Cuatro historias retratan la vida de los más de 1.000 compostureros de calzados que trabajan en la vía pública de La Paz. Desde un remiendo hasta el cambio de planta, dan ingresos diarios de entre 15 y 40 bolivianos.
Texto: Jorge Quispe • Fotos: Ángel Illanes, Nicolás Quinteros y Miguel Carrasco
Mi Paulina llama a los clientes, sin ella no soy nada. Las personas confían más cuando hay una Paulina. Con ella puedes hacer un trabajo de manera más rápida. La mía es china, pero rinde. Tengo que hacerle siempre un mantenimiento y no coser cosas gruesas”. Mario Coparicona Mamani mira con cariño la máquina de coser en la que se apoya para reparar zapatos en su puesto de la calle Torrelio, detrás de los bloques de la Estación Central de La Paz.
Mario es un artesano de 43 años que disfruta de su familia, tres hijos y una esposa, pero “Paulina” es la más consentida, porque ella le permite sobrevivir cada día. Él es uno de los cerca de mil zapateros que cada día, en La Paz, ofrecen una nueva vida útil a los calzados.
Una sombrilla de nylon azul protege a Mario Caparicona del sol y la lluvia. Junto a ella se halla su Paulina, dos asientos y la compañía muda de 20 pares de zapatos.
Tiene las manos duras y el pulgar izquierdo con al menos tres cortes. El culpable es su afilado cuchillo, más parecido a una hoja de afeitar. Con esa experiencia, Mario sugiere: “Cuando te cortas la mano, primero te debes lavar con agua, después te pones un poco de clefa en el lugar y por último una pequeña lámina del neolet (una goma especial), y listo. Yo no necesito curitas. Eso lo aprendí de otros zapateros”.
Desde que tiene 20 años, Mario maneja con destreza la cuchilla para cortar la suela o para abrir una costura y luego coserla. “En mis primeros años me maltraté las manos con la navaja, pero después se me hizo una costumbre el usarla”.
Caparicona es muy popular en la zona. En hora y media, al menos 10 personas, además de sus clientes, se acercan a él. Por eso está convencido de que si hace un buen trabajo, el cliente regresará, aunque recuerda con desagrado aquella vez que tuvo que compensar con dos pares nuevos a una persona, “porque le entregué sus calzados a otro cliente”.
Mario es de poco hablar y muy dedicado a su labor. Puede reparar hasta 15 zapatos por día y cambiar una suela en menos de dos horas. Pero cuando habla de su oficio aflora toda su pasión, aquella que alimentó desde sus 15 años, cuando empezó a trabajar con su tío en una confeccionadora de calzados. “No se ganaba bien en la confección, por eso decidí hacer reparaciones. Siempre hay ingresos, aunque sea poco el dinero que uno gana al día”.
Pero a pesar de la pasión, ninguno de sus tres hijos sigue el oficio del padre. Sin embargo, él está contento y se ve como composturero de calzados en el futuro. “De esto vivo. Además, ahora no hay trabajo y pocos quieren contratar a personas mayores de 40 años”, explica.
Si no todo es zapatos en la vida de Mario, por lo menos algo tiene que ver con los pies: Los domingos funge de árbitro de fútbol en las ligas zonales. Esta actividad le da dinero, pero aun así prefiere su oficio. “Yo hice mi familia con la reparación de zapatos, jamás me arrepentiré de haber elegido esta profesión”.
El jefe de Víctor Hugo
“Yo no tengo jefes, me puedo dar una escapadita cuando quiero. Claro que no tengo aguinaldo, no tengo seguro de salud y menos voy a tener una jubilación”. Orgulloso, Víctor Hugo Canelas Plata decide cuánto tiempo le asigna a su labor como zapatero en su puesto detrás del Cementerio General.
Algunas veces, la ganancia diaria puede llegar a los 40 bolivianos, pero hay jornadas magras cuando la recaudación no pasa los 15 bolivianos. De todos modos, en la semana, algunos reparadores de calzados pueden reunir hasta 180 bolivianos.
Para Víctor Hugo es una bendición cuando un cliente pide el cambio de planta entera, pues cuesta 35 bolivianos. Sensiblemente, no siempre ocurre. Sus compañeros cobran de dos a 15 bolivianos, según la compostura. “Yo vivo en El Alto, gasto cinco en el pasaje, otros cinco en el almuerzo y me quedo con cinco. ¿De dónde saco para comprar material y para dejar al menos 20 bolivianos para la casa? No alcanza”, espeta el remendón de 40 años.
Canelas ya tiene una solución: armar su microempresa, aunque implique mucho trabajo. “Debes tener un capital para empezar y para que la banca te haga un préstamo. Yo no tengo”, masculla al momento de pegar clefa en una suela. “Debe secar bien. Antes, para reforzar un calzado, se utilizaba la estaquilla (clavos de madera)”. Pero hoy son otras las preocupaciones, como el precio del pegamento, que en octubre llegó a los 36 bolivianos. Pese a ello y junto a su amigo César Cruz, con quien comparte una máquina de coser, Víctor Hugo sueña con tener un día no lejano su propio kiosko.
Zapatero y sindicalista
Utilizaba los zapatos deportivos para practicar el salto largo y lanzamiento de bala en las competencias de atletismo en Sucre. Si bien sus zapatillas eran lo más preciado, Demetrio Ibáñez nunca imaginó que de mayor viviría de la reparación y confección de calzados.
