Llegué a Tarabuco cuando ya era periodista. Debió ser el 92, poco antes del arribo a esas tierras de la reina de España. Me interesaba contar la historia de una de las pocas regiones de la América hispana que nunca se había rendido en la colonia frente a los ejércitos de la alianza entre Castilla y Aragón. Claro, otra cosa era, a finales del siglo XX, frente a la cooperación ibérica; pero ésta no estaba basada en la cruz y la espada.
De esa época conservo un bello poncho tarabuqueño y muchas historias. Una tiene que ver con la fundación de la ciudad de Charcas frente al cerro en el que el cacique Tanga Tanga enterró el oro y la plata que llevaba para pagar el rescate del inca Atahuallpa. Enterado de la suerte que corrió el quiteño en manos de Francisco Pizarro (el mentiroso que le prometió vida a cambio de dinero y se quedó con éste ordenando darle garrote), el cacique decidió enterrar los metales preciosos. Y ahí están, bajo las gradas de la Grau o quizá en las entrañas de la tierra sobre la que se levantó el museo para niños y ese mirador desde donde se ve toda la ciudad.
Ese viaje también visité Asur (Antropólogos del Sur) y quedé maravillado con los tejidos jalk\'as. Ahí me pregunté cómo hacían esas mujeres para sacar figuras repetidas, pero invertidas sin utilizar la computadora. Cosa de saberes indígenas, me dije. No me cabe la menor duda, la artesanía de los originarios chuquisaqueños es una de las mejores del país.
Y ahora resulta que algunos de los universitarios de la Real y Pontificia Universidad de San Francisco Xavier se atreven a gritarles ´llamas´ a esos creadores de belleza, a esas manos que siembran y cosechan los alimentos que los capitalinos comen, a esos seres que en hecho y en derecho deberían ser como nosotros.
La imagen de ese universitario escupiendo a la cara de una indígena anciana ha dado vueltas al mundo. Es la síntesis del terror racista, de la violencia de los que creen inferiores a los que son diferentes de ellos.
Y es también el fermento del odio. Pienso en los millones de indígenas que vieron en esa mujer humillada por el estudiante sucrense, a su propia madre.
Soy por principio enemigo de la violencia y no creo en ella como arma para liberar (por ello también he criticado a los paceños que cortaban la corbata de otros paceños); pero comprendo la rabia de los campesinos chuquisaqueños cuando los que se creen señoritos no les permiten ingresar a la capital que debería ser de todos los bolivianos y que ahora se encuentra prisionera de un grupo de fascistas.
¿Hasta qué punto son cómplices de esto los miembros del Comité Interinstitucional? Los hechos son claros: la base de los grupos de choque (los que con tanto ardor gritan llamas a sus semejantes) son empleados municipales mandados por la Alcaldesa, y el resto son universitarios de una casa de estudios superiores comandada por su Rector. Sin embargo, creo que a momentos los sobrepasan. Porque cuando uno siembra vientos con frecuencia cosecha tempestades. ¡Cuánto hubiera ayudado un acuerdo en su momento!
Sin embargo, la ambición suele ser mala consejera y los que hacen politiquería a la espera de tener réditos electorales con la capitalidad, mañana tendrán que lamentar que la historia los acuse como responsables de la violencia. No quisiera estar en su pellejo.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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