La cohesión política y social no se consigue por la fuerza explícita en el presidencialismo o por la radicalidad de la oposición. Aun cuando el cúmulo de reflexiones políticas se debaten sobre la coyuntura, no deja de ser interesante, en el caso de una sucesión temprana o tardía, constitucional o no, analizar el estado actual de los partidos y liderazgos que, eventualmente, podrían constituirse en promesas de cohesión política y social; que son finalmente las verdaderas necesidades de la ciudadanía boliviana si hablamos de política y economía esta vez ya en serio.
Prefiero, por lo aparentemente ultra conservador del primer párrafo, tomarme de este segundo las siguientes cortas pero puntuales líneas para manifestar claramente que la revolución en Bolivia es deseable y necesaria. No obstante revolucionario, no me refiero —ni adscribo— a cualquier tipo de revolución sino a la que se oriente a promover el desarrollo de manera factible y más equitativa, tomando en cuenta, por encima de todo, la consideración de igualdad intrínseca entre los individuos como rasgo funcional de la democracia liberal; que poco o nada tiene que ver con el aplastamiento de las clases sociales privilegiadas o con el manoseo en la promoción de las identidades que caracterizan a los seres humanos. Asimismo, y por lo antigubernamental que pueda significar plantearse la pregunta que inspira el presente artículo, cabe informar al lector, que la intención de la pregunta parte de un deseo de análisis consecuente con el escenario de confrontación que se vive, cuando no por un mal intencionado o radicalizado deseo de sucesión presidencial propiamente dicho. No reparo en esta aclaración dado que respeto a quienes valoran el debate, aún cuando y al final de todo, el que quiera lo entenderá y el que no lo manipulará, ya es sabido.
Entre los grandes retos, latinoamericano en general y boliviano en particular, se encuentra la necesidad de conseguir cohesión política y social. Las falacias sobre el tema son muchas. Algunos consideran —haciendo analogía con el populismo— que la cohesión política implica que las minorías estén de acuerdo con las ideas de la mayoría o se sometan a las que ésta plantea, asignando virtudes descomunales a sus criterios que, por lo general, son artificiales, alentados por caudillos que, además de considerarse insustituibles, retocan con sentimientos su retórica. Igualmente sucede con la cohesión social. Los ricos en este caso, son quienes tienen que probar lo que significa ser menos rico e inclusive más pobre que los pobres para que, según los propulsores de esta distorsionada manera de entender la cohesión, la alcancemos juntos, por justicia y de manera generalizada. Desde luego, la palabrería populista cómodamente puede falsear la verdad.
A todo esto, ¿qué es la cohesión política y social? Concretamente, son rasgos cualitativos y cuantitativos que implican la moderación en la política y la equidad en la economía. Se consiguen con liderazgo, políticas públicas para el desarrollo y modernizaciones virtuosas, no se consiguen por la fuerza explícita en el presidencialismo o por la radicalidad de la oposición. Lamentable pero científico, se constituyen con fórmulas técnicas, dinámicas, complejas y flexibles que buscan resultados de mejora en la calidad de vida. Por no ser exactas, no siempre encuentran los resultados deseados, aunque cada día se avanza, en otros países, con las nuevas tecnologías que se ponen a su disposición. Las podríamos constitucionalizar sí, con el riesgo de hipotecar todas sus cualidades en el texto muerto. Exigen por lo tanto, liderazgo de género democrático para la moderación e ingeniería para luchar contra la desigualdad, aspectos todavía más importantes que la brillantez de las ideas. Así pues, en realidad, es como desde las buenas artes se entiende a la cohesión política y social, su proceso y sus resultados.
Qué factores consiguen todo lo contrario —apuntar— fragmentación o radicalismo en la política y estancamiento de la economía para el desarrollo. Entre los muchos por debatir propongo el siguiente quinteto. Primero, la promoción beligerante de la identidad acompañada de la consideración intrínseca de superioridad étnica, que proviene de una poca inclusiva forma de ver la democracia desde el cosmos a la hora de gobernar. Segundo, la simplificación maniquea y autoritaria que opera al definirse por democrático nada más que la voluntad de la mayoría. No habría que despreciar, de entrada, el conocimiento y la capacidad con la que pueden contribuir al desarrollo los empresarios no corruptos o los líderes no beligerantes que, aunque aguja en un pajar, saben cómo escapar de la pobreza y concertar políticas, algo todavía más importante que los impuestos o retórica pacifista que nos podrían aportar. Tercero, la falta de efectividad y de penetración de la legalidad, incluida la eficiencia y agilidad de la administración en todo el territorio nacional. Cuarto, la sobrada incompetencia con la que se despilfarran las oportunidades de sacarle partido a la globalización, tanto desde la derecha como desde la izquierda. Finalmente, o quinto, la contaminación de los anteriores factores en el manejo de la economía sumado el apático desinterés de promover el desarrollo nacional por la vía privada e individual de los emprendedores bolivianos.
Ahora, y desde esta propuesta de análisis, cabría preguntarse e indagar si efectivamente contamos los bolivianos con un liderazgo que esté a la altura de afrontar y resolver los desafíos que plantea la fragmentación política y social. Las ecuaciones de identidad, legalidad, gobierno y desarrollo no parecen ser tan simples como para llegar a soluciones leyéndose a Marx o a Smith, tomando un café o pijchando coca. Menos aún si partimos de presuponer, abusivamente, que por elegir un simple refrigerio distinto se es un condenado que no busca moderación ni equidad. ¿Habrá alguno a nominar?
*William Kushner D. M.A. Gobierno y Administración Pública.
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