Escondida en el barrio de Miraflores, una vieja casa sólo alberga a artistas. Antonio Ávila, Hilda Mundy y Jaime Sáenz han sido algunos de sus residentes.
Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: David Guzmán y Ángel Illanes
En el número 1602 de la calle Claudio Sanjinés de la zona de Miraflores se yergue, desde hace 65 años, una vivienda creada exclusivamente para albergar a poetas. En sus 250 metros cuadrados, de propiedad municipal, han vivido hasta sus últimos días los vates: Abel Alarcón, Antonio Ávila Jiménez, Hilda Mundi, Jaime Sáenz y Beatriz Shulze Arana.
“A veces, cuando escribo a solas, siento que la habitación se llena con olor a vino, el vino que le gustaba a don Jaime”, cuenta la escritora Elsa Dorado de Revilla, quien habita la Casa del Poeta desde el 2000. “Parece que aquí, la energía de la literatura se conserva”, añade la autora de 76 años.
Si la energía allí se conserva, se las arregla para acomodarse en una construcción de dos plantas ya deterioradas con los años. Abajo, la sala, el comedor y el estudio; arriba, tres dormitorios y un misterioso altillo que ha permanecido cerrado desde hace años. Protegida por una cerca de frondosos pinos ésta, la Casa del Poeta, en otros tiempos, fue sede de movimientos literarios, talleres poéticos y maratones de cacho.
Un hogar para la literatura Cuando en 1913, el visionario arquitecto Emilio Villanueva inició la construcción del Hospital General de La Paz, destinó 250 de los 76.000 metros cuadrados del megacomplejo a un espacio artístico.
“Entre la iglesia de Remedios y lo que hoy es el hospital del Tórax quedaba un terrenito de unos 200 metros. Villanueva lo donó a la Alcaldía para que sea el hogar de los poetas paceños”, narra el escritor Guido Orías Luna (72), quien conoce bien estos hechos no sólo por sus 40 años de carrera como funcionario municipal, sino porque a él le tocó vivir en la Casa del Poeta. Ya llegaremos a su historia.
Una Ordenanza Municipal de 1942, emitida durante la gestión del alcalde Juan Luis Gutiérrez Granier, determinó destinar en calidad de usufructo la vivienda construida en la calle Claudio Sanjinés, número 1602, “a un poeta destacado cuya obra haya aportado a las letras paceñas”. El vate elegido podría tener posesión del inmueble hasta su muerte.
Alarcón, el primero En 1943, el primer inquilino de la flamante Casa del Poeta fue el narrador y prosista paceño Abel Alarcón (1881-1954). “Alarcón fue elegido entre muchos notables de su tiempo, como el cronista Ismael Sotomayor, por un Comité de Cultura”, añade Guido Orías.
De don Abel Alarcón se sabe poco además de que fue narrador, poeta y, como buen periodista, afecto a la bohemia. Formó parte de una generación de escritores posmodernistas en la que también militaban Juan Francisco Bedregal, Wálter Carvajal y Eduardo Diez de Medina, con quienes organizaba tertulias en su casa.
Alarcón, pionero de la novela histórica con “Era una vez...” (1935) murió en 1954, a los 73 años. Su cuerpo fue el primero en ser velado en la pequeña sala de la vivienda de la calle Claudio Sanjinés.
Familia de artistas Cuatro años permaneció abandonada la Casa del Poeta. “En ese interín, allí vivió toda clase de gente, tugurizaron el espacio, casi se perdió”, recuerda Guido Orías. En 1958, la Alcaldía recobró el inmueble, lo refaccionó y, obedeciendo a una decisión del Concejo Municipal, lo otorgó al poeta paceño Antonio Ávila Jiménez (1898-1965).
“Ese sí que era poeta”, escribió de Ávila Jiménez el vate Jaime Sáenz. “En su casa, muchos días y muchas noches, algunos amigos se congregaban, para hablar, para morir y para vivir, acogidos por la generosa hospitalidad del gran señor y de su esposa Hilda Mundy´.
Y es que el autor de “Cronos” estaba casado con Laura Villanueva Rocabado, conocida en ámbitos literarios como Hilda Mundy. Con ellos vivía su hija, también reconocida poeta, Silvia Mercedes Ávila y el esposo de ésta, Guido Orías.
Con dos artistas como anfitriones, la Casa del Poeta se convirtió en el centro de la actividad literaria paceña cuando amanecía la década de los 60. “Allí se formó el grupo Fuego de la poesía. El hogar estaba lleno de escritores extranjeros, llegaban de todas partes, sólo con la referencia de la Casa del Poeta. Incluso allí estuvo alojado el poeta estadounidense Allen Ginsberg (pilar del movimiento beat) y con Antonio se daban unas escapadas de días”, relata el viudo de Silvia Mercedes Ávila.
