Vamos al grano, Bolivia tiene la oportunidad de resolver sus problemas económicos, sociales, étnicos e institucionales antes de cientos de muertos o después, porque éstos seguirán siendo los mismos. Veámonos por un instante en el espejo centroamericano. Utilizando varios criterios como el tamaño de la economía, indicadores de pobreza, tipo de desafíos de política pública, composición étnica, entre otros, Bolivia se parece mucho a Nicaragua o El Salvador, países que han experimentado la crueldad e ineficiencia de guerras civiles. Miles de huérfanos, viudas o viudos, inválidos y muertos en los años 80 son la prueba de la estupidez humana.
Pobreza, exclusión social, falta de empleo, baja productividad, corrupción, y crecimiento económico mediocre continúan siendo los principales desafíos de estos países, no obstante que la guerra buscaba justamente resolver estos problemas. En Nicaragua, más de 30 mil personas murieron para casi nada y, este país sigue tan pobre como en el pasado. El caso de El Salvador fue más dramático; el enfrentamiento entre compatriotas duró 10 años, dejó 75 mil muertos, más de 25 mil niños en las calles, 170 mil minas personales, mucho dolor, pero tampoco produjo ningún cambio económico o social significativo. Al contrario, pasó de ser un país pobre con guerra civil a un país pobre sin guerra civil. Las fuerzas militares y políticas extremistas en disputa bélica fueron incapaces de imponer sus proyectos y les costó miles de muertos darse cuenta que su única alternativa era buscar alguna solución negociada todavía en construcción en la región.
En Bolivia, la espiral de violencia, los discursos inflamados, las amenazas de separación, las alusiones a una guerra civil y la crisis estatal configuran un escenario muy parecido al del contexto regional centroamericano de los años 80.
Tanto fuerzas de extrema izquierda como de derecha, que se pintan las caras, amenazan y buscan, promueven una guerra civil, deberían conocer la triste historia de los salvadoreños o nicaragüenses para ver que el camino de la violencia es circular y no llega a ningún lado. Sólo empodera a los violentos.
En estos días de frustración e impotencia —cuando la mayoría de la población quiere paz—, las movilizaciones manipuladas, los bloqueos de caminos, las huelgas, los sabotajes y las amenazas son mortales para el cuerpo económico del país. La disputa encarnizada por el poder comenzó a afectar a la economía. Todos los temas económicos se convierten en campos de batalla entre las fuerzas que pelean por el poder. La inflación, de un fenómeno monetario se convierte en una guerra económica. La disputa por ingresos públicos para realizar políticas sociales se transforma en tácticas de poder para destruir al oponente. La hiperinflación de duras palabras, gritos de guerra y consignas comienza a neutralizar las políticas económicas. Todos los actores del conflicto con un pedazo de razón, desde una perspectiva individual son incapaces de soluciones cooperativas porque prevalece una visión sobreideologizada de los problemas. Cabe recordar que las ideologías no conversan. Tú me bloqueas, yo bloqueo, ellos nos bloquean y todos nos jodemos.
El ritual de la muerte y la intransigencia en tiempos de crisis amenazan la democracia, colocan en riesgo la estabilidad económica y le serruchan el piso al crecimiento. El cálculo político sustituye al principio de la solidaridad. Lamentablemente, los discursos y poses radicales no producen el milagro de la multiplicación de la producción y la productividad. Las consignas guerreras reemplazan las ideas y propuestas de políticas públicas. Las reformas de corte neoliberal se han agotado, pero no somos capaces de presentar un nuevo modelo de desarrollo claro. Tanto del lado de la izquierda como la derecha, el futuro se presenta con las ideas más cansadas del pasado; los zombis son los ideólogos del porvenir. Sabemos lo que no queremos, pero no tenemos largo plazo, las neuronas de la creatividad están bloqueadas por aquellas que administran los discursos llenos de adjetivos de ambos lados. Los guerreros están en la cancha sedientos de sangre ajena. Hablan de diálogo, pero se preparan para la guerra. La política, el arte de los acuerdos, languidece.
Nuevamente hemos iniciado, a paso firme, el camino al precipicio de la intolerancia y la confrontación. Al paso que vamos nos esperan cientos de muertos inútiles que irán a acompañar a sus hermanos centroamericanos. Aún es tiempo de aprender de los errores históricos de otros países. Un pacto político y social sobre decenas de cadáveres será mucho más difícil. Aún es tiempo de recuperar la sensatez y decirles no a los guerreros de la muerte. Aún es tiempo de reinventar el futuro y colocar la solidaridad en el centro de las políticas públicas. Como decía Einstein “La paz es la única forma de sentirnos realmente humanos”.
*Gonzalo Chávez es economista.
Hay que educar al soberano
La escalofriante frase de Domingo Faustino Sarmiento, a la que aludí en una anterior columna, sigue golpeando la realidad: “Hay que educar al soberano; si no lo haces por justicia, hazlo aunque sea por miedo”.
Bifurcación preocupante
El pasado miércoles, el diario La Razón publicaba la foto espeluznante de un hombre corriendo como una antorcha ardiente.
Racismo
Racismo es una ideología relacionada con la superioridad de un grupo racial respecto a los demás y preconiza, en particular, la separación de estos grupos dentro de un país mediante la segregación e incluso la eliminación.
¿Mejor o peor que antes?
Al acercarnos al segundo año de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), creo que cabe preguntarse si el país está mejor o peor de lo que estaba antes de la administración del MAS.
El huevo de la serpiente
El cambio como idea y como mito, el cambio como utopía y como fetiche. El cambio como fin último, como bandera ante el dolor, la frustración y la espera interminable.
Politización y superchería
Los que se oponen al cambio que ‘exige’ el pueblo, politizan todo lo que propone el Gobierno en ‘favor de la mayoría’, y empantanan la Asamblea Constituyente´.