Recuperando ancestrales prácticas andinas e incorporando nuevas técnicas, agricultores de nueve comunidades del municipio paceño de Batallas compitieron en el concurso de siembra. El baile y un aptapi animaron la justa que apunta al desarrollo.
Redacción: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: David Guzmán
Si está enojada, hay que invitarle cervecita. Si está con sed, hay que darle agua; no mucha, porque se ahoga”. Anastasia Mollaricoma se enorgullece de descifrar los secretos de la tierra: qué ofrecerle de beber, cómo fertilizarla y cuándo robarle sus frutos. “¿Cómo no voy a saber? Si mi madre me ha contado que he nacido en plena chacra”, justifica la mujer de 45 años mientras guía a dos hombres fornidos que arrastran un arado. Ella y seis de los mejores agricultores de su comunidad representan a Chirapaca en el primer concurso de sembradores del altiplano.
“Esto no es como el fútbol, pues; aquí vamos a probar lo que hemos aprendido y lo que sabemos desde nuestros abuelos”, explica Natalio Flores (64), secretario de Actas de la comunidad de Huanané. No están en juego sólo los premios —ocho llamas, una carretilla, 10 palas, seis picotas y 10 rastrillos, para el primer lugar—. “Es también por nuestro orgullo”.
Concurso en la tierra
El viernes 9 de noviembre, las nueve comunidades del municipio paceño de Batallas recibieron al sol con el aptapi cocinado, los músicos entusiasmados y sus equipos uniformados. En buses y en camiones viajaron hasta cuatro horas para llegar “a la cancha” que era una hectárea de tierra, dividida en parcelas, a dos kilómetros de este pueblo de la provincia Los Andes.
Llegaron con barras, con comida y con las ganas de coronarse como campeones en la competencia, organizada por la Fundación Nuevo Norte, que buscaba evaluar los resultados del programa de capacitación en “Manejo de suelos y agua para riego”.
Uno al lado del otro, los nueve equipos debían cumplir el desafío de preparar tres tipos de composturas en la parcela de tierra que les había tocado por sorteo: surcos tradicionales, camas (amplias melgas bien niveladas) y camellones (surcos trazados en zig zag).
“Cada una de estas técnicas se adapta a un terreno específico y a un tipo de cultivo; además, permite a la tierra distribuir el agua por gravedad, lo que mejora el riego hasta en un 70 por ciento y evita la erosión”, explica el agrónomo Abraham Borda Albornoz, responsable de campo del proyecto.
“Estas son prácticas ancestrales; lo único que hacemos es adecuarlas a los terrenos en un diálogo con los campesinos que ya lleva 16 años con el equipo Pachamaman Urupa (brazo técnico de Nuevo Norte)”, añade el profesional. Juan Cansio Pérez (50), de la comunidad de Cutusuma, le da la razón: “Donde es planito el terreno, se hacen surcos; ahí salen lindas la papa y la quinua; eso sabíamos”. La novedad fue el uso de camas. “Ahora vamos a sembrar cebolla y alfalfa... va a dar y quizás podamos tener ganado”, comenta esperanzado.
El agua manda
Los números son elocuentes. Una familia de lecheros en el altiplano paceño tiene un ingreso promedio de 600 dólares al año; a 300 llegan los ingresos de los agricultores. La opción parece obvia; pero no todas las comunidades, debido a sus peculiaridades geográficas, pueden criar ganado vacuno.
“El rubro de la leche no comprende sólo la leche; tiene que ver fundamentalmente con el riego y el manejo de agua que viene de la cordillera”, argumenta Alexandra Canedo, gerente del proyecto “Mejora de la productividad del sector lechero”, de Nuevo Norte, que terminará en diciembre tras 18 meses de trabajo en Pucarani y Batallas.
La situación es clara, los pueblos que no pueden tener ganado tienen la posibilidad de sembrar forrajes de alta calidad. Y aquí el agua manda.
“La región de Batallas y Pucarani es un complejo productivo cuya actividad principal, la más rentable, es la lechería, pero se complementa con el riego como elemento vital. Por eso el proyecto tiene dos grandes componentes: el riego y la asistencia técnica”, explica el sociólogo Henry Oporto.
En los últimos meses, a la capacitación en construcción de establos y prácticas de ordeño se sumó la actualización en técnicas de riego en parcelas. “Es una ventaja manejar bien el agua en este tiempo cuando ya está escaseando. En mi comunidad, ahora vamos a manejar los camellones para sembrar más forraje”, evalúa Pablo Vargas Llanque (37), juez de aguas y dirigente de Suriquiña, población situada a los pies de la cordillera.
Aquí la tierra canta, por eso la evaluación final de la capacitación en Manejo de suelos y agua para riego se midió en el gran concurso comunal. “El agua decide y su recorrido por los surcos va a mostrar a los mejores”, sentencia Pablo.
