La eliminación del analfabetismo, empeño en que se encuentran los bolivianos, gracias a la valiosa y aplaudida cooperación de Cuba, no suele terminar cuando se aprende a leer y escribir. Requiere encarar una segunda fase, que consiste en la práctica diaria de lo que se avanzó en ambos casos. De lo contrario, se corre el riesgo de volver a punto cero, es decir, a lo que se ha denominado como el analfabetismo funcional.
En el pasado se han hecho esporádicos esfuerzos para alcanzar una alfabetización plena, pero faltó la continuidad en la lucha contra el analfabetismo y, en otros, porque los interesados se conformaron con lo aprendido, en la creencia de que era suficiente.
Existe ahora la determinación gubernamental de hacer todo lo necesario para acabar con el analfabetismo, por lo que conviene tomar algunas previsiones dirigidas a asegurarse de que no habrá aquellos retrocesos. Esta vez tiene que darse el compromiso de honor de que no se frustrará la buena disposición que tiene el gobierno cubano de enviar a Bolivia lo mejor de sus expertos y docentes, aparte del costo que asumió con la provisión del material requerido.
Podría haber dos formas de conservar e incluso lograr mayores progresos. Consistirían, por un lado, en dotar de bibliotecas a todos los sitios donde se cumplió el proceso alfabetizador, de manera que los que han aprendido a leer y escribir no lo olviden por falta de ejercicio. Más bien, lo ideal sería que enriquezcan su formación cultural.
La segunda opción radicaría en comprometer a todos los bolivianos en la donación de libros y cuadernos de caligrafía. En el caso de los libros hay que idear formas para evitar que los tengan en sus armarios, como un adorno más, sin cumplir su potencial función social.