Antonio Ávila Jiménez murió el 16 de diciembre de 1965 en la casa miraflorina, donde vivió siete años.
Hilda Mundy (1912-1982) fue una incansable narradora, periodista y activista que, a la muerte de su esposo, recibió en usufructo la Casa del Poeta, curiosamente, la misma que diseñó su padre, el arquitecto Emilio Villanueva.
“Hilda organizaba sesiones interminables de charla de literatura y de política. En la Casa se escribía la revista clandestina \'Reunión de emergencia\' y otras de matiz literario”, relata don Guido. Eran tiempos de dictadura y la vivienda miraflorina, en 1978, vio el nacimiento de la UTAC (Unión de Trabajadores de Arte y Cultura) que reunía a intelectuales de la talla de René Bascopé, Ramiro Barrenechea y Adolfo Quino.
Laura Villanueva —o Hilda Mundy— murió el 28 de enero de 1982 en la Casa del Poeta. “Fueron años intensos, de mucha literatura, mucha vida”, evalúa hoy Guido Orías quien a la muerte de su suegra, dejó con su esposa, Silvia Mercedes, el inmueble municipal. “Había terminado un ciclo maravilloso en nuestras vidas”, comenta el poeta que enviudó en 1992.
El habitante profundo En 1983, la Casa del Poeta recibió a un nuevo habitante. Jaime Sáenz (1921-1986) había recibido el inmueble, en calidad de usufructo, durante la gestión del alcalde paceño Benjamín Miguel.
Libros, relojes y el cariño de la “tía” Esther se mudaron con Sáenz a la casa donde el autor de “Felipe Delgado” pasó sus últimos días.
“Pienso que el poeta entró a morir en esa casa. No entró nunca a habitarla. Sólo una íntima y silenciosa resolución podía dejar desnudas las paredes. Acallados los incontables y habituales objetos. Sí, en ese último recinto existió siempre la sensación de abandono, un antiguo aire de lo vivido reposaba sobre una desalentada oscuridad”, escribió Blanca Wiethuchter, amiga ya desaparecida del vate, en “Memoria solicitada”, un retrato biográfico de Sáenz.
Con todo, el poeta siguió desarrollando sus famosas tertulias literarias, musicales y torneos de cacho bajo el nombre de “Talleres Krupp”, en la sala de la vivienda de Miraflores. “Eran maratónicas sesiones, de noches enteras, de generala legal y de mucha charla”, recuerda Guido Orías.
Jaime Sáenz murió el 16 de agosto de 1986. Sus restos fueron velados en la Casa del Poeta.
En 1986, la gestión del alcalde Raúl Salmón otorgó la Casa del Poeta a la escritora potosina Beatriz Schulze Arana, miembro del grupo literario Gesta Bárbara II.
Doce años vivió la autora de “En el dindel de la noche” en el inmueble, afanada en cultivar rosales coloridos de los que hoy poco queda. Falleció el 6 de mayo de 2000.
Una dama orureña El año 2000, durante la primera gestión de Juan del Granado, la Alcaldía paceña llamó a una convocatoria para designar al nuevo residente de la Casa del Poeta.
La escritora orureña Elsa Dorado de Revilla (1931), con el apoyo de varias instituciones, ganó el honor de convertirse en la sexta usufructuaria de este inmueble municipal. Ya han pasado siete años desde entonces.
Pequeñita, la figura de la escritora abre la puerta. “Es para mí un verdadero honor el vivir en la Casa del Poeta y, como orureña, es la constatación de que La Paz es el crisol que une a todo el país”.
A sus 77 años, doña Elsa es toda energía. Está dedicada a las actividades benéficas y la literatura sigue siendo su pasión. “Me levanto tempranito para escribir en la máquina que atesoro desde hace 30 años; después camino por la casa y siempre recuerdo a mi esposo”. Y es que hace dos años murió Hugo Revilla, intelectual potosino, que compartió 46 años de matrimonio y dos hijos con doña Elsa. “En esta casa vivimos juntos sus dos últimos años y fuimos felices”.
Secretaria de profesión, Dorado publicó su primer libro de cuentos, “Filón de ensueño”, en 1973. Siguieron el poemario “La libertadora Juana Azurduy de Padilla´ (1974) y el texto narrativo “Las bacterias no hacen huelga” (1994).
Nieta de un contratista minero e hija de un ingeniero de minas, la escritora se inclinó naturalmente por retratar la vida de los explotadores de las entrañas de la tierra. “Viví escuchando el lenguaje de los mineros, sus códigos, e imaginando personajes hasta que me tocó vivir diez años en las minas de Quechisla, que inspiraron mis cuentos”, cuenta Dorado.
