Recibí hace unos meses una invitación enviada desde el Brasil pero escrita en francés, para asistir a la XVI Conferencia de l’Académie de la Latinité, en Lima. Me picó la curiosidad: ¿quiénes estarán ahora tan interesados en el latín?
Leí la invitación y el programa, y ¡nada que ver! El tema central era algo mucho más actual: “Democracia profunda: reinvenciones nacionales y subjetividades emergentes”. Entre los convocados había gente como el ex director general de Unesco Federico Mayor Zaragoza, el sociólogo francés Alain Tourain, el rector de la Sorbona, los argentinos Torcuato de Tela y Walter Mignolo, el brasileño Cándido Méndez, actual presidente de dicha academia, la poetisa haitiana Evelyne Trouillot, el boliviano Javier Sanjinés, autor de El espejismo del mestizaje, y César Rojas, de la fundación UNIR.
Durante tres días muy intensos nos hemos ido preguntando, desde disciplinas y perspectivas distintas, sobre las identidades cambiantes de nuestros pueblos. Lástima que, en medio de gente tan esclarecida, casi nadie representaba a los pueblos que estaban aquí desde antes.
¿Qué somos? ¿Cómo nos denominamos y autoidentificamos? América, por referencia al geógrafo italiano que hizo y divulgó uno de los primeros mapas del Continente. Lo cual sugiere que quien dibuja algo, bien o mal, es quien le da su identidad substantiva. Y, para complicarlo más, ahora se lo apropian, así sin adjetivos, esos 50 Estados Unidos del norte para referirse a la Nación que los aglutina: “¡The great American nation!”. Ya alguien dijo: “Lo malo de América del Sur es que es del Norte”.
Por eso a América le hemos ido yapando adjetivos: Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica … Cada nombre es una nueva corrección, pero insuficiente de nombres e identidades en el fondo prestadas y ajenas; ampliaciones sucesivas, pensadas más fuera que dentro de este continente. Todas ellas presumen que quien llega, invade, conquista y coloniza un lugar, habitado ya por otros muchos desde antes, es el que le da su identidad adjetiva. Llegaron los españoles, y ¡claro! fuimos Hispano América. Pero había que incluir a los portugueses, por lo que nos ampliamos a Ibero América. Los franceses se sentían fuera, y diferenciaron a los del norte como América Sajona y a los del Sur le dieron el nombre más inclusivo de América Latina. De ahí viene también esa academia de la Latinité. Más identidades prestadas, cuando no impuestas desde afuera.
¿Dónde quedan los que ya estaban aquí desde antes? Eran los “naturales”, a los que, como la cosa más natural del mundo, artificiosamente se ignoraba salvo para explotarlos, servirse de ellos; a lo más, bautizarlos y “civilizarlos”. Sólo mucho más tardíamente se ha hablado siquiera de Indoamérica o Amerindia: otro quid pro quo, que añade a los anteriores el error de Colón y su gente, quienes esperaban haber llegado a la India. Pero los “indios” que aquí encontraron en realidad no lo eran. Lo remediaron etiquetando a estas tierras como las Indias Occidentales… occidentales, por si acaso, si se las sigue mirando desde “Occidente”, es decir desde Europa, ¡allá por el nordeste!
Los grandes ausentes en todas estas identificaciones han sido entonces quienes descienden de aquellos pueblos asentados aquí desde antes, invisibilizados en tantas identidades ajenas.
La independencia de los actuales “estados latinoamericanos” no mejoró mucho ese paisaje. Con sólo la excepción de Haití, los nuevos estados, con sus viejos o nuevos nombres, incurrieron todos en el mismo pecado original, al constituirse sin tomar en cuenta a los habitantes originarios salvo para explotarlos. En nuestro caso, la vieja Charcas, para ser algo nuevo, se prestó el nombre de dos venezolanos, sin duda notables: Bolivia y Sucre. Como si ahora quisiéramos llamarnos Chavezia; o Bushia.
Abiertos al mundo, sí. Pero desde nuestras raíces.
*Xavier Albó es antropólogo lingüista y jesuita. Trabaja en Cipca.
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