Un ilustre pensador nacional comentaba en el pasado que los políticos inteligentes de Bolivia, en su gran mayoría, eran insensatos, porque no llegan a medir las consecuencias de sus actos. Tomaba como ejemplo el triste hecho de que los más importantes y destacados gobernantes fueron los que más daño han hecho al país. El Mariscal Santa Cruz, con el derrumbe de la Confederación Perú-Boliviana, sólo logró que Bolivia quedara en una peligrosísima indefensión que bien pudo haber determinado su total desmembración. Luego, Ismael Montes y el inicuo Tratado de 1904, casi encerraron al país detrás de sus montañas. El doctor Salamanca nos llevó imprudentemente a la guerra del Chaco. Y, por último, Paz Estenssoro y su ´revolución nacional´ convirtieron a Bolivia en el país más miserable del continente, situación que comparte sólo con Haití.
En los últimos años se tuvo, como el más destacado presidente, a Gonzalo Sánchez de Lozada. En su primer gobierno implantó medidas muy positivas, como el incentivo a las inversiones extranjeras que dieron lugar a que hoy Bolivia cuente con la riqueza del gas. Pero, pese a su inteligencia, no pudo sustraerse al trágico destino de nuestros mandatarios de tomar resoluciones insensatas como la creación del Bonosol, programa que se reduce a ´tirar por la ventana´, como se dice vulgarmente, el poco dinero que el país genera mediante los fondos de capitalización colectiva.
El gobierno de Evo Morales, menos preparado que el anterior, recibió el año pasado mayores recursos que los acostumbrados en el país. Sin saber qué hacer con ellos, decidió crear nuevos bonosoles, o sea nuevos medios de repartir el dinero a la gente en forma arbitraria. Así se inició la campaña con el bono Juancito Pinto, y ahora está enfrascado en la llamada Renta Dignidad que incrementa el Bonosol a 2.400 bolivianos y amplía enormemente el sector favorecido.
Como se puede observar, a medida que pasa el tiempo, el Bonosol va creciendo como si fuese una bola de nieve. Al extremo de que se ha publicado últimamente un proyecto preparado por un grupo de importantes intelectuales, donde se sugiere la entrega a todo boliviano mayor de 18 años de una renta de 100 dólares por año. O sea que los beneficiarios sumarían más de cinco millones de personas. Y, naturalmente, cada año se incrementarían en varios cientos de miles más.
Sería conveniente que todos estos impulsores de regalar dinero tomasen, como primer punto fundamental de la economía, el viejo refrán chino que dice que al hombre no hay que darle el pescado en la mano sino la caña para que lo pesque. Y es evidente que si un país desea salir de un estado de extrema pobreza, como el nuestro, debe priorizar sus inversiones en rubros que impulsen su desarrollo y den trabajo a sus habitantes.
Aparte de la imprescindible vertebración vial que el país realiza con gran esfuerzo y con ayuda de los entes financieros internacionales, a los cuales se debe cumplir debidamente, ahora cabe enfrentar el desafío de los biocombustibles y la agricultura. Felizmente hay tierra suficiente para producir azúcar, trigo, maíz y arroz en grandes cantidades. Pero se necesita capital para la adquisición de semillas, tractores y demás materiales. Lo mismo pasa con la minería, cuyos precios han subido extraordinariamente, pero por falta de capital y tecnología, en vez de aumentar la producción, cada año se reduce.
Es menester que los bolivianos tengamos mayor sentido común, que comprendamos que la riqueza de las naciones se basa en la unión del trabajo, la tecnología y el capital, y terminemos con la demagogia que determina la creación de esos absurdos bonos gratuitos que sólo sirven para empobrecer más al país.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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