Reciclando partes en desuso, desde su niñez Yuri Durán devuelve a la vida las armas de porte civil que se utilizan en la población yungueña.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
A Grispín lo mataron a tiros, le abrieron el estómago, le introdujeron piedras en las entrañas, le costuraron el corte y lo lanzaron a las corrientes del río. Los labios de Yuri Melnik Durán parecen dos olas agitadas mientras revive el asesinato de su abuelo, perpetrado hace décadas por terratenientes españoles en la población paceña de Caranavi.
Fue este penoso episodio el que empujó entonces a la familia Durán al mundo de las armas, quizás impulsados por el miedo y la búsqueda de seguridad. Pronto su habilidad para refaccionar rifles y escopetas se esparció por toda la provincia Nor Yungas, mientras el pequeño Yuri comenzaba a empaparse de aquellos secretos que se respiran dentro de una armería.
“Aprendí desde muy pequeño con mis tíos a arreglar las armas, a fabricarles piezas y volverlas a la vida”, explica el dueño de la armería El ojo del tigre, ubicada a la salida de la población de Caranavi, en la vía que se conecta con Guanay.
Orgulloso, Durán muestra al visitante su permiso municipal de operación, documento que lo convierte en el único negocio legal de este tipo de las 11 armerías que ofertan sus servicios en el lugar.
“En estas zonas tropicales es vital para los productores agrícolas el contar con un rifle o escopeta. Su chacra y su vida siempre están amenazadas por los animales salvajes. Además, los más pobres están obligados a cazar a diario su alimento en el monte”, justifica.
Los daños más frecuentes en las armas son debido al maltrato del sol y a las altas temperaturas, elementos que dañan desde las agujas de percusión hasta los resortes del gatillo. Para su refacción, Durán ha creado herramientas artesanales con partes en desuso de los armamentos. Así, por ejemplo, a partir de un porta-bayoneta inventó un eficiente “brocador” que le ayuda a dar forma a las culatas de madera que él construye.
Para la adaptación de rústicos gatillos y manivelas, mientras tanto, Durán trabaja con acero importado. “Los repuestos para las piezas son bien caros, por eso debemos diseñarlos nosotros”, explica Yuri, quien tardó seis meses en la reconstrucción de una escopeta que fue totalmente desarmada por su inexperto dueño.
En promedio, cada arreglo en El ojo del tigre tiene un costo de 60 bolivianos, aunque ese monto suele aumentar cuando el trabajo requiere de adaptaciones.
“Un hombre vino con su escopeta de doble cañón y me pidió que se la parta en dos para así tener otra arma”, relata Yuri Durán, cuyo sueño es el desarrollar en la población de Caranavi una pequeña fábrica de escopetas y rifles.
“Sería la primera del país y llevaría el sello de mi familia”, exclama emocionado, mientras imagina el nombre de Grispín Durán codeándose en los stands de las grandes armerías con los fusiles estadounidenses Winchester y las escopetas alemanas Krupp.