Hasta las piedras excitan mis lágrimas´, afirmaba el ilustrado español Gaspar Melchor De Jovellanos, al ver como se frustraba su ideal de la revolución feliz, con educación, progreso e industria.
Otro año toca a su fin, millones de latinoamericanos frente a lo consabido: esperanzas y promesas que para el nuevo año, aunque son los mismos deseos de hace décadas.
¿Qué es lo que en verdad ha cambiado?, ¿qué es lo que ha quedado revolucionado en las sociedades? Continúa el desempleo, el subempleo, la negligencia profesional, la emigración, el narcoterrorismo, el racismo, el sexismo, la pobreza, el tráfico de seres humanos, la marginalidad, la corrupción institucionalizada, el peculado con despiadado oportunismo político, el manido discurso en favor de la incierta macroeconómica, el atronador desorden social que confunde y festeja igualdad con anarquía, en fin, los temas de siempre.
Por un lado, constatamos que los líderes postulados como revolucionarios no superan el prevalerte caudillismo de odiosa, de interminable y de errabunda verborragia, digitan astutamente la sensibilidad popular, haciendo revoluciones a fuerza de galvanizaciones, mismas que pronto remiten sus ímpetus hasta punto cero. Y que las pretendidas revoluciones no logran revolucionar lo urgente: la frontera mental de los pueblos, constituida en traumático obstáculo. En consecuencia, los movimientos sociales son utilizados como catapulta hacia el poder estadal para encumbrar grupos obnubilados por el deseo vindicativo.
Por otro lado, podemos admitir sin premura —como lo hacen muchos ilusos— que todo este pandemonio corresponde a la etapa larvaria de cualquier revolución. Lo cierto es que más allá de usar el término revolución como palabra-sortilegio, en lo que va de este decenio, el panorama del continente resulta cada vez más embotado. Oscilando las proclamadas revoluciones entre el maniático disenso y el irreflexivo consenso, lo único que prueba el melodrama es la incapacidad técnica para generar y administrar la economía en contextos que no pueden liberarse de arcaicos y equívocos sociologismos recluidos en lo folklórico.
Por tanto, cabe preguntarnos si la retórica acerca de la tercera vía no es más que un cúmulo de abstrusos argumentos que diagnostican lo sabido de antemano: el fundamentalismo del mercado, y no prospectan, o al menos pronostican mejores horizontes más allá del lamento.
Con el riesgo de recibir el calificativo de peyorativo, debo afirmar que al margen del expolitivo discursillo de las vernáculas sociologías que pueblan las actuales órbitas revolucionarias, y dejando entre paréntesis toda suerte de experimentos posológicos, América Latina todavía no se concibe como ser político revolucionario.
*Marco Antezana es empresario privado, presidente de Idetur.
La suma de todos los miedos
Una de las características propias de la situación de anomia en la sociedad es la desconfianza que surge y se disemina a lo largo y ancho del organismo colectivo. La desconfianza es el resultado del miedo.
Día de los Derechos Humanos
En el Día de los Derechos Humanos que se celebra hoy, 10 de diciembre, es necesario reconocer que los desafíos pendientes en la región en esta materia son muchos, pero que también se han alcanzado importantes logros