Se ha repetido infinidad de veces que la Asamblea Constituyente generó muchas esperanzas entre no pocos bolivianos que consideraban necesaria una reforma constitucional a fondo, supuesto que la actualmente vigente, necesita, a todas luces, unos cambios adaptados a los tiempos que han cambiado desde su promulgación. Se repitió también que estas esperanzas se frustraron a medida de que la Asamblea demostraba ser incapaz de encarar un objetivo tan ambicioso y cuestionable como era la necesidad de ´refundar´ la República. Después de la aprobación ´en grande´, es decir, del simple índice temático de un texto de Constitución elaborado por el MAS, en una sesión de mano alzada en el Liceo Militar de Sucre, con la ausencia de los representantes de la oposición y en medio de una grave revuelta popular, aumentan las dudas de que la Asamblea pueda cumplir con sus objetivos a cabalidad. Es más, la Constituyente está en el limbo: no sabe ni dónde va a continuar sus debates. Todo lo cual redunda en la desilusión y la desesperanza que aumenta la intranquilidad en que vive el país.
Los sucesos luctuosos ocurridos en Sucre la pasada semana, así como la actitud beligerante del Gobierno central y de los departamentos autonomistas, agravan la polarización. A lo dicho se suma la previsión de que el Gobierno pretenda imponer a trompicotes una Constitución que no ha sido ni suficientemente madurada ni consensuada y que, si llega a someterse al referéndum nacional, provoque un ´no´ de la mayoría ciudadana. Total, un fracaso político y un enorme desgaste del Gobierno, que podría conducir a enfrentamientos —Dios nos libre— aún más graves de los ya sufridos.
Y dada la estrecha relación —por no decir intervencionismo— de Hugo Chávez en la política boliviana, la derrota a su proyecto de reforma constitucional que éste último acaba se sufrir, aunque por una mínima diferencia, ha de repercutir en nuestro país. Por de pronto ha sido un golpe al populismo que ha venido ganando terreno en Latinoamérica en los últimos años. Y debería ser también un motivo de reflexión sobre las causas de la floración de los caudillos demagogos, así como la oportunidad de prevenir los métodos antidemocráticos empleados por estos caciques del siglo XXI, que han demostrado más propensión a la oratoria grandilocuente y agresiva, aunque superficial, más que al arte de gestionar la gobernación ordenada y racional de unos países con graves problemas irresueltos. Y ya que hemos citado a Chávez, no olvidemos que, pese a que perdió el referéndum por una mínima diferencia, y por mucho que haya declarado su disciplinada conformidad con los resultados de las urnas, no hay que fiarse de un militar con un historial golpista que podría rebrotar al calor de la revancha. Por el momento, le falló su intención de imponer el llamado socialismo del siglo XXI y de gobernar hasta el 2050 o ´hasta que le dé el cuerpo´. Aunque yo diría que ´la era Chávez´ no ha terminado. Todavía le quedan muchos cartuchos guardados en su canana. Aunque por ahí asoma un posible candidato de la oposición, todavía acéfala. El líder de la oposición y gobernador de Zulía, Manuel Rosales o el ex chavista y ahora su opositor, el general en retiro, Raúl Baduel.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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¿Y si se callaran todos?
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