No es la primera vez que a propósito de un conflicto terrible, que pasa de un siglo a otro, se escuchan grandes palabras que hablan de paz entre israelíes y palestinos. Las de Annapolis no son la excepción, siete años después de que Clinton reuniera en Camp David a Arafat y Barak. Han sido solemnes, suenan esperanzadoras y reverdecen una vez más el anhelo de que los dos bandos históricamente enfrentados sean capaces de alcanzar un compromiso que haga posible el alumbramiento de un Estado palestino y una vida digna para sus ciudadanos.
Bush ha anunciado en la Academia Naval de EEUU que israelíes y palestinos van a negociar sin interrupción y sin tabúes hasta finales del año próximo, bajo la tutela de Washington, para conseguir un acuerdo de paz global. Los temas tabúes, no enunciados, son los que han bloqueado siempre cualquier progreso: las fronteras de un Estado palestino, el futuro de Jerusalén, la suerte de los refugiados, la seguridad de Israel. Las dos partes dicen que cumplirán ahora lo establecido por la Hoja de Ruta del 2003, sistemáticamente violado: parar los asentamientos israelíes y evitar el terrorismo palestino.
Annapolis es la inmersión más profunda de Bush en el conflicto, siete años después de su llegada a la presidencia. Esa expedición en territorio minado, escenificada ayer con la reunión tripartita en la Casa Blanca, se produce a sólo 14 meses del final de su mandato, en medio de una debilidad creciente y con EE UU encenagado en Irak y tanteando peligrosamente al régimen islamista iraní. Tampoco la situación de Olmert o Abbas, tan necesitados ambos de algo que ofrecer a los suyos, alientan demasiadas expectativas. El desacreditado líder israelí depende de una coalición poco fiable para sobrevivir. Los palestinos, por su parte, están profundamente divididos. El Abbas que habla por ellos ha perdido por las armas una parte de su territorio a manos de sus rivales de Hamás, absolutamente opuestos al compromiso. Mientras en Maryland resonaban hermosas palabras, en la propia Cisjordania había muertos y heridos entre los palestinos que rechazaban en la calle la conferencia.
Ni es honrado apostar sobre seguro al pesimismo ni cabe esperar avances significativos en enfrentamiento tan degradado, aunque Siria, Arabia Saudí y otros 12 Estados árabes estuviesen en Annapolis. Si la negociación relanzada tiene alguna posibilidad de desembocar en resultados tangibles será sólo a cambio de grandes concesiones por ambos lados en aspectos cruciales. Y si el proceso inaugurado se concreta, resultará imprescindible en algún momento la incorporación a él de los integristas de Hamás. En cualquier caso, ha llegado el momento de que EE UU, cuyo protagonismo exclusivo reduce a la Unión Europea a una total irrelevancia, se implique de manera decisiva y permanente en el diálogo y la vigilancia de sus resultados, después de tantos años de desidia. De no ser así, la negociación auspiciada por Bush nacerá muerta.
*El País de Madrid para La Razón.
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