Don Casto Rojas, que fue un caballero de modales e ideas de los años del liberalismo triunfante, fue además un usuario habitual y crítico de los tranvías de La Paz cuando serpenteaban entre las subidas y bajadas de la ciudad. Los consideraba como el ambiente más universal o tal vez más cosmopolita que existía en la sede de gobierno. Con una universalidad pródiga y divertida: ´desde la dama del automóvil propio, razonable y económica con las llantas, hasta la lechera del cántaro de hoja de lata de dudoso contenido´.
Reinaba allí una promiscuidad democrática, a pesar de las secciones de primera y de segunda clase, en ocasiones un poco agresiva para el olfato. Era un lugar para encuentros inesperados, apropiado para observaciones de corte sociológico de las distintas poses y actitudes de los viajeros, algunas presuntuosas, otras provincianas, ciertas pintorescas o disparatadas.
No faltaba el caballero con el pantalón sobre el bajo vientre. Seguramente de traje oscuro y sombrero embarquillado, hecho con pelo de conejo importado. Tampoco la normalista que pagaba sólo medio pasaje y adoptaba un aire magisterial por encima del común. El cuadro tranviario no sería cabal sin las monjas del asilo de San Ramón o de otra congregación, invariablemente acopladas de dos en dos. Las podemos imaginar con las cofias desplegadas como velas al viento. La nota criolla la ponía ´la chola rezongona de anchas caderas empollerada hasta el infinito´.
Las charlas corrían por el carro: ágiles, pícaras y desenvueltas. El paso de algún transeúnte producía un comentario malediciente, y la vida política recibía su lote de bromas, cuando no críticas de mayor calibre. El recorrido siempre estaba abierto a encuentros imprevistos, amenos unos, hoscos otros, intrascendentes los más. Don Casto se comprometió en un diálogo tranviario, ante la divertida curiosidad del resto de pasajeros, por supuesto de primera, con G. A. Otero a escribir el prólogo para El Chile que yo he visto, un libro de ironía picante sobre nuestro vecino del Pacífico, de donde salen estas notas.
El tranvía compendiaba y exhibía, según don Casto, a bajo precio, todos los caracteres de los paceños en su ingenuidad novelera, en sus pretensiones y socarronería y hasta en sus temores.
El tranvía se fue para siempre, ha sido reemplazado por el minibús, mucho más populachero, incómodo y destartalado. Como el gato ya está en su séptima vida, la primera comenzó en algún sitio del lejano oriente conduciendo pequeños grupos de pasajeros antes de llegar desvencijado y asesando a servir de transporte común en La Paz. Menos cosmopolita que su predecesor, no deja de acarrear una muestra representativa de la población paceña variopinta, en especial en las líneas que recorren la espina dorsal de la ciudad que parece no tener fin descendiendo desde la ceja de El Alto hasta Ovejuyo y más allá.
La dama ahorrativa y cuidadosa con las llantas de su auto casi ha desaparecido. Hoy va segura en su 4 por 4. Los pasajeros se renuevan en los distintos barrios. La lechera, un oficio en extinción, se muestra de vez en cuando con sus cacharros de lata. Las cholas son parte de la clientela fija a lo largo de todo el trayecto con sus infaltables atados de aguayo, encajados, en despecho del tamaño, en los reducidos espacios entre las filas del minibús. Ningún pasajero ha averiguado el misterio del contenido de esos bultos en constante viaje.
Al mediodía y en la tarde un enjambre de jóvenes oficinistas de charla y risa fácil copa la movilidad. Los jefes pasados al peine fino llenos de tics resultan familiares a los pasajeros. Las religiosas con velos discretos y faldas aún más sobrias, parecidas a las institutrices de pueblo mexicano de los 50, siguen entrando y saliendo de dos en dos. Una nueva incorporación son los turistas americanos, aún muchachos, como las monjas, siempre suben en grupo, protestando airada-
mente en un castellano aproximativo por el precio del pasaje. Venidos de una sociedad capitalista, no han comprendido que el precio del viaje no se rige por el cartón afichado sino por la oferta y la demanda, fluctúa según las horas y el público. Los adolescentes enfundados en blue jeans a mitad de la nalga y ligeras poleras, indiferentes a las estaciones, intercambian noticias, caricias entre enamorados y cuitas con frases cortas, groseras y contundentes, interrumpidas por carcajadas y llamadas de celular, por las cuales, alguno de ellos descubre que lo estaban dejando de lado, sin ninguna consideración, para la salida del sábado por la noche, lo que produce un sentimiento de conmiseración en los demás usuarios. Nunca falta uno ensimismado escuchando en su MP4 metáforas cantadas siempre iguales, nunca las mismas, acerca de los amores idos.
Las miradas furtivas, como las que echaba don Casto a la doncella de brazos lánguidos, falda levantada y escote subido ya no están de moda en los minibuses, salvo algún tímido, rezagado. Ahora se estila establecer contactos visuales preñados de esperanzas volátiles y desencantos seguros, pues las más de las veces no pasan de osadías pequeñas, sin ninguna consecuencia efectiva, como lo sabe Gaturro.
En ocasiones se escucha algún comentario político o unas frases como soltadas al azar por un personaje pretencioso, con ánimo de hacer conocer su rango y figuración, obligado a soportar la abigarrada concurrencia del carro porque su chofer está con estrés y su auto en revisión. No molesta que en el trayecto un despabilado muchacho juegue con su computadora y marque los puntos con bulliciosas interjecciones. Por ahí se queja un ama de casa de la calidad y el precio de la mermelada en el supermercado y de la grasa excesiva de la carne beniana, prefería la magra del altiplano, aunque algo fibrosa. El minibús ha guardado mucho del aire pueblerino de la ciudad y a la vez no ha perdido un cierto cosmopolitismo, que fue el del tranvía.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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