Si el Rey de España quería en verdad silenciar a Hugo Chávez mandándole a callar en medio de una cumbre, la peló medio a medio. Como era lógico, el aludido no se calló, ni durante, ni después de la escaramuza, y ni piensa callarse ante una oportunidad mediática de dimensiones mundiales, en la que podrá apuntar su liderazgo en el escenario de confrontación ideológica que atraviesa la región. Más allá de las múltiples aristas que presenta el incidente, el primer resultado es un notición que sigue dando vueltas al mundo, y cuyo principal protagonista no es ni Aznar, ni Rodríguez Zapatero, ni el rey Juan Carlos, sino obviamente el presidente Chávez.
Habrá que decir primero, que no debe sorprendernos el hecho de que se haya producido una acalorada discusión en un foro cuya agenda era la cohesión social. De partida, el tema de la reunión superaba los clásicos límites de las cumbres presidenciales en las cuales se desgasta al infinito el discurso de la integración, la mayoría de las veces, con escasos resultados. Se trataba entonces de un encuentro entre políticos, en clave política, en el que necesariamente había que hablar de política.
En ese contexto, me cuesta entender los roles y atribuciones de los miembros de la delegación española. Hasta donde alcanza mi limitado conocimiento, entiendo que es el presidente del gobierno el que tiene la potestad de representar políticamente al reino de España. Hasta ahí todo me cuadra. Al Presidente del Gobierno español no le parecieron pertinentes los juicios de valor expresados por Chávez acerca de su pequeño antecesor: Zapatero a sus zapatos, entonces, éste procedió, con todo el derecho que le asiste, a replicar lo que consideraba una agresión. Si el rey Juan Carlos no pudo resistir el impulso de participar en la discusión, debió haber pedido la palabra y, como lo hiciera el resto, defender su posición en el terreno de la argumentación y el debate. Si se encontraba allí, y tenía algo que decir, lo aconsejable era que lo sostuviera en el llano de las ideas, afrontando los riesgos propios de un debate. Si no era el caso, creo que el gesto de levantarse y abandonar la reunión, hubiera sido señal suficiente.
Lamentablemente, la reacción de mandar a callar a un Presidente, creo que causó la desafortunada sensación de que el único monarca en la reunión, podía darse atribuciones por encima de los mortales presentes. Probablemente, el rey Juan Carlos no midió el impacto de su intervención, en una atmósfera regional en la que la renuencia a las conductas y posturas imperiales y neo coloniales, de propios y extraños, se encuentra a flor de piel. De verdad, un penoso incidente que no le hace justicia al Rey.
Si bien es verdad que la parada de carro pudo satisfacer a los antagonistas ideológicos del caribeño de rojo, o a quienes no soportan su estilo estridente, me temo que en el resto, la destemplanza del Rey empañó la imagen de un hombre que ha hecho permanentes esfuerzos por colaborar con la profundización y el mejoramiento de las relaciones de su Estado con Latinoamérica. Inclusive en la prensa española y en círculos de opinión política, las opiniones fueron diversas.
Más allá de la anécdota, habrá que ver con calma cuál es el trasfondo del impasse, que no parece ser casual, y que probablemente responde a la influencia de poderosos intereses económicos, hoy en juego.
*Ilya Fortún es comunicador social.
Liderazgo para principiantes
Por donde uno transita escucha quejas por falta de líderes ya sean oficialistas u opositores. "En realidad, me dice una amiga, los que necesitan uno son los de la oposición ya que anda sin rumbo ni timonel". ¿Y el oficialismo?, retruco.
Las ñatitas, un culto macabro
No se trata de un cuento terrorífico de Edgard Allan Poe o una película de Alfred Hitchcock. Tampoco de aquellas mujeres de programa. Esto es real.
Dignidad y sumisión
Parece que en nuestro país, la obsecuencia ahora ya no tiene límites, en especial cuando se degrada la política, cayendo en el servilismo. Y hay que decirlo: cuando un mandatario se convierte en segundón
Vida de perros
No, con el título de la columna no se hace alusión a problemas de pareja alguna donde uno de los cónyuges se queja amargamente de recibir del otro un trato de perro.