Los que se oponen al cambio que ‘exige’ el pueblo, politizan todo lo que propone el Gobierno en ‘favor de la mayoría’, y empantanan la Asamblea Constituyente´. ¡Vaya acusación! En el juego democrático, todo lo que se refiere a la marcha del Estado, cae en el debate político, y así debe ser. Parece que los oficialistas buscan consagrar un sofisma: quienes no aceptan lo que hace o propone el Gobierno del MAS, son facinerosos que defienden sus intereses particulares, y hasta conspiran contra el régimen cuando rechazan al Dios-Cambio, ese duendecillo sin forma, ni contenido.
El Gobierno, para descalificar a los que disienten y objetan sus designios, encontró otra falacia: ´Los opositores al cambio y a la Asamblea Constituyente, politizan y entraban lo que el pueblo ‘desea’ que lleve adelante este Gobierno que sirve a los intereses de las clases oprimidas´. Es una afirmación con tono de acusación imprecisa, pero terrible. Es, al fin, una admonición contra quienes no comparten el criterio del populismo en el poder. Anecdóticamente, los masistas en el gobierno ya llaman cambio a todo: por ejemplo, se organiza una campaña de vacunación, porque ´Bolivia cambia´ y ´Evo cumple…´.
Hasta el atildado Vicepresidente, cuando no encuentra una dócil aceptación al cambio indefinido, o sea lo que él llama ´consenso´ —esto puede o no darse en democracia—, le dan pataletas, y amenaza con medidas terribles, incluyendo ´cambios´ en la propiedad, insinuando que los productores agropecuarios en Santa Cruz, deben tener cuidado en oponerse.
Se reitera: no se sabe a qué cambio se refieren los hombres del Presidente. Ese es un secreto, porque si fuera público se pondría en evidencia, ya palmaria, el propósito prorroguista, hasta ahora disimulado, del propio Presidente para dar continuidad a un régimen cada vez más alejado de la democracia. Y, en la búsqueda de la reelección indefinida, ya entrenan al ´caballo del corregidor´ que correrá ventajosamente en sucesivas elecciones, en el más estricto estilo del autócrata Hugo Chávez.
Ya sé. Se dirá que la oposición se usa ahora para politizar los asuntos públicos; y que responde precisamente a intereses políticos. Pero ¡por Dios!, esos son intereses legítimos, puesto que se actúa dentro de la política que está relacionada con las formas y con el fondo mismo de la acción de gobernar.
Es valiosa la confrontación de las propuestas políticas, y saludable que los ciudadanos se manifiesten y luchen democráticamente por sus convicciones, o sea en la contienda política civilizada, cada quien con su visión y sus objetivos. El interés político tiene diversas connotaciones: seguir la consigna partidaria o, como es el caso de muchos compatriotas, preservar lo que se considera apropiado. Es legítimo defender el cambio u oponerse a él. Pero la oposición cobra mayor sentido, cuando se advierte que se habla de un cambio oculto, indefinido, casi vergonzante, pues los oficialistas no se animan a mostrar sus verdaderas intenciones. Entonces se deforma la verdad, y se recurre al axioma del ministro de propaganda de la Alemania nazi, Joseph Goebbels: ´miente, miente, que algo queda…
Oponerse a un cambio o a una política, es ejercitar un derecho democrático. Desconocer este derecho, es caer en el autoritarismo y en la superchería…
*Sergio P. Luis es profesional independiente.
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La escalofriante frase de Domingo Faustino Sarmiento, a la que aludí en una anterior columna, sigue golpeando la realidad: “Hay que educar al soberano; si no lo haces por justicia, hazlo aunque sea por miedo”.
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Racismo es una ideología relacionada con la superioridad de un grupo racial respecto a los demás y preconiza, en particular, la separación de estos grupos dentro de un país mediante la segregación e incluso la eliminación.
¡Aún es tiempo!
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¿Mejor o peor que antes?
Al acercarnos al segundo año de gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS), creo que cabe preguntarse si el país está mejor o peor de lo que estaba antes de la administración del MAS.
El huevo de la serpiente
El cambio como idea y como mito, el cambio como utopía y como fetiche. El cambio como fin último, como bandera ante el dolor, la frustración y la espera interminable.