12 trabajadores del Zoológico Vesty Pakos de Mallasa se ocupan a diario del aseo y de la alimentación de los animales. Jugar con los osos, ser mordido por una serpiente o encontrarse frente a frente con un jaguar, todo es posible en una jornada de este emocionante trabajo.
Texto: Miguel Vargas S. Fotos: Pedro Laguna
Más que miedo, sintió dolor. Cristian Cuba Valera, con 21 años, tenía los colmillos de una boa enterrados en una de sus manos mientras el reptil se le enroscaba en el otro brazo. ´Estaba alimentándola. Metí un conejo en su jaula y levanté a la serpiente. Creo que ella sintió el olor del animal porque volteó su cabeza fuerte, como si se le hubiera roto el cuello. Entonces me mordió´. Cada que Cristian se movía, la boa hincaba más los dientes. Por suerte estaba cerca la veterinaria, quien metió una pinza en la boca del reptil hasta que soltó al adolorido guardafauna. Le siguieron las vacunas y curaciones de rigor. ´Ahora veo a la boa con un poquito de temor. Pero ya pasó´, cuenta mientras deposita, como cada 15 días, un conejo en la jaula.
Con Cristian son 12 los guardafaunas que trabajan en el zoológico Vesty Pakos de Mallasa, en La Paz. Su principal función es limpiar los lugares donde viven los 515 individuos de 76 especies, ayudar a que hagan ejercicio, transportarlos, manipularlos y darles alimentos. En ese trajín, la aventura está a la orden del día.
Cristian trabaja hace tres años en el Zoo de 22,4 hectáreas de área y, como todos los días, ingresa a la jaula de los tejones. De 9.00 a 10.00 hace la limpieza mientras de 10.00 a 11.00 da comida a las bestias. En el recinto lo esperan Faraón, Gordo, Billy y Absceso. Al lado, impaciente está el melero, a quien luego se amamanta con un huevo crudo.
´Hay jaulas y jaulas. En algunas puedes limpiar con el animal ahí mismo, pero otros que tienen que ser encerrados sí o sí´, explica Cuba, quien lleva barbijo, guantes de látex y cuero, además de botas con puntas metálicas, ´por si acaso´.
Al día alimenta a 25 ejemplares de diferentes especies. Entre ellos, prefiere al mapache. ´Es bien tiernito, se llama Luigui. Recibe la comida tranquilo y se deja acariciar´.
En cambio, el Gordo, el tejón, es ´bien gruñis y enojón´. Igual se ocupa de que todos hagan ejercicio, por lo que esconde los huevos cocidos para que los tejones desarrollen sus habilidades. ´Me gusta mi trabajo´, refuerza Cuba mientras alimenta a la boa que le hizo sentir más que miedo, dolor.
La mimada de cuarentena Se lanzó como arquero. Una zorra se había escapado del zoo trepando por la baranda y se había salido a la calle. ´Me escondí detrás de un árbol y esperé a que venga hacia mí. Entonces me he lanzado. Me mordió, pero la atrapé´, cuenta Francisco Quispe Mamani (28), el responsable del área tres, donde está el hospital veterinario y cuarentena. ´Vienen animales enfermos o que han sido lastimados por otros. Aquí los protegemos´.
En cuarentena pasa de todo. Si bien le tiene miedo al melero Ricky desde que lo mordió, Francisco ahora disfruta mimando a Luna, la jucumari que cada día visita al oso Ricky para tratar de adaptarse a él. ´La osita es muy linda, es muy tierno trabajar con este animalito´, dice Quispe mientras juega.
´El oso debe ser tu amigo´, creen sus amigos. Rufina Calisaya Vargas (29) es la única mujer guardafauna del Vesty Pakos y lidia no sólo con las bromas de sus compañeros, sino con que ´la gente piensa que como trabajo en el zoo, todos los animales son mis amigos. No es así. Aquí hay animales silvestres, no son mascotas´, reclama la responsable del Área Andina, la zona más tranquila, que tiene ovejas, llamas y cabras. Rufina no teme percances. ´Si cierro todos los días la puerta, no pasa nada´, concluye.
El Área Andina tampoco es una taza de leche. Ahora, el veterinario Camilo Sánchez Arancibia (29) está desparasitando animales en el área de manejo con una inyección subcutánea. Los guardafaunas se ocupan, por ejemplo, de inmovilizar a las llamas agarrándolas de las orejas y haciéndolas echar. Luego Sánchez aplica el inyectable.
Una de las pacientes de hoy es una burra que se salvó de ser comida de leones cuando se descubrió que estaba preñada. Ahora ha tenido a su cría y los trabajadores, bromistas, la bautizaron como Camila, en honor al veterinario.
Camilo Sánchez es responsable de la salud de los 264 mamíferos del zoo. ´Los guardafaunas son mis brazos, porque ellos están más en contacto con los animales y me dan información sobre su estado. Es muy difícil hallar personas que sepan manejar animales, sobre todo con los silvestres, pues hay que tener temperamento y calma´.
Eso queda claro cuando hay que trasladar a un jaguar a cuarentena. ´Uno de ellos tuvo una especie de calambre muscular por el frío y no se podía mover. Tuvimos que sedarlo y llevarlo al hospital´. Para ello primero se debe separar al enfermo del grupo. Los guardafaunas rodean la fosa por delante y empiezan a gritar a los felinos —que si bien son agresivos, tienen miedo de los sonidos fuertes—, de tal forma que éstos se repliegan a su madriguera y allí se los encierra. Entonces se seda al animal con un arma de dardos tranquilizantes y se lo puede atender con calma.
´Cada día es una aventura, es estar en un safari sin alejarse de casa´, expresa Camilo, quien tiene una clave frente a la fosa de los jaguares. ´Siempre que uno entra tiene que estar con miedo. La adrenalina tiene que estar a flor de piel para reaccionar bien´.
En la fosa de los jaguares Ingresar es un ritual. Cada día, Franz Chávez Quispe (27) se llena las botas de cal para evitar enfermedades y toma un palo de precaución antes de repartir los pedazos de carne cruda a los jaguares por debajo de la reja. La limpieza de la fosa se hace cada mes. Para ello se encierra a los felinos en su respectivas madrigueras.
A los grandes gatos, mucho respeto. ´Una vez un compañero mío ha sido atacado. Estábamos fuera de la fosa y un jaguar que se había escapado le saltó encima. Fui corriendo y le grité al animal, que por suerte estaba al lado de la madriguera. Entonces se ha entrado´.
Queda claro que los jaguares no son los favoritos de Chávez, pero no por ser peligrosos, sino por otra razón imperiosa. ´Es que realmente yo los quiero a todos´, confiesa la sonrisa del guardafauna.