Los equipos en la cancha
Cinco hombres y dos mujeres integran el equipo de Pariri; su uniforme fue elaborado una semana antes: pantalones blancos y camisas celestes, todo hecho de lana de oveja. “Nos ha tocado una tierra dura, pero queremos ganar”, comenta Benedicto Quispe Loza (37) mientas abre surcos.
A su lado, la delegación de Cutusuma ufana los últimos detalles de unos camellones. “Estamos cansados, pero bonito está”, dice Juan Cansio Pérez. Él, como sus compañeros, luce pantalones negros a la pantorrilla que hacen juego con sus camisas de bayeta oscura y ll\'uchus de lana.
Guerrera, Anastasia Mollaricoma guía el arado arrastrado por sus compañeros de Chirapaca. “Las mujeres trabajamos igual que los hombres”, demuestra y cosecha aplausos anticipados.
Las barras y el aptapi
Qollopekes o sombreros altos adornados con flores giran al ritmo alegre de una decena de masculinas quenas en el baile de la Choquela. “Desde Igachi hemos venido para apoyar a nuestro equipo”, cuenta Donato Quispe Machaca (52), engalanado con el traje que el mismo elaboró: chuspa, pechera o cawa, chalina y ll\'uchu colorido. La competencia ha ameritado que la comunidad de tierras bajas, que alberga 700 familias, decida también mandar a su experta delegación musical.
“La choquela se baila cada 3 de mayo, en la Fiesta de la Cruz, cuando empiezan las heladas y se comienza a hacer el chuño”, narra Ricardo Mamani Salinas. “Hay que bailar bien, harto, sino se arruina el chuño. Eso nos han enseñado nuestros abuelos, ellos tocaban, y nosotros no lo hemos hecho perder”, añade con la sabiduría de sus 67 años de vida, 50 de los cuales ha dedicado a preservar su baile.
Si pankaritas y otras flores brillan en la choquela, son los tocados multicolores de plumas los que se destacan en el baile del Moqolulu de la comunidad de Suriquiña. “Vamos a ganar, vamos a ganar”, repite en castellano y en aymara un saltarín kusillo que es el alma de baile integrado por ocho tocadores de quenas, con penachos en el sombrero y tamborita. “Suriquiña, waliki” (Bien, Suriquiña), canta el bufón andino y hace coro con un personaje de voz aguda que lleva en las espaldas, disecado, un cóndor con el que danza.
“El Moqolulu se baila para la siembra, cada año. Desde antes había y nosotros hemos aprendido”, relata Pedro Guerrero (68) fundador del grupo “Moqolulu Churiquiña”, famoso en la región, por su música de fiesta, su cóndor bailarín y su kusillo hualaycho.
A las 13.00, un silbato anuncia que ha terminado la competencia. Los sembradores dejan herramientas y arados y salen de las parcelas. Es el momento del aptapi, con los más sabrosos quesos y las más harinosas ocas y papas.
El fin de la merienda anuncia el inicio de la calificación y el agua corre libre por las parcelas dibujando en la tierra ondulados surcos, camas y camellones. Al final de la jornada, las comunidades de Suriquiña, Batallas y Karhuiza se llevan los primeros lugares.
Sikuris suenan con el grupo “Super Iron del pueblo” y los sembradores festejan. Alegre, doña Anastasia Mollaricoma sentencia: “La tierra ahora no está enojada, pero igual le convidamos cervecita”. Ésos son sus secretos.
HISTORIA
A sus 78 años, José Quisbert Balboa se declara “un contreras”. “Yo sé sembrar y surcos nomás se necesitan, no me van a enseñar”, dice a propósito de la capacitación en riego en la que no participó. Tras haber sido policía, maestro y autoridad en Batallas, don José está retirado y trabaja la tierra. “Soy hijo único, por eso cuando mi madre ha muerto he venido a recuperar mi propiedad”, narra y recomienda a los jóvenes: “Se van a anotar todo lo que les dicen; lo que está escrito nomás sirve, por eso antes no nos enseñaban”. Finalmente, Quisbert concede: “Habrá que probar estos surcos, si ayudan son buenos”.
PREMIOS
El concurso de “Manejos de suelos y agua para riego” se realizó tanto en el municipio de Pucarani como en el de Batallas. “Este tipo de incentivos motiva a los comunarios y nunca ha provocado ninguna rencilla; a todos les gusta competir”, asegura Alexandra Canedo de la Fundación Nuevo Sur. En Batallas el jurado dio la victoria al equipo de Suriquiña, adjudicándole un premio consistente en ocho llamas, una carretilla, 10 palas, seis picotas y 10 rastrillos. Los siguientes puestos fueron ocupados por las comunidades de Batallas, Karhuiza, Chirapaca, Huanané, Igachi, Cutusuma, Pariri y Cullucachi. La entrega de éstos y otros premios de concursos de construcción de establos y técnicas de ordeñamiento se llevará a cabo el 30 de noviembre, con fiesta incluida.