Sin preludio. Si fuera el oficialismo el que promoviera el IDH completo para las regiones y la oposición la que defendiera la Renta Dignidad, ¿de qué factor (es) dependería la decisión final? ¿Dependería del grado de convocatoria de movimientos sociales? ¿Dependería del grado de desacreditación que se acumule sobre el opositor? O, ¿dependería de cuán radicales y sangrientas terminan siendo las manifestaciones con heridos en contra y a favor? Parecería que sí, que de eso se tratase. La respuesta es simple, no, y en realidad, es porque no se ha llegado todavía siquiera a pensar en diseñar políticas públicas en función de incentivos programáticos intergubernamentales, se continúa sobre la lógica de intereses partidarios, interpretaciones ideológicas caducas y mayorías por motines. ¿Es ésta la democracia que se debe a sus ciudadanos y representantes? La respuesta también es simple, no.
Lo democrático no conlleva respetar la idea opuesta y seguir adelante con la propia. Se trata de tomar la opuesta para mejorar la propia y/o viceversa. ¿Y si la Renta Dignidad la gestionaran las futuras autonomías con determinadas condiciones y atribuciones?, ¿dejará de ser idea del Gobierno nacional? ¿Dejarán de hacerse responsables los gobiernos locales o regionales ejecutores?
En otras palabras, ¿se trata de generar mejores condiciones de vida para los bolivianos, desarrollar capacidades locales y promover la institucionalidad de una política o se trata de desprestigiar a toda costa al opositor? Si tomamos por convincente la segunda no estaríamos hablando de democracia sino más bien, de la típica y vergonzosa lucha partidaria por el poder y sin sentido.
Gobierno dividido en clave vertical es como define Fernando Mayorga a la configuración actual del Poder Ejecutivo producto de la elección de los prefectos. Al respecto, cabe recordar lo poco que se debatió acerca de dicho evento. Ni se escuchó de la posibilidad de ingobernabilidad a causa de tal maniobra. En el ámbito político, el apoyo incondicional a dicha medida fue al parecer, por un lado, porque la idea estuvo alentada con la intención de debilitar a los ejecutivos producto de las coaliciones de los partidos ´tradicionales´; por otro lado, porque tal idea engrandeció las expectativas de poderío para aquellos que no se vieron capaces de alcanzar el sillón presidencial y, finalmente, por el manejo electoral —y sólo electoral— que significó pregonar el Teorema de Barzel-Oates que promueve mayor efectividad y eficiencia en la prestación descentralizada de servicios públicos.
En términos académicos, se llegó a comparar la figura prefectural francesa, por lo unitario de Francia, con la boliviana, como si el mundillo de disimilitudes de lógicas políticas en este caso particular no hubiese sido relevante. Finalmente, después de todas las anteriores, coincidirán con mi percepción quienes sostengan que se debió, en gran parte, al valor imaginario que se le atribuye a toda acción política que incluye en su proceso la decisión por voto, como si la muchedumbre, por ser tal, llevara inmersos el dominio de la razón y la sabiduría.
Las anteriores son, por así decirlo, algunas de las pautas que describen el marco mental sobre el cual se diseñan las políticas públicas. En consecuencia, no es descabellado esperar que toda medida por su defectuoso diseño congénito se tenga que aprobar con golpes y a patadas, ni tampoco es irracional comprender por qué el Ejecutivo tiene tentaciones y conductas autoritarias. Más aún cuando la corrupción no da con el precio exacto para unificar el gobierno dividido también horizontalmente; entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo, por lo que significa en este último, el Senado.
Lo que importa ahora no es subir el precio del ofrecimiento para comprar a los opositores; ni unicameralizar el Legislativo para cerrar el Senado; ni empezar a pagar un precio por compartir ideas y acompañar a huelgas, tampoco debería importar el agitar cada vez más a los movimientos sociales para conseguir banales objetivos que luego sean negociados, a nuestro nombre, para enterarnos luego de que se aprovecharon individualmente de nuestros dineros e ideales. Convendría preguntarse, en un principio, cómo capturar las virtudes políticas de otros mapas mentales que consiguieron arribar al tipo de decisiones ganador-ganador, para luego comprender cómo las experiencias comparadas con autonomías y/o gobiernos federados incluidos lograron alcanzar sus objetivos de desarrollo sin caer en el hábito de la suma cero y el autoritarismo. ¿Dos preguntas simples? A que no.
* William Kushner D., M.A. en Gobierno y Administración Pública.
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