La definición más ecléctica que he escuchado del “socialismo” es la de que éste representa: “la expresión política de la ira de los desheredados”. Demuestra ser, sin embargo, una visión del mundo bastante más altruista que eso. Mi bisabuelo, por ejemplo, profesor de Filología de la Universidad de Heidelberg, procedente de una familia de militares y barones del acero —y no un desheredado— fue uno de los primeros socialistas. En 1849 tuvo que huir a Suiza para escapar a una sentencia de muerte luego del fracaso de la revolución de 1848, que hizo temblar a las monarquías europeas por unos cortos meses. En el socialismo hay por lo tanto, reivindicación, pero al mismo tiempo un profundo idealismo por la equidad.
El derrumbe del núcleo del mundo comunista, patentizado por la caída del Muro de Berlín en 1989, mostró las fragilidades ambientales y económicas del esquema clásico. Dentro de la pureza marxista-leninista, el modelo no fue capaz de sobrevivir al intercambio con una globalidad marcada por el capitalismo. Éste es un hecho evidente y ya histórico.
Cabe entonces preguntarse: ¿Dónde sobreviven o funcionan esquemas socialistas con éxito? Me atrevería a decir que en dos mundos aparentemente opuestos. Por un lado, como fruto de toda la agitación social en Europa a partir de la Revolución Francesa, están claramente consolidadas fuerzas políticas de corte socialista como el PSOE en España, o los partidos escandinavos, que gobiernan buscando la mayor equidad posible para la clase trabajadora o dependiente; tratan de centralizar en el Estado la gestión de los servicios públicos, amplias libertades, autonomías y un fuerte estímulo a la empresa privada que provee los salarios y los impuestos para todos. Ya maduros, su fortaleza reside en la equidad. Dinamarca es la nación más equitativa del planeta. Su debilidad, tener que financiar un “estado de bienestar general” que cuesta más de lo que recauda. Es el camino por el que va exitosamente Brasil y el que empobreció al Uruguay, cuando el costo del bienestar equitativo agotó definitivamente a un país con recursos insuficientes.
La otra vertiente es la de regímenes dictatoriales en países homogéneos, como Corea del Norte, Cuba, Myanmar o Zimbawe. Se aíslan y un equipo de gobierno asume permanentemente el control de todos los medios de producción para distribuir sus beneficios por iguales partes entre sus partidarios. La empresa privada y hasta la famiempresa desaparecen y la productividad del trabajo estatal demuestra ser mínima. Ninguno ha logrado salir del subdesarrollo, ni sus indicadores muestran que puedan lograrlo. Si el proceso de Bolivia hacia el socialismo nacionalista se consolida después del referéndum… ¿Tomará las decisiones coherentes para un estado de bienestar pluralista, gracias a la riqueza de sus recursos?
Jorge Zapp es consultor internacional.
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