S i aún nos queda un ápice de serenidad y de sentido de sobrevivencia, no debiera ser imposible comprender que el camino que hemos emprendido es suicida. Utilizo el término intencionalmente. ´Nos´, es todos nosotros, el conjunto de esta comunidad nacional que se cobija bajo la bandera y el escudo que nos identifica como bolivianos.
Empecemos por entender que nuestra primera y desesperada necesidad es recomponer nuestra relación como compatriotas, que compartimos un espacio y un destino común y que lo hacemos voluntariamente. Entender que compartir y construir ese destino quiere decir por encima de todo sentir la idea de hermandad (´Frate´), porque hay algo íntimo que nos une, algo que compartimos desde hace mucho tiempo, con raíces comunes, sangres y culturas comunes, aún en la diferencia.
La primera interpelación debe ser a nosotros mismos. La interpelación de aceptar que el otro existe, que el otro (diferente) es igual que yo, que yo soy también el otro, que su forma y su fondo, su alma y su piel merecen mi respeto, merecen ser descubiertos y aprendidos (aprehendidos) por mí, que puede pensar y hablar y amar distinto y que yo puedo aprender de ese pensar, hablar y amar distintos. Extirpar mis prejuicios, mi racismo, mis complejos, mis rencores, mis cuentas pendientes, mis odios, la carga de ´culpas´ de un pasado y unos antepasados que no son nosotros, ni son yo, extirparlos frente al otro y con el otro. Esa es la primera interpelación, inexcusable. Sin ese proceso será imposible unir de nuevo este recipiente roto en el que hoy se ha convertido la nación.
La segunda interpelación es al Presidente y su gobierno. Mandatarios de la voluntad popular, no dueños de la voluntad popular, instrumentos y gestores del cambio, no encarnación del cambio. Evo Morales debe cambiar su discurso en lo íntimo, no a través de un referéndum revocatorio, sino a través de una revocatoria de un estilo de confrontación que profundiza heridas en un país herido, que profundiza incertidumbre en un país que se siente a la deriva desde hace casi una década. Esta Bolivia no es la de 1952 y el Presidente debe aprender a vivir en ella. Es una Bolivia irreversible de autonomías y de poder compartido, es una Bolivia de cultura mestiza en la que el reconocimiento de la interculturalidad no es la creación artificiosa de naciones que son sólo una superestructura conceptual. Esta nación en la que se entremezclan el brazo indígena y el brazo occidental que nos enriquecen, es la que debe retratar nuestra Constitución. El Presidente debe saber que no puede obligarnos a que nos cortemos uno de los brazos, porque dejaríamos de ser lo que somos. Eso obliga al Gobierno a terminar su imposible proyecto de una hegemonía en el contexto de la Asamblea Constituyente. Lo que se hizo se hizo mal y es bueno reconocerlo. Reconocer el error y dar un paso atrás para avanzar no es signo de debilidad, sino de grandeza. El Gobierno está obligado a salvar la Asamblea y construir el nuevo pacto social. No lo hará sobre el germen ensangrentado de La Glorieta y menos en el escenario geográfico de donde salió Evo, porque eso demostraría algo terrible, que el Estado ha perdido de tal modo el control de la situación, que no puede garantizar la reunión de la Asamblea en ningún otro lugar que no sea la casa del Presidente.
La tercera interpelación es a la oposición. El juego no es destruir al Gobierno y tumbar a Evo. El juego es ganar la batalla democrática con ideas y con propuestas. Es legítimo defender las autonomías y es legítimo defender el IDH (mal concebido en una ley de hidrocarburos que hoy muestra el porqué de nuestras reservas a promulgarla), pero no a partir de un proyecto desestabilizador y bloqueador de cualquier iniciativa de cambio. Si la autonomía es revolucionaria, la preservación del viejo orden y de las prebendas para unos pocos y la recomposición de una estructura democrática pura y exclusivamente representativa en un país de la dinámica del nuestro y en el que la afirmación del brazo indígena nos obliga a repensar muchas cosas, es un intento fallido e imposible. Hay un antes y un después de octubre del 2003 y un antes y un después de enero del 2006. La oposición debe contribuir a salvar la Asamblea, no a matarla, no esta Asamblea errática y capturada, sino la Asamblea por la que votamos todos los bolivianos. No un referéndum revocatorio, sino la revocatoria de una mentalidad anclada en un siglo que ya terminó y que no volverá.
Interpelación a todos. Cuando el cáncer nos ataca, sólo un estado de espíritu nuevo nos permitirá salvarnos. Más que las medicinas es la voluntad del paciente la que derrota la enfermedad. No podemos darnos el lujo de decir en la mesa una cosa y hacer debajo de ella otra muy distinta, no podemos darnos el lujo de transferir nuestros defectos e insuficiencias a terceros, no podemos darnos el lujo de inventarnos fantasmas para justificar nuestros abusos e inventar enemigos para justificar nuestra violencia. No podemos, en suma, seguir como enajenados corriendo hacia una meta que no es otra que el incendio de esta entrañable morada, el abismo de la historia.
Los profundos problemas del país no se resuelven con jugadas tácticas, sino con actitudes estratégicas. Necesitamos lavarnos el alma que está muy manchada y muy herida. Nuestros gobernantes, nacionales y regionales, necesitan entender que ésta no es una guerra, sino una construcción. No el teatro de una batalla, sino el terreno donde están los cimientos del edificio que debemos construir todos. No es tan difícil como parece, basta con entender que si hubo un Lenin hubo un Gandhi, que si hubo un Stalin hubo un Mandela, que si hubo un Hitler hubo un Luther King.
No le escurramos el bulto al desafío. Nos toca a todos, sin excepción alguna.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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