Durante el gobierno de la Unidad Democrática y Popular (UDP), mi pobre tía Luz del Castillo recogió tan sólo 40 de los 40 mil dólares que su difunto esposo, el tío Lucho, le había dejado antes de su fallecimiento, luego de toda una vida de arduo trabajo. Y, todo esto, gracias a las políticas gubernamentales de ´desdolarización´, implantadas por el gobierno socialista de ese entonces y la hiperinflación de los años de 1980.
Se estima que, al igual que la pobre tía Luz, los ahorristas del sistema bancario boliviano perdieron más de 500 millones de dólares, al desdolarizarse sus ahorros (por apreciación y prohibición del uso del dólar) al tipo de cambio de 196 pesos bolivianos por dólar de los EEUU; al igual que la banca privada y el Banco del Estado, que perdieron 340,5 y 179 millones de dólares, respectivamente, al desdolarizarse sus acreencias financiadas con líneas de crédito de la banca privada internacional.
Sin prestar atención a estos tristes episodios sucedidos hace más de 25 años, un alto funcionario del Banco Central de Bolivia (BCB), muy suelto de cuerpo, anunció que esa institución estaba en condiciones de apreciar el boliviano al tipo de cambio de seis bolivianos por dólar o, inclusive, de cinco por dólar, para restablecer su verdadera paridad cambiaria. Todo esto, corroborado por las varias declaraciones realizadas por otros funcionarios de esa institución, que permanentemente argumentan la necesidad de apreciar el boliviano, con el fin de detener la inflación.
Lamentablemente, la política de apreciación anunciada e implantada por el BCB, ´técnicamente´, no es otra cosa que una nueva ´desdolarización´ en la que, al igual que en los años de 1980, el ´paganini´ es el ingenuo ahorrista boliviano, que depositó sus recursos en dólares norteamericanos, confiado en la fe del Estado, y que ahora tiene que sufrir las apreciaciones de la moneda local, para pagar por la inflación.
Si bien es cierto que el boliviano ´técnicamente´ debería apreciarse respecto al dólar norteamericano, debido a que los altos precios internacionales han incrementado significativamente el valor de las exportaciones y, por ende, las reservas del BCB, el caso de Bolivia es un tanto sui generis, por las siguientes razones: Primero, a diferencia de los países latinoamericanos que en esta coyuntura han incrementado el volumen de sus exportaciones, en el caso de Bolivia, ésta sólo lo ha hecho en términos de valor; es decir que Bolivia, a pesar de la maravillosa subida de los precios, no ha podido exportar más al extranjero.
Segundo, a diferencia de los países latinoamericanos que han apreciado su moneda, en el caso de Bolivia, la incompetitividad de su economía (por razones de mediterraneidad y otras estructurales), requiere de una moneda fuertemente depreciada que le permita compensar por dicha falta de competitividad. Entre otras cosas, éstas fueron algunas de las razones que llevaron a la República Popular China, a India y, últimamente, a Argentina a tomar este tipo de determinaciones, con el fin de incrementar significativamente sus exportaciones.
Por último, a diferencia de los otros países latinoamericanos que han apreciado su moneda, Bolivia tiene la mayor parte de los ahorros de sus ciudadanos en dólares norteamericanos y no en moneda local. Por lo tanto, si el BCB toma la decisión de atacar la inflación apreciando el tipo de cambio, el ahorrista será el que termine pagando por el costo de la inflación. Se estima que este costo asciende a más de 400 millones de dólares por cada boliviano que se aprecia en la economía; es decir, un costo demasiado alto para pagar por los errores de una administración gubernamental; cuando lo que, en realidad, debe hacerse es contraer aún más el crédito interno neto no sólo al Tesoro General de la Nación (TGN), sino a todo el sector público no financiero (SPNF).
Por lo tanto, técnicamente, no cabe duda que estamos ante una típica figura de desdolarización, implantada por los gobiernos de corte socialista. Sin embargo, a diferencia de la desdolarización de los 80, que se hizo con el propósito de tratar de solucionar la falta de reservas internacionales, prohibiendo además el uso del dólar, la actual desdolarización se la hace con el propósito de esterilizar la presión inflacionaria, originada por el exceso de las mismas. Lamentablemente, en ambos casos, el gran perdedor es el pobre ahorrista boliviano.
Sinceramente, creo que ha llegado el momento de reflexionar sobre las consecuencias que originan la aplicación de estas políticas económicas.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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