Y la letra (del índice) entró con sangre. Al Gobierno le ha tomado menos de dos años poner a Bolivia en tránsito de la ´d´ a la ´h´; de la democracia a la hemocracia. ¿Qué ha sucedido?, ¿queda todavía tiempo para revertir este camino?
Cuando pienso en ello me asalta la imagen de ese cuento picante que narrado oralmente —mímica explícita incluida, lo que contribuye a su éxito traducido en risotadas— llega a sorprender por su procacidad, lo que no me impide, dosificando la grosería por cierto, relacionarlo con el comportamiento del oficialismo.
Sucede que dos exploradores son tomados prisioneros por miembros de una tribu y llevados ante el jefe de la misma, quien, intérprete mediante, les pone ante la disyuntiva de ser o sodomizado o lanzado al río y ser devorado por las pirañas. El primero decide salvar su vida y someterse a la terrible humillación, luego de la cual es puesto en libertad. El otro, que ha presenciado el abuso, opta por salvar su honra eligiendo lo segundo. En eso, el jefe de la tribu decreta que ya que el desdichado ha escogido morir, de todas maneras sea penetrado.
Pongo énfasis en de todas maneras porque ante la alternativa que el país les dio para cambiarlo, los grupos insurgentes agrupados en el MAS optaron por la vía democrática para llegar al poder y también, así lo creímos, para conducir el Estado. Pero, para desazón de muchos, la corriente más extremista del aparato gubernamental determinó que de todas maneras había que provocar violencia, seguramente porque el manual del buen revolucionario no admite un cambio pacífico, democrático. La imposición, el revanchismo, el maniqueísmo discursivo, la propaganda insi-
diosa, la movilización amenazadora son, entre otros, elementos de la violencia sistemática que puso en práctica el oficialismo: meter en un cuartel a sus asambleístas para la aprobación furtiva de un índice mientras en las afueras morían compatriotas, y luego hacer que huyan como vulgares delincuentes es de una monumental chapucería.
No todos en el Gobierno piensan que ese sea el camino; incluso comenzaron a marcharse. Un viceministro que por la familiaridad con la que se refería a quienes mencionaba parece conocerlos bien —voy a cometer una infidencia— me decía, en enero, a propósito de los acontecimientos de Cochabamba, que ´El Álvaro (García Linera) y el Wálter (Chávez) se deben estar frotando las manos de satisfacción´, lo que parece refrendarse cuando Félix Patzi anota en su última columna (La Razón, 3 de diciembre): ´En la historia humana se ha visto que ningún cambio de sistema ha sido llevado a cabo por vía pacífica´, de lo que resulta que su adscripción al sistema democrático había sido meramente instrumental. Exactamente lo contrario de lo que el Defensor del Pueblo ha estado invocando estos días: no hay violencia que valga la pena.
De todas maneras, creo que todavía hay una oportunidad para ir de la ´h´ a la ´d´; evitar la hemocracia y retornar a la democracia.
*Puka Reyesvilla es docente universitario.
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