¿Será que aún estamos a tiempo de realizar un debate profundo y serio sobre cómo utilizamos, de la mejor manera, las rentas del gas natural? ¡Pare de sufrir! Llegó la renta del gas natural para aliviar todas sus penas económicas y sociales. ¡Pare de cargar su pesada cruz en este valle-altiplano y trópico de dolorosas lágrimas! El maná glorioso y abundante de las riquezas naturales de la Pachamama hará que su vida cambie. ¡No se desespere!
Una vez más está en el debate nacional el tema de cómo usar las rentas del gas natural. En la arena política, Gobierno central y administraciones locales disputan el Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH). En el campo técnico, un grupo de académicos y políticos han propuesto que las rentas del gas natural se repartan entre todos los bolivianos. A algunos les parece que este debate es inútil y extemporáneo, la lana ya se repartió de una manera y eso es irreversible. Pero uno no debe nunca perder la esperanza de que nuestros líderes, en algún momento, tengan un ataque de racionalidad y piensen en una mejor manera de usar las rentas del gas. Así que me permito contribuir al debate proponiendo un marco de análisis integral del uso que se puede dar a las rentas del gas a través de tres entradas.
Primero, una lectura macroeconómica que debería responder a la siguiente pregunta: ¿Las rentas del gas deben ir a la inversión, al gasto o a las transferencias? Segundo, una aproximación de la forma de distribución. ¿La herencia de la Pacha la deben manejar las personas, los gobiernos locales o la administración central? Tercero, un análisis que tiene que ver con la forma de administrar estos recursos. ¿El país debe apoyarse en los flujos de los ingresos del gas o más bien crear fondos para invertir y vivir de rentas financieras?
Se va la primerita. La respuesta, gasto o inversión, en una primera aproximación, parece sencilla: el grueso de las rentas del gas deben ir a inversión en caminos, escuelas, hospitales y servicios básicos. Las inversiones en infraestructura pueden tener altas tasas de retorno social y económicas, pero son de larga maduración. Creo que hay cierto consenso en que este dinero no debería ir a gasto corriente, o sea salarios. En el caso del pago de transferencias con los recursos del gas, como la renta dignidad o el Juancito Pinto, el tema es más polémico y tal vez se requiere de un análisis más profundo. Las transferencias tienen la virtud de que generan una rápida distribución del ingreso y agradan a nuestros políticos que salen repartiendo plata, constante y sonante, a niños, jóvenes, mujeres y ancianos. Se puede reducir el carácter rentista y clientelista de estas medidas, haciendo que las transferencias en dinero estén condicionadas a asistencia escolar, control de vacunas y vinculación al sector productivo. En los hechos, varios países de la región, que han tenido un choque de ingresos positivos por el aumento de sus exportaciones, han optado por esta vía. Brasil es el caso emblemático, con su programa hambre cero, que incluye varios tipos de transferencias.
No hay primera sin segunda; respecto a quién debe administrar los recursos pongamos los casos extremos. Una posición neoliberal es que las rentas del gas deben ir directamente a la gente, sin ningún tipo de intermediación. Son las personas las únicas que saben lo que necesitan y las más capacitadas para decidir en qué gastar el dinero o ahorrar. En esencia está la propuesta de un grupo de intelectuales y políticos que apareció en la prensa nacional esta semana con el poco original nombre de “Poder de decidir, libertad de elegir”, que recuerda títulos de libros clásicos como The Power Choise y Free to Choose del padre del neoliberalismo, Milton Friedman. Según esta propuesta, en el 2007 cada familia boliviana recibiría 190 dólares. Alaska sigue un modelo similar al propuesto, pero reparte no el flujo de ingresos de la renta petrolera, sino las ganancias que provienen de un fondo de inversión.
Al otro lado del espectro ideológico están aquellos que creen que sólo el papá Estado, sea en su versión centralizada o local, es quien debe manejar y asignar las rentas del gas. Se parte del supuesto de que el gobierno conoce la demanda social y económica del país y de manera equitativa y eficiente distribuirá los recursos, como un buen padre distribuye la comida a sus pimpollos.
Tercerita con su quimbita. ¿Usar los flujos de caja del gas o invertir en Fondos? Es decir, gastar la plata a medida que nos va entrando o más bien ir ahorrando los recursos, en una gran alcancía, para invertirlos y vivir de las rentas. Dado que el origen de las rentas del gas son volátiles y finitas, la creación de un fondo productivo y uno social es un posible camino a seguir. Noruega y Alaska, por ejemplo, tienen este tipo de instrumento financiero basado en sus recursos naturales. Gastarse todo los días el flujo de ingresos es no pensar en las nuevas generaciones.
¿Será que aún estamos a tiempo de realizar un debate profundo y serio sobre cómo utilizamos, de la mejor manera, las rentas del gas natural? No lo sé, pero si volvemos dos pasos atrás, para avanzar tres, espero que este marco teórico nos ayude a decidir el mejor uso de la herencia de la Pachamama. Caso contrario, engrosemos el coro de ¡pare de sufrir!
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