Orgullosa, muestra las variadas distinciones que recibió en su vida de diferentes instituciones. “Siempre me apasionó el servicio a los más necesitados; por eso creé varios clubs del libro, incluso uno en Alemania, y continúo con muchos proyectos, como el de hacer un monumento a los niños héroes de Bolivia, que es mi sueño”.
La escritora tiene otras tareas pendientes, como la creación de una Biblioteca de Poesía que espera funcione en la Casa que actualmente habita. “También estoy escribiendo un libro de los poetas que vivieron aquí; todavía siento su presencia”, comenta.
Encerrada entre vetustos muros, esa presencia, exhala poesía.
POETAS
Abel Alarcón (1881-1954). Poeta, periodista y narrador paceño. Vivió en EEUU donde enseñó en la Universidad de California. Entre sus obras destacan el poemario “Relicario” (1919), “Cuentos del viejo Alto Perú”, (1936) y “Era una vez... Historia novela de Potosí”, donde, “explora los argumentos presentados por Arzans Orzúa y Vela y acogió de buena gana la idea de ampliar el mundo mágico de la Colonia”, asegura el literato Omar Rocha.
Antonio Ávila Jiménez (1898-1958). Violinista, diplomático y poeta paceño. Es autor de los poemarios “Cronos” (1939), “Signo” (1942), “Las almas” (1950) y “Poemas” (1957) que le valieron el calificativo de “poeta puro por excelencia”, otorgado por monseñor Quiroz. “Antonio Ávila Jiménez no necesitaba escribir poemas para ser poeta. Así nos lo demuestra la calidad de su espíritu”, escribió Jaime Sáenz en un retrato en “Vidas y muertes”. Casado en segundas nupcias con Laura Villanueva (Hilda Mundy) fue padre de la poeta Silvia Mercedes.
Hilda Mundy (1912-1982). Narradora y periodista, Hilda Mundy (Laura Villanueva) fue una de las solitarias voces de la vanguardia literaria. La autora de “Pirotecnia” (1936) e “Impresiones sobre la Guerra del Chaco” (1989) también redactó artículos para los semanarios La Retaguardia y Dum Dum. La hija de Emilio Villanueva estuvo casada con Antonio Ávila Jíménez.
PATRIMONIO PACEÑO
“¿Casa de quién?”. Pocos funcionarios ediles saben de la existencia de la Casa del Poeta; de hecho no existe en la Oficialía Mayor de Culturas la documentación de la historia del inmueble paceño que desde hace 65 años acoge a escritores.
“El propósito de la Casa es reconocer la labor y ayudar a los poetas que así lo merezcan”, declaró el oficial mayor de Culturas, Wálter Gómez, tras una “investigación del caso”.
De acuerdo a la autoridad edil, su despacho solicitará que el inmueble sea declarado “patrimonio intangible” de la ciudad, debido a las personali- dades que han albergado sus muros. “No es un edificio de patrimonio tangible, pero su valor está ahí”, recalcó Gómez. Con la declaratoria, la Alcaldía podrá restaurar el inmueble que no ha recibido mantenimiento edil en décadas. También se fijarán las reglas para elegir a su próximo residente.
POETAS
Jaime Sáenz (1921-1986). Poeta y narrador, Jaime Sáenz nació, vivió y murió en La Paz. Es autor de las novelas “Felipe Delgado” y “Los papeles de Narciso Lima Achá”, además de los poemarios: “Muerte por el tacto”, “El escalpelo” y “El frío”, entre otros. “Sáenz consideraba el trabajo poético similar al que realiza un alquimista con la misión de crear la substancia de la creación”, definió Blanca Wiethuchter en el libro “Memoria solicitada”.
Beatriz Shulze Arana (1920-2000). Poeta, narradora y escritora para niños, Beatriz Shulze Arana fue una de las fundadoras del movimiento potosino Gesta Bárbara II, creado en 1944. Es autora de los libros: “Lejanías” (1945), “Surcos de luz” (1947), “En el telar de las horas” (1948) , “En el dintel de la noche” (1951) y “Desvelo de lámpara” (1958). “La poesía de Schulze Arana es de tono suave y mucha carga espiritual. Cautiva del ensueño, está hecha con imágenes de tal levedad, que parecen perderse con las nubes al soplo del viento”, definió Carlos Castañón.
Elsa Dorado de Revilla (1931). Titulada como secretaria en su natal ciudad de Oruro, trabajó en la Corporación Minera de Bolivia. Es autora de los poemarios “Filón de ensueño” (1973) y “La libertadora Juana Azurduy de Padilla” y del libro de cuentos “Las bacterias no hacen huelga” (1994). Tiene cuatro obras inéditas que esperan publicación y activa fundadora de clubes del libro.