Al margen de las consideraciones de si el texto aprobado con la lectura de sólo el índice la noche del sábado es bueno o malo para el país, lo evidente es que en las formas y los procedimientos, éste es el resultado de la negación de los cauces democráticos.
Finalmente los signos de riesgo sobre los que se advirtió durante los últimos 20 meses han comenzado a plasmarse en trágicos hechos de sangre y duros golpes a la democracia, con la muerte en Sucre de —oficialmente— dos ciudadanos y la aprobación antirreglamentaria de una Constitución en esa misma capital, con los votos a mano alzada de partidarios del Gobierno en un cuartel militar.
Aquel viejo anhelo de hacer de una Asamblea Constituyente el escenario del reencuentro de los bolivianos es ahora papel mojado, y contrariamente a su objetivo, esa instancia terminó dividiendo más a los ciudadanos del país.
El primer resultado forzado de una Asamblea caracterizada por su incapacidad para entenderse y sus fracasos permanentes para mostrar resultados, refleja la visión de apenas una parte del país; mayoritaria sí, porque representa a poco más del 50 por ciento de la población, pero incompleta al fin.
Así, el pretendido reencuentro de los bolivianos tiene hoy un rostro de imposición de unos sobre otros. Y como cualquier producto de una imposición, el texto constitucional merecerá quizá la confianza de quienes respaldan incondicionalmente la gestión de gobierno, pero podría tener en contra al resto del país, que es casi la otra mitad.
Al margen de las consideraciones de si el texto aprobado con la lectura de sólo el índice la noche del sábado es bueno o malo para el país —aspecto que en esta coyuntura es apenas un detalle y con seguridad cuando se lo conozca será polémico—, lo evidente es que en las formas y los procedimientos, éste es el resultado de la negación de los cauces democráticos.
¿Habrá el gobierno de Evo Morales medido con precisión el efecto que previsiblemente iba a tener la aprobación en grande de su Constitución tutelada por las Fuerzas Armadas en un recinto militar y la represión policial en las calles de Sucre?
Y los muertos, en un país donde la sensibilidad ante la vida humana ha demostrado ser tan grande y poderosa como capaz de derrocar gobiernos, ¿estarían entre los cálculos de quienes ordenaron seguir adelante con la frialdad que se demostró en las acciones de Sucre durante este trágico fin de semana?
Algo se ha roto en la democracia boliviana en estos dos últimos días. Las consecuencias futuras de este delicado incidente histórico son aún imprevisibles, pero es seguro que no serán precisamente tiempos mejores los que vendrán.
Es probable que los líderes del país estén aún a tiempo, en tiempos de descuento podría decirse utilizando la terminología futbolística, para recomponer las condiciones hacia una convivencia pacífica de los bolivianos.
En esa misión por recuperar la paz, preservar la unidad del país y reconducir el entendimiento, deben participar todos los líderes del país, pero particularmente le corresponde al Presidente de la República hacer el mayor esfuerzo por pacificar a Sucre y al país, corregir las distorsiones del trabajo de la Asamblea Constituyente, y finalmente para liderar un auténtico pacto social que involucre a todos los bolivianos.
De no hacerlo, quizá haya que comenzar a observar los dolorosos acontecimientos de Sucre como la nueva “normalidad” teñida de sangre que podría imponerse en el conjunto del país.