El haber descubierto un caso de pederastia practicada por el entonces sacerdote uruguayo, en el internado de Tapacarí (Cochabamba), ha derramado algo así como una mazamorra de barro hediondo sobre la santidad y dignidad de la Iglesia. Aclaremos, ante todo, que ésta no ha encubierto al culpable sino que ha procedido con el rigor que exige el hecho. El resto corresponde ahora a la justicia ordinaria.
El hecho fue como sigue: Unos alumnos del establecimiento educativo habían manifestado que “el Padre nos molesta”. Declaración que de inmediato llamó la atención de la religiosa que trabaja en ese internado, como una confesión velada pero suficientemente expresiva de los abusos deshonestos del sacerdote con algunos alumnos. El Arzobispado abrió de inmediato el correspondiente proceso que sentenció la suspensión “a divinis”, es decir, la prohibición del ejercicio sacerdotal del culpable. Una vez que se le entregó la sentencia éste desapareció hasta el día de hoy. Aunque igual quedó a disposición de la justicia ordinaria para que ésta proceda según las leyes del Estado.
Fue una lástima que las autoridades civiles procedieran contra el Código Niño, Niña y Adolescente cuando se presentaron en el pueblo una fiscal, acompañada de policías, cosa que provocó en los niños temor y total resistencia a hablar, así como avergonzó aún más a sus familias que no deseaban mayor publicidad a un hecho tan reprobable que les afecta. Por su parte, el Arzobispado de Cochabamba aseguró que observará estrictamente el código de protección al menor que, en su artículo 10, garantiza “la reserva y el resguardo de identidad de los menores que estuvieran involucrados en cualquier tipo de procesos”. Cosa que de ninguna manera pueda hacer pensar en un injusto encubrimiento del imputado y sentenciado previamente por el tribunal eclesiástico. La Iglesia ha procedido pues como es debido. Es más, el Arzobispado envió a una sicóloga para que proceda al tratamiento terapéutico de quienes lo necesiten.
Hecha esta necesaria aclaración oficial del Arzobispado de Cochabamba, es oportuno llamar la atención sobre las múltiples denuncias de casos parecidos en la Iglesia Católica de varios países del mundo. Es verdad que en algunos casos registrados por la prensa, algunos sacerdotes pederastas no fueron denunciados públicamente por su superiores, con la ingenua intención de que, una vez recibida la correspondiente admonición y peni-
tencia, mostraron su voluntad de corregirse. Es innegable que tales denuncias —las justificadas y no los chantajes que también se han registrado— son necesarias porque el culpable merece la pena ejemplar correspondiente. Pero uno se pregunta cuál es la sinrazón de que las acusaciones ampliamente publicitadas se refirieran tan sólo a sacerdotes católicos y nunca —que yo sepa— a médicos, abogados, arquitectos, comerciantes, militares y un larguísimo etc. que han caído en el nefando abuso de menores, incluso los propios padres. Y para concretar más, y sin que esto sirva de pretexto para evitar la ignominia de la pederastia en la Iglesia Católica, tampoco creo que en otras religiones nunca se produzcan tales abusos. Pero la prensa no se regodea en ellos. ¡Curiosa discriminación!
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
La demolición del Estado
Señalar las contradicciones del gobierno actual se ha hecho, ya lo dije, un ejercicio extenuante e inútil.
Reforma penal
Durante los últimos tiempos, ante la creciente sensación de inseguridad ciudadana, la Policía nacional ha estado promoviendo modificaciones al Código de Procedimiento Penal bajo el argumento de que requiere mayores poderes para luchar efectivamente contra la delincuencia.
¡Pare de sufrir!
¿Será que aún estamos a tiempo de realizar un debate profundo y serio sobre cómo utilizamos, de la mejor manera, las rentas del gas natural?
Identidades prestadas, ¿hasta cuándo?
Recibí hace unos meses una invitación enviada desde el Brasil pero escrita en francés, para asistir a la XVI Conferencia de l’Académie de la Latinité, en Lima. Me picó la curiosidad: ¿quiénes estarán ahora tan interesados en el latín?
El Comandante y el Rey
Lo absurdo, lo delirante de lo ocurrido en Santiago es que el comandante Chávez eligiera, para descargar sus iras y convertir en blanco de su mojiganga tercermundista, a España...