imprudencia y torpeza, apresurados por alcanzar su destino, que dejan los caminos llenos de canes, con dueños o sin él, despachurrados, sobre los cuales pasan y repasan los autos hasta convertirlos en carcazas planas y sanguinolentas. Muerte de perros como se solía decir: solitaria y anónima.
Esos términos se emplean metafóricamente para indicar la desgracia de seres humanos, con vidas duras, repletas de reveces del prójimo y de la suerte que se acababan en el olvido de todos, igual a la del perro viejo y sin amo. Aunque aquí se las usó en su sentido literal.
Pero las cosas están cambiando. De más en más, esas expresiones se convierten en políticamente incorrectas, lo que transformará el destino de las bestias y de las plantas en general. Será socialmente mal considerado decir que alguien tiene ´días perros´, como no es ya aceptable condolerse de trabajar como ´chino´ o ´negro´, pues tales lamentos, en lugar de recordar la laboriosidad de esos grupos humanos, menta la condición servil en que en oportunidades se hallaron. El otro día, buscando una frase gráfica para conmover a mi inconmovible familia por mi calamitoso estado, después de una jornada ardua y afanosa, me atreví a decir que había trabajado como hormiga, a fin de no referirme a aquellos trabajadores. Apenas recogí una mira oblicua, despectiva e indiferente. Debí haber dicho que sudé la gota gorda, así tal vez alguien se hubiese afligido por mi agotamiento.
Hay, pues, en marcha una mutación en las relaciones entre el hombre y los animales que volcará la indiferencia de las personas, ante el espectáculo de canes, gatos, asnos destripados en las rutas, en protesta airada. Los países avanzados muestran ya en sus legislaciones esta nueva sensibilidad, interesada en defender el medio ambiente y sus criaturas, reconociendo los derechos de todas y aboliendo las distancias entre ellas, como ocurría en el medioevo. Y no se vaya a creer que esta posición constituye otra máscara del egoísmo humano que intenta salvar para su progenie el planeta tierra. Es el planteamiento de los ecologistas duros que busca restablecer la continuidad de las diversas formas de vida con sus privilegios. Tal como era antes de la llegada de R. Descartes y su excluyente distinción entre el hombre sensible y racional y las bestias carentes de razón y sentimientos. Por ese tiempo, también se manifestaban, con distintas acentuaciones, actitudes parecidas en culturas no occidentales.
Filósofos, juristas y políticos norteamericanos y europeos han redescubierto que todo lo viviente es sensible y por lo tanto sujeto de derechos y de obligaciones como sucedía cuando el hombre aún no se había proclamado rey de la creación. En aquel entonces, los animales iban a juicio por violar las leyes y costumbres humanas o el orden trascendente del mundo. Abundan en los archivos los documentos relativos a estos procesos. En una ocasión, una trucha fue condenada a la pena de horca por asesinato de un incauto pescador. En otra, una horda de langostas que devastaba los sembradíos de los campesinos recibió un fallo absolutorio porque se le reconoció el derecho a alimentarse. Otra manga de los mismos insectos no tuvo la misma suerte. El obispo de un pueblo alemán ordenó, cuando apareció la banda en las tierras de un agricultor, traer a su presencia a unos representantes de los invasores a quienes se les dio un plazo perentorio de tres días para abandonar los cultivos e irse a terrenos sin propietario. Como las langostas no se dieron por enteradas de la conminación obispal al tercer día recibieron el castigo de morir quemadas.
No es necesario buscar tan lejos en el tiempo y la geografía procesos de contenido parecido. Entre nosotros en los años 50, del siglo pasado, el antropólogo J. Vellard, quien se ocupó de las civilizaciones andinas, encontró en la comunidad de Collana un cerdo encarcelado y macilento porque infringió la tradición pasando de la mitad de abajo a la de arriba, sin guardar los procedimientos debidos.
Su majestad británica ha tenido severas críticas porque el altivo gorro de su guardia real estaba fabricado con pelo de oso. Un porte similar se podría obtener con fibra sintética, sin que ningún turista advierta el cambio.
La ética de hoy apunta a modificar el trato con las bestias, con los árboles, incluidas las expresiones que las hieren o dan una imagen equivocada de su naturaleza. ¿Por qué llamar a un político burro atentando contra la inteligencia de ese noble colaborador, sólo llevado por añosos prejuicios? Podría invertirse el insulto.
Ya han salido del vocabulario culto las frases incorrectas que aludían al género de las personas, a sus preferencias sexuales o a su pertenencia étnica y se ha atenuado el trato desconsiderado. Ahora, llegó el turno de los animales, las plantas y hasta de las piedras. Las tendencias de reciente cuño ven con horror la mutilación o el corte de un tajibo centenario para hacer con él un mueble, además de dudoso gusto. Tiene derecho a la vida como cualquiera de nosotros. En el futuro habrá que conformarse con un bife tártaro de soya o tarwi, no de carne vacuna.
Para no caer en expresiones como vida o muerte de perro, en las cuales prestamos al animal nuestros defectos o desgracias, nuevos deberes morales impondrán al hombre no traspasarlos a otras especies y menos aún arrollarlas impunemente. Una revolución ética más allá de lo humano. No faltará asimismo quien se oponga a exhibir al perro con la oreja pegada al megáfono de la R.C.A. Víctor escuchando la voz del amo y al Diario de los hermanos Goncourt, repleto de comparaciones entre escritores y bestias de distinto pelaje. Un ejemplo para no imitar, dirán los moralistas.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
Liderazgo para principiantes
Por donde uno transita escucha quejas por falta de líderes ya sean oficialistas u opositores. "En realidad, me dice una amiga, los que necesitan uno son los de la oposición ya que anda sin rumbo ni timonel". ¿Y el oficialismo?, retruco.
Las ñatitas, un culto macabro
No se trata de un cuento terrorífico de Edgard Allan Poe o una película de Alfred Hitchcock. Tampoco de aquellas mujeres de programa. Esto es real.
Dignidad y sumisión
Parece que en nuestro país, la obsecuencia ahora ya no tiene límites, en especial cuando se degrada la política, cayendo en el servilismo. Y hay que decirlo: cuando un mandatario se convierte en segundón
Zapatero, a tus zapatos
Si el Rey de España quería en verdad silenciar a Hugo Chávez mandándole a callar en medio de una cumbre, la peló medio a medio. Como era lógico, el aludido no se calló, ni durante, ni después de la escaramuza