Cecilio Machicado atesora los secretos del oficio del modelado del cuero. Los productos asiáticos, sin embargo, aniquilan ese conocimiento.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
Cecilio Machicado Sillerico detesta esta maleta de fabricación china... Su bajo precio, su moderno diseño, sus coquetas rueditas; “bien macana son”, se queja este paceño de 75 años mientras escudriña con total desgano el enclenque maletín asiático que acaba de caer en su taller.
Hace más de una década, las valijas de tela fabricadas en serie al otro lado del globo tomaron por asalto el mercado nacional y asestaron el golpe final al oficio de este artesano que por más de medio siglo dedicó su vida a la fabricación de maletas de cuero de vaca.
Machicado es uno de los últimos talabarteros que atesoran en La Paz los secretos del modelado del cuero animal. Paradójicamente, sin embargo, este anciano sobrevive en la actualidad gracias a la refacción de aquellos productos modernos que encaminaron su talento por las sendas del olvido.
Hoy, sus manos muestran con torpeza los viejos instrumentos que hace años le ayudaron a dibujar sobre el cuero elegantes repujados con la destreza de un cirujano. “Conmigo se irá el último talabartero de esta ciudad”, advierte cabizbajo. Y ese día se acerca vertiginosamente. El nuevo dueño de la añeja casona ubicada en la calle Murillo, que por décadas anidó su taller, ha decidido desalojarlo. “Qué puedo ya hacer a mi edad. Voy a tener que encerrarme en mi casa a morirme de pena”, lamenta.
El reinado del cuero
Desde la prehistoria el ser humano utilizó la epidermis de los animales para proteger su propia piel. Con el pasar de los siglos, investigó métodos más eficientes para preservarla, suavizarla y perfeccionarla de manera que pudiera ser usada por más tiempo y con nuevas utilidades. Las técnicas de curtiembre provienen de culturas antiguas como la árabe, que adobaban el pellejo del animal introduciéndolo por tres días en harina y sal, condimento que también ayudaba a eliminar los pelos.
Cubrecamas, pergaminos y otros objetos de cuero ya eran parte de la cotidianidad. La importancia de este oficio se hizo evidente en la Edad Media, cuando el derecho a curtir, otorgado a los gremios de artesanos, solamente podía ser elevado por los reyes.
Nacía así la talabartería, un oficio especializado en la confección de los aperos de los caballos: monturas, riendas y taloneras, entre otros. En Latinoamérica, en cambio, este término se amplió luego a los artesanos de cualquier artículo de cuero curtido, material sobre los que se comenzaron a elaborar adornos y decoraciones con técnicas como el repujado o el calado.
Cecilio Machicado Sillerico se introdujo a este mundo en su adolescencia. Sampedrino nació en la calle Nicolás Acosta al lado de la famosa plaza de toros Olimpic, donde brillaron destacados toreros en la década de los 40 y 50.
“Había gente al final del ruedo que compraba los cueros de las bestias muertas; yo no sabía para qué”, rememora Machicado, quien años después resolvió el dilema cuando, adolescente, comenzó a trabajar en un taller especializado en maletería que se hallaba en la calle Comercio y que trabajaba con este material. Entonces, todas las valijas y los otros tipos de bolsones eran de cuero o tenían tela sólo como un elemento decorativo.
“Allí apenas he aprendido a hacer correas y polainas para los policías. Esa época los artesanos eran bien valorados; por eso eran medio egoístas, no querían enseñar sus secretos a los demás. Poco a poco he ido aprendiendo, más por interés que por necesidad, la calidad y el uso de las pieles”. Para billeteras y zapatos, el cuero cabretilla; para calzados, la oscaria; para carteras y maletas, la vaqueta natural. Estos últimos objetos se convirtieron en la especialidad de este artesano talabartero, que para dar vida a cada bolso invertía —en los años 50— un día de trabajo y para hacer una elegante valija, hasta tres días.
“Para producir cada maleta era necesario realizar un molde de cartón grueso. Luego se colocaba la pieza de cuero encima y se la pegaba con engrudo; se lo armaba y, finalmente, se costuraban a pulso las partes con hilo de cáñamo y dos agujas de gran tamaño”.
Los diseños de este artesano fueron mejorando gradualmente y pronto tuvo una lista de clientes que incluía a connotados políticos. Esto animó a Machicado a abrir su propia tienda en la calle Potosí —en el centro de la ciudad— donde también eran bien cotizados sus bolsos para pañales de bebé y aquellos elaborados para que los deportistas guarden sus implementos. Para los escolares, entre tanto, la gente buscaba los maletines escolares. Las cigarreras, llaveros, sujetadores de pelo, vasos y pantallas de lámpara, entre tanto, se constituían en el regalo ideal gracias a sus repujados.
“Hasta ahora se mantiene lo que he diseñado. Era de calidad, pues. Ahora el material de primera lo exportan y sólo nos dejan el cuero de segunda. Si queremos comprar un cuerito, unas 20 piezas, sale a 300 bolivianos. Sólo quieren vender por paquete y de un grosor de cuerina”, dice Machicado, mientras acaricia con nostalgia una pieza de cabretilla de aquellos años, que supera el centímetro de espesor.
Talabarteros en extinción
Pasa la mañana en el taller de Cecilio Machicado Sillerico, ubicado en la esquina de la Almirante Grau. Hasta ahora, tan sólo una persona ha ingresado en busca de una cotización para el arreglo de una vetusta cartera de cuero.
“20 pesitos sería, señora. Se lo voy a arreglar bien; con buen cuerito”, seduce el artesano, pero sus palabras no surten el efecto deseado. “Con esa plata me compro otra nueva, pues”, le responde la dama, mientras sale presurosa del local.
Machicado no parece sorprendido. Hace años que la irrupción de maletas y mochilas de bajo costo —de tela y de plástico, de fabricación asiática— han aniquilado su negocio: primero su tienda en la calle Potosí y ahora su taller en San Pedro donde a la semana gana 200 bolivianos, monto por el que, hasta los años 70, él vendía cada maleta.
Tampoco al artesano le parece insólito que la palabra que adorna la entrada de su local, talabartería, esté en la lista de vocablos en castellano en vías de extinción. Así lo asegura la página www.reservadepalabras.org que impulsa a los cibernautas a apadrinar un término en desuso. Actualmente, cuatro de ellos mantienen vivo este término.
Lejos han quedado aquellos 25 de julio, cuando los talabarteros paceños armaban un gran encuentro deportivo para celebrar su amor por su oficio. Allí participaban, entre otros, La Viajerita, Mundo y Olimpic, este último taller de Machicado que junto a otro ubicado en la avenida América intentan mantenerse en pie refaccionando maletas, mochilas y carteras.
“El (decreto) 21060 los ha traído. Han jodido nuestra peguita porque la gente prefiere el precio bajo a la alta calidad”, lamenta este artesano, quien hace más de una década se vio obligado a archivar las herramientas del oficio que por más de 50 años alimentó.
“Para colmo de males, hace dos años, el día de mi cumpleaños, me robaron todos mis equipos. Este oficio está condenado a desaparecer”, sentencia Machicado, mientras con desdén observa la maleta de origen chino que cayó en su taller. “Por lo menos me servirá para estar un día más aquí”.