El cambio como idea y como mito, el cambio como utopía y como fetiche. El cambio como fin último, como bandera ante el dolor, la frustración y la espera interminable. Para quienes nada tienen todo será ganancia. El paraíso está a la vuelta de la esquina y nada ni nadie podrá impedir que quienes lo quieren lo obtengan. Sobre esas premisas comenzamos a transitar una nueva ruta el 22 de enero de 2006.
´¡El que no salta es llama!´, corean varios jóvenes delante del teatro Gran Mariscal en la capital del República. El grupo no sólo salta, sino que golpea sin misericordia a algunos indígenas próximos a quienes hiere de consideración.
Dos perros negros que ´simbolizan´ a las autoridades políticas y cívicas de Santa Cruz y Chuquisaca, colgados de una cuerda, son degollados por un indígena en las proximidades de Achacachi como parte de una declaratoria formal de guerra ´en defensa´ de la Constituyente, contra la oligarquía oriental y en defensa de la permanencia de dos poderes en la sede de gobierno.
No son episodios ocurridos en un remoto pasado, los estamos viviendo en este momento, en la primera década del siglo XXI.
Tras tres meses de estériles negociaciones para reabrir la Asamblea que ya se había trabado al poco tiempo de su apertura el 6 de agosto de 2006, el Gobierno decide instalarla a como dé lugar y la convoca en un recinto militar en las afueras de Sucre.
¿Es éste el escenario que Bolivia demandó el 17 de octubre de 2003? ¿Era dable pensar esta forma de redacción de una Ley de Leyes que recomponga el pacto social y la vida en convivencia civilizada de una nación en crisis? ¿Podemos sentirnos orgullosos de que una parte de los asambleístas electos (la otra no estará allí) debatan en el interior de un instituto militar protegidos por tres anillos, uno militar, otro policial y un tercero de grupos civiles movilizados por el Gobierno en un contexto de agresividad y violencia callejera? ¿Podemos aceptar la idea esencial e irrenunciable de autonomía plena de la Asamblea, cuando el presidente Morales convoca a la presidenta de la Asamblea a Palacio para ordenarle lo que debe hacer, después de que el Vicepresidente fungió y fracasó como presidente de facto del cónclave durante varias semanas?
¿Es en el marco de la violencia verbal y física desatada hace meses, en el racismo descarnado e intolerable, en actitudes bárbaras contra animales, que vamos a llevar adelante un pacto para superar este lastre que tiene a la nación herida por la confrontación, los rencores y las fracturas espirituales?
Algo tiene que estar muy mal en una sociedad que no es capaz siquiera de construir unas reglas de juego comunes, que todos aceptemos como buenas, en paz y en la lógica de la búsqueda de acuerdos.
Es muy evidente que el gobierno del presidente Morales destruye su propia legitimidad en medio del autoritarismo, montado en el caballo de un cambio difuso e inasible que lo permite todo y lo acepta todo. Los grupos más radicales que lo apoyan, vuelven al viejo discurso de que la violencia es la gran partera de la historia y de que no hay otro modo de resolver las cosas que imponiendo hegemonía por las buenas o por las malas (ahora, sin ninguna duda, por las malas). La oposición tan variopinta como la composición interna del propio Gobierno, pretende frenarlo con las mismas armas. De manera intuitiva está asustada por el cambio y defiende sus intereses, grandes y pequeños. Desterradas las ideas, lo que queda es medir el tamaño de los garrotes de cada parte. En ese rubro el Gobierno tiene un garrote mayor y probablemente se impondrá.
¿Por qué Gobierno y oposición protagonizan este grotesco que por momentos es drama y por momentos penoso sainete? Porque expresan a una sociedad enferma y profundamente tocada por una polarización cada día más irracional. Acercarse al estado de naturaleza en el que no hay normas, ni reglas, ni límites, en el que la expresión ´colla de mierda´ o ´camba de mierda´ es pan de todos los días, en la que seres humanos definen como llamas a muchos de sus compatriotas, en la que seres humanos buscan atemorizar a otros degollando y desollando seres cuyas vidas segamos para demostrar poder como en los tiempos iniciales de la sociedad humana, reflejan el grado dramático de un cáncer que todos endilgamos a los otros, sin darnos cuenta de que somos parte esencial de este drama de descomposición colectiva, en la que los gérmenes de la violencia, el racismo, y la discriminación en vez de apagarse, se mantienen encendidos en medio de la agresividad ilimitada del Primer Mandatario, llamado por su origen y su investidura a un discurso de paz y unidad.
Quienes construyeron la violencia desde el poder, quienes creyeron que el Estado era una parcela de propiedad privada, quienes alimentaron la lógica de élites que disfrutaron de un banquete para pocos, quienes hicimos cambios, pero sin atrevernos a dar el salto definitivo, somos responsables.
Quienes asumen que la respuesta a la exclusión es la violencia sistemática, la propuesta de todo o nada, de ellos o nosotros, de la toma del poder sin asumir la plena responsabilidad que ello implica, de buscar un gobierno de todos, pero piensan en un gobierno para muchos, pero no para todos. Pensar que la respuesta a la exclusión es la exclusión y la respuesta al racismo es el racismo, es simplemente aumentar el fuego a una casa que hace ya algunos años comenzó a incendiarse. Ellos son también responsables.
La grandeza de hoy es ser capaz de plantear un cambio consistente, un cambio basado en premisas que puedan debatirse y que acepten espacios de pensamiento y acción distintos a los suyos. Diálogo para ceder y conceder y para construir acuerdos. Combatir un pasado injusto con armas de justicia. Esa es la grandeza de la que Evo Morales carece, esa es la mezquindad y la pequeñez de miras de un hombre que lo tuvo todo y que ha decidido incubar el huevo de la serpiente.
El huevo tardará en romperse, pero cuando esto ocurra, el protagonista legítimo de este proceso podría también ser víctima de la serpiente. Un precio que el sufrido país que votó por él no merecía pagar.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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La escalofriante frase de Domingo Faustino Sarmiento, a la que aludí en una anterior columna, sigue golpeando la realidad: “Hay que educar al soberano; si no lo haces por justicia, hazlo aunque sea por miedo”.
Bifurcación preocupante
El pasado miércoles, el diario La Razón publicaba la foto espeluznante de un hombre corriendo como una antorcha ardiente.
Racismo
Racismo es una ideología relacionada con la superioridad de un grupo racial respecto a los demás y preconiza, en particular, la separación de estos grupos dentro de un país mediante la segregación e incluso la eliminación.
¡Aún es tiempo!
Vamos al grano, Bolivia tiene la oportunidad de resolver sus problemas económicos, sociales, étnicos e institucionales antes de cientos de muertos o después, porque éstos seguirán siendo los mismos.
¿Mejor o peor que antes?
Al acercarnos al segundo año de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), creo que cabe preguntarse si el país está mejor o peor de lo que estaba antes de la administración del MAS.
Politización y superchería
Los que se oponen al cambio que ‘exige’ el pueblo, politizan todo lo que propone el Gobierno en ‘favor de la mayoría’, y empantanan la Asamblea Constituyente´.