Por dos semanas, el evento anual de Basilea, al norte del país alpino, ofrece un sinfín de artesanías, manjares y diversión a orillas del río Rin.
Texto: Alejandra Fajardo Navarro • Fotos: Ruei Yang
12 campanadas de la Iglesia de San Martín anuncian el inicio de una de las ferias más importantes del continente europeo. Se trata de Herbstmesse, el evento anual de otoño en Basilea, ciudad al noreste de Suiza y a orillas del río Rin.
El sacristán de la iglesia es protagonista de un acto que destaca la tradición de más de 500 años. El acólito muestra un guante negro a los creyentes, lo calza cuidadosamente e inicia con fuerza las resonantes campanadas que anuncian que Herbstmesse se abre y se instalará en Basilea por dos semanas.
Herbstmesse se apropia por completo de esta ciudad fronteriza a menos de una hora de Alemania y Francia. Dividida por el Rin en lo que fue durante la edad media la Gran Basilea, ocupada por familias adineradas, y la Pequeña Basilea, de gente pobre, se articula en un circuito de siete plazas con espacios para toda la familia.
Una serie de puestos de madera, simulando los chalets tradicionales de los alpes suizos, son la característica de la plaza principal de la feria, Petersplatz. Allí se hallan artesanías hechas de materiales como cerámica, cuero, madera, lana, vidrio y papel entre otros.
En 1471, la primera Herbstmesse se instaló en la ciudad, invitando a la población de Basilea y de lugares vecinos a contar con artículos de bajo costo de toda Europa. Hoy, la calidad y valoración de los productos artesanales en Suiza han hecho que su precio sea menos accesible. La creatividad, el tiempo que toma realizar el trabajo y el material son factores que derivan en un gasto especial hasta para bolsillos suizos. Un sombrero trabajado en tela y encaje reciclados llega a costar más de 100 francos suizos, unos 500 bolivianos.
Häfelimärt, el mercado de vajillas, es una parte tradicional de la feria. Allí se vende cerámica de diferentes diseños y colores. Se creó para gente que no podía comprar una vajilla completa, ofreciendo piezas sueltas o con alguna falla.
La tradición cuenta que muchas familias de Basilea llevaban dos o tres piezas de sus vajillas para intercambiarlas por otras nuevas en la feria. Hoy se mantiene la costumbre ofreciendo desde una pieza hasta juegos completos con tradicionales figuras de los alpes.
Abrigo, comida y gritos
Las bajas temperaturas llegan casi simultáneamente con la feria y se agudizan en invierno. Además de chalinas, gorros, guantes y abrigos, es importante prevenir que no quede ni un solo espacio del cuerpo expuesto a los grados bajo cero que vienen. Por ello, un producto tradicional es el Amedisli, una manga que protege las muñecas.
Las artesanías de países europeos como Suecia, Holanda, Alemania y Francia se encuentran en la feria junto a las de países de otros continentes. Piedras energéticas como el cuarzo o la amatista, ropa, pañuelos, carteras o instrumentos musicales de Taiwan, India y Kenia, junto a tejidos de alpaca de Perú y Bolivia, se pueden comprar también en Herbstmesse.
El sistema de transporte suizo, con trenes en las regiones y tranvías en las ciudades, prevé ofertas especiales para visitar Herbstmesse con abonos para familias, grupos de amigos y estudiantes.
Pero muchas de las expectativas hacia la feria tienen que ver con las especialidades culinarias. Cada plaza del circuito guarda un espacio para los stands de comida.
Con el cambio de estación también cambia el menú para ganar calorías y combatir el invierno. La cocina suiza no tiene fuertes condimentos ni picantes y ofrece diferentes preparaciones en base a queso caliente, papas fritas o hervidas, pastas, risotto y salchichas.
Siendo Suiza un país conocido por su chocolate, tiene una diversidad de especialidades dulces en base a este producto y que se comen luego de una cena caliente.
Bajo los seis grados centígrados bajo cero, la feria ha sabido combinar emoción y tradición. Las plazas Hallenmesse, Barfüsserplatz, Claraplatz, Messeplätze, Kaserne, y Münsterplatz son puntos que por dos semanas albergan a cientos de jóvenes y familias que se divierten en los juegos electrónicos.
Los gritos se escuchan desde las 16.00, hora en que los estudiantes salen de clases, gracias a los juegos que hacen frente al vértigo hasta con 60 metros de altura, con vueltas de campana, precipitadas caídas y movimientos que desafían el equilibrio. Mientras, los más pequeños esperan su turno para subir al carrusel de dos pisos.
Música, circo y pulgas
Herbstmesse es también un espacio para que artistas de teatro, músicos y circenses expongan sus trabajos y ganen de dinero. Cada día, desde las 15.00, una campana suena por las calles de la feria. Un muchacho sostiene un cartel que anuncia que falta poco para la próxima función del circo de niños y jóvenes. Cada hora y tres cuartos inicia una nueva función de malabarismos de este grupo que practica en una academia alternativa. Las funciones son gratuitas.
Herbstmesse guarda en su historia la presencia de pintorescos artistas. En 1710 recibió a circenses sin manos ni pies; en 1767, a artistas chinos contorsionistas, y en 1861, a un gigante de 2,28 metros. Hubo osos, lobos y leones.
Este año llegó un circo de pulgas, Foher Circus, proveniente de München, Alemania. Con dos entrenadores, tres pulgas tienen funciones de 20 minutos, una tras otra, mostrando a grandes y niños sus destrezas para arcar goles en una cancha mínima de fútbol y hacer rodar un carrusel de unos dos centímetros de diámetro.
La feria de otoño de Basilea es un encuentro más con la cultura suiza, con orden, puntualidad, creatividad, deliciosa comida y un ambiente de otoño cargado de hojas. Al pasar por los stands de la feria se pueden además escuchar idiomas extranjeros, del español al hindi, dando cuenta del cerca de 20 por ciento de inmigrantes de diferentes partes del mundo que vive en este país y que también ha hecho suya a la Herbstmesse.