Por no sé por qué razón, escribo hoy sobre un deseo que como van las cosas temo ya que pueda ser más bien un sueño. Sueño con que mis nietos vengan algún día a su país no sólo de visita. Sueño con que vuelvan para contribuir con su trabajo, con su capacidad profesional y con sus propios sueños a una Bolivia diferente a la que dejaron sus padres obligados solamente porque se negaron a depender del favoritismo, del amiguismo o del contubernio político para vivir de la prebenda.
Sueño con que vengan a vivir en el país del que les hablé tantas veces, casi como fábula. Que puedan saborear sus salteñas, el fricasé, el cordero asado, la huatía o una lagua de chuño en el altiplano.
Que puedan comer un majadito, el, los cuñapés, el somó o el arroz con queso del oriente. El saice, los ta-males, los chorizos o el chicharrón en los valles.
Sueño con que vayan ilusionados a alentar a su selección en el estadio para verla jugar como nunca y perder como siempre aunque terminen protestando como todos. Sueño con que vayan a votar con la misma ilusión, aunque terminen furiosos porque equivocaron su voto o lo traicionaron. Sueño con que lleven a sus hijos a la escuela, tempranito los lunes, explicándoles qué significan el himno nacional y cada una de sus frases. Sobre todo la última.
Los sueño recorriendo su país de norte a sur, de este a oeste con el derecho que les da haber nacido aquí, como toda su gente. Hablando y trabajando con sus paisanos y disfrutando de tanta y tan variada riqueza natural y cultural. De la belleza y solidez del churqui, el tajibo o el roble. De la fuerza de sus ríos, el blanco de sus montañas o el verde de sus selvas y llanuras. Del litio del salar, la plata y el estaño de sus minas. Del gas y del petróleo, la soya, la quinua o la castaña. Del singani, la chicha o la cerveza. De los violines y el canto de los niños chiquitanos, de la cueca, el taquirari o la morenada. De las lecciones de Misiones y Tiwanaku y las historias del Chaco y Abaroa.
Los imagino también tratando de entender por qué, si su país tiene todo eso y lo mucho más que ellos puedan encontrar y los lectores quieran añadir, sus padres como otros millones de bolivianos tuvieron que emigrar a países tan distantes, en todo sentido, como Paraguay y Suiza.
Pero, sobre todo, quiero que mis nietos viajen por el mundo con pasaporte de Bolivia y que se sientan orgullosos de presentarlo donde sea, sin tener que explicar cómo es que su país está como está o, peor aún, porqué ya no está.
*Juan León es periodista.
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