La corteza de la madera del korochi se transforma en un tipoy. Los mosetenes que viven aún de la naturaleza muestran un trabajo diverso y multicolor.
Texto: Jorge Quispe Fotos: Miguel Carrasco
Lágrimas de María adornan el cuello de Lucina Huasna. Las pequeñas conchas blanquecinas, azules y celestes son halladas en los ríos de los Yungas paceños para luego convertirse en los collares que lucen las mujeres del pueblo mosetén. Se trata de un lugar donde el hombre y la naturaleza todavía conviven, donde la corteza de un árbol puede transformarse en ropa.
Las comunidades de Muchane, Covendo, Inicua, Santa Ana de Mosetenes, Shimay, Villa Concepción, San José y San Pedro de Cogotai, todos al norte de La Paz, muestran una artesanía inspirada en su hábitat durante la Feria Agroecológica de Palos Blancos.
Los franciscanos redujeron a los mosetenes en misiones durante el siglo XIX. Pese a ello, la habilidad innata de estos artesanos demuestra verdaderas joyas de su cultura.
De la corteza a la ropa Doña Prima, una anciana de 58 años, aún recuerda su primer tipoy o vestido hecho con la corteza de una madera llamada korochi. “Se saca la parte externa del árbol y después se lo machuca hasta dejarlo muy suave”, explica.
Así nace una fibra natural blanca que, luego de ser cocida y teñida, es usada todavía por los comunarios. Con el korochi también se puede tejer el marico, una bolsa que se cuelga del hombro y que es uno de los accesorios preferidos por los jóvenes debido a su utilidad.
El tipoy de ahora se hace con telas sintéticas, ni siquiera se usa más el tocuyo. Hoy, las mujeres se inclinan por coloridos vestidos que llegan desde la ciudad de La Paz.
“La naturaleza siempre fue nuestra madre. Comemos, pero también nos vestimos de ella con todo lo que nos da”, sostiene Juan Huasna Bosso, un médico naturista, que además intenta rescatar las diferentes expresiones de las culturas amazónicas paceñas en un libro que está en su etapa final.
Otros, como el dirigente de la Organización de Pueblos Indígenas Mosetenes (OPIM) Orlando Morales, lamentan que con la llegada de la lana se haya dejado de usar el tipoy en algunos lugares, pero cree que las ferias agroecológicas sirven para mostrar que esa artesanía aún está viva y que tiene mucho todavía por mostrar al país.
Las fibras del arbusto de la jipi japa, que también se encuentra en los Yungas, sirven para fabricar paneros y joyeros. “Hay unas ramas tiernas y otras maduras. Las primeras son para hacer adornos, que es lo que más compra la gente”, describe Prima Chitavá mientras muestra una cajita para joyas con forma de tarántula. La comunaria forma parte de la Organización de Mujeres Artesanas de Sud Yungas, Palos Blancos y Alto Beni.
En tanto el charro, que es otra variedad de paja, y algunos huesos de animales, en las manos de los artesanos se transforman también en objetos de ornamento personal, como collares y brazaletes.
Una balsa en las manos Mide cerca de 45 centímetros. Navega al ras del agua y tiene un piso donde se ubican los turistas. En la vida real, la balsa alcanza a los siete metros, pero esta pequeña réplica hecha con precisión no tiene nada que envidiar a los grandes barcos.
En los ríos de los Yungas, la embarcación hecha de madera “palo de balsa” se destaca por su capacidad de maniobrabilidad en todos los afluentes. “Además, aunque entre el agua estas balsas no se hunden de manera fácil, siguen flotando”, sintetiza Morales. La diminuta muestra es una de las más requeridas como recuerdo de la amazonia paceña en la feria.
En esos parajes, cada comunidad tiene su propia habilidad. Los habitantes de Santa Ana de Mosetenes, por ejemplo, se especializan en hacer flechas y arcos; los de Shimay, en telares y los de San Pedro de Cogotai tejen hamacas, collares y otro tipo de utensilios del hogar.
Flechas y arcos de 30 centímetros se lucen en pequeños cuadros. “Son para cazar peces y aves. Están hechos de madera de chonta”, añade Morales. Claro que las armas verdaderas, que son utilizadas a diario en el monte, llegan al metro y medio de longitud, dependiendo si su uso es para la caza o la pesca, pues en este último caso, las armas deben ser más cortas.
Con rostros de animales Las hay en forma de osos, de lagartos, perros, gallinas, monos y algunos felinos. Para elaborar las máscaras, los lugareños quitan las ramas de los árboles y trabajan la madera con destreza para que adquieran las formas de los animales que habitan la zona. Se las utiliza para las danzas nativas, como el Baile del Oso Moreno y del Mono, pero ahora se las ofrece sólo como un recuerdo. Cada una de ellas cuesta entre 80 y 150 bolivianos.
En tanto, con la madera llamada pajarilla se realizan adornos con forma de loros y pavas que brillan por su finura y exquisitez.
A mitad de año, la cultura mosetén ganó un premio en una exposición en la ciudad de La Paz y ahora está empeñada en buscar más espacios para mostrar su arte.