Los bolivianos nunca perdemos, más bien siempre casi ganamos. En el fútbol, en la política, en el amor y en la vida. Nunca tenemos responsabilidad sobre el casi, siempre son los demás los culpables... el director técnico, el rival, la pareja o el otro. Los hijos culpamos a los padres de nuestros defectos, las nueras a las suegras de sus desgracias y la mayoría de nosotros a la mala suerte por los inconvenientes que padecemos cotidianamente.
Somos tenaces y sacrificados pero nos cuesta concluir exitosamente lo proyectado. Nos encanta la fanfarria de la inauguración, de la piedra fundamental, de la promesa, pero nos aburrimos o nos cansamos pronto y solemos dejar las cosas a medias. Al entusiasmo que nos seduce a la hora de proyectar o iniciar una actividad, sucede el desánimo y nos desinteresamos antes de culminar la faena. Somos creativos y geniales, pero no tenemos la misma dosis de paciencia y perseverancia.
Por alguna extraña razón no podemos ganar, completa, clara, terminantemente. Es como si nos sintiéramos sin derecho a la victoria, como si cargáramos una culpa insondable que nos impide el disfrute del triunfo. Y lo peor de todo es que nos negamos a analizar las causas que nos tienen en esta situación, nos negamos a asumir nuestra respon- sabilidad. Preferimos el fácil expediente del deslinde.
Me sumergí en estas cavilaciones luego del partido que perdimos (¿casi ganamos?) con Venezuela, después de escuchar los análisis, opiniones y comentarios de los entendidos y también de los hinchas y parroquianos. La explicación general de nuestro traspié futbolístico era —¡qué no!— el Director Técnico, “ese ciudadano oriental que cruzó la cordillera con el premeditado y criminal propósito de perjudicarnos a como dé lugar”, como dijo un despistado oyente en una radioemisora paceña.
Las voces de justificación decían: “¿Acaso desde el inicio de las eliminatorias no consignó sólo a sus amigotes?”. “¿No es verdad que metió a Moreno en lugar de Martins cuando debía poner un volante de contención?”. “¿No dudó de manera estúpida para cambiar al rengo portero Arias y entregó de esa manera una ventaja increíble para que Venezuela se hiciera de la victoria?”. “Ante el desánimo generalizado que sobrevino al último empate venezolano y la bajada de brazos, ¿acaso el DT hizo algo?”.
Pero lamentablemente ésas son justificaciones que nacen sólo de las vísceras y no de la razón y de la realidad. Sería mejor decir simplemente que perdimos, que nuestro juego fue como somos en la vida: entusiastas, metedores, pero que fallamos en la hora de la definición, que el árbitro no estuvo bien y que perjudicó a ambos, que Erwin Sánchez (¿por qué Platiní?) reaccionó mal ante la circunstancial adversidad, pero que su papel no fue lo definitivo que le asignan. En fin, tal vez así podríamos corregir nuestros errores y estar mejor preparados para el próximo encuentro.
Pero lo más importante debería ser la toma de conciencia de que lo que nos hace falta es aprender a ganar…que no le temamos al éxito, que superemos de una vez ese malhadado “miedo escénico” al triunfo. En el fútbol, en la política, en el amor, en la vida y en todo, no estamos condenados a siempre perder… tenemos el derecho a ganar.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
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