Radica desde los 17 años en La Paz. En la década de los 80 pasó su momento de gloria al frente de la empresa Walk Over, que fabricaba zapatos. Su taller de la zona de Río Seco albergaba hasta a 12 operarios en 1985, pero hoy suelta con dolor que “la importación del producto extranjero mató a la producción nacional. Tuve que cerrar mi empresa porque ahora ya no me comprarían un par que puede llegar a costar 70 bolivianos, porque encuentras en el mercado otros que valen 45 e incluso se importa el zapato usado”.
A sus 53 años, aún posee el taller de confección, pero los lunes y martes sale a remendar en su puesto de la avenida Quintanilla Suazo y República. Su hijo Antonio José ha heredado la labor del padre y hace composturas en casa mientras sigue sus estudios de Ingeniería Civil.
Ibáñez no sólo repara calzados, sino que es líder sindical. Con voz fuerte, correspondiente a la del Secretario General de la Central Única de Artesanos de Bolivia, Ibáñez explica que el futuro del reparador de zapatos es sobrevivir, porque no hay fuentes de trabajo. “Los compostureros en vía pública están abandonados por parte del Gobierno, los artesanos necesitamos políticas para surgir”, exclama mientras levanta la mano derecha como si estuviera al frente de un auditorio.
Es más, Demetrio está convencido de que se debe crear la Universidad de los Artesanos, asignatura pendiente —a su juicio— para fortalecer la producción nacional.
Respira, se relaja y anuncia dejar la dirección sindical para volver a su antiguo oficio. “En otros países la mano de obra es capacitada, aquí no, todavía somos empíricos”.
En La Paz, los compostureros de zapatos en vía pública, que son cerca de mil, están agrupados en 10 sindicatos y son afiliados a la Central Única de Artesanos.
Luego del Demetrio sindicalista, regresa el zapatero. Con un amor casi paternal, toma un calzado deportivo roto, lo abre con delicadeza con una tenaza para luego empezar a coserlo con una aguja manual. “Cuando unos zapatos llegan en malas condiciones, es como si estuvieran lastimados. Hay que curarlos y esmerarse como si fuera la primera vez, para que vuelvan a caminar como si fueran nuevos”.
El esplendor de la reparadora
“Puntualidad y calidad” son las máximas de Garibaldi, una de las ocho empresas reparadoras de calzados que trabajan en La Paz.
En el negocio, que está dirigido por Martha Sánchez Calisaya, se recomponen al menos 30 pares de zapatos al día gracias a su maquinaria eléctrica. Actualmente trabajan dos operarios en cada una de las tres filiales de La Paz, en relación a los ocho empleados que hace 10 años mantenía cada sucursal.
“Antes, la gente pedía que se le cambie la suela por cuero, pero ahora prefieren plantas de goma que son más baratas”, reconoce Agustín Flores, uno de los dos operarios en la tienda de la calle Almirante Grau, en la zona de San Pedro.
Una gigante Paulina, una ensanchadora y una remendona adornan el taller que tiene otra sede en Cochabamba. Fue fundada por Wálter Pol hace 30 años y, pese a la crisis, la reparadora se mantiene como una de las más visitadas por la gente.
En 35 años de labor, el operario Flores ha visto de todo. “Una vez, un cliente llegó y clavó la mirada en un par de zapatos y dijo muy seguro: ‘Esos son míos’, pero no eran suyos y tuvimos que pagarle al verdadero dueño, que reclamaba: \'Mis calzados eran finos, éstos no son\'”.
Garibaldi, Panda, Rossi, Americana y Vibram son cinco de las ocho empresas en La Paz. Las reparadoras de calzados cobran desde tres hasta 60 bolivianos, según el trabajo.
Sin embargo y pese a esa competencia, el zapatero Mario Caparicona Mamani está convencido de que el público confía más en el composturero de la calle. “Hacemos un trabajo de primera, de eso depende que vengan más clientes. Cada reparación es un desafío personal”, concluye mientras acaricia a Paulina, aquella máquina que le permite sobrevivir como reparador de calzados desde que tiene 20 años.
PARA TRABAJAR
La máquina de coser. Es el artefacto con el que Mario Caparicona trabaja. Le costó 60 dólares y es de fabricación china. El artilugio es manual y hay que saber calibrarlo para coser con un hilo especial que cuesta 10 bolivianos.
Tres patitas. La planchuela tiene tres patas. Es uno de los instrumentos de trabajo más utilizados, en especial cuando se debe hacer una recompostura manual. El aparato se fabrica en Bolivia y puede llegar a costar 120 bolivianos.
El juego de tres. El alicate, la cuchilla y la tenaza son indispensables cuando se debe hacer un trabajo de cambio de suela o media suela. El alicate y la tenaza permiten agarrar el material con firmeza mientras la afilada hoja corta.
La escofina. Es para limar las asperezas en la última etapa del cambio de suela. Antes era la más usada al arreglar zapatos de chola. El desarmador sirve para hacer presión y la aguja manual se usa también para zapatos deportivos.
El pegamento. La clefa es el adhesivo más utilizado por los zapateros. El pomo siempre debe estar cerrado, porque de lo contrario se seca. Su precio es de 36 bolivianos. Para el plástico se usa el PDC, cuyo valor es de 40 bolivianos.