Desde hace algunos años a esta parte, cuando los parlamentarios cantan el Himno Nacional en el Congreso es que se ha aprobado algún disparate. El domingo, leía el periódico, cuando a las 11.30 escuché en la televisión que se cantaba el himno. Sabía de qué se trataba. Fui a ver. Entre mocos y lágrimas se abrazaban originarios con cholos y con cuantos pelmazos habían estado en uno de los episodios más infames que han acontecido en este comienzo de siglo.
Con el abuso más grande, sin orden ni concierto, con base en engaños y triquiñuelas, se había aprobado una Constitución que tiene un detalle: nadie de los presentes la había leído. Y si algún superdotado lo había hecho, el texto ya era otro, lo habían cambiado en la más tortuosa nocturnidad. ´¡Mala pécora!´, dice un amigo mío cuando se refiere a los bellacos. Mala pécora son quienes metieron sus manos en ese papelucho inservible.
Antes que se convocara a la Asamblea —en épocas de Carlos Mesa, todavía— me permití advertir que elaborar una Constitución entre cocaleros, pastores, mineros y una minoría educada iba, directamente, al fracaso. Que no se debía mezclar loros con canarios. Aunque la Constitución esté lista y sólo falte el refe-
réndum definitivo, no creo haberme equivocado, porque esta Constitución no va a ser nacional y entonces no sirve. Esta Carta Magna, pringada de chicharrón, sólo va a ser útil para un tercio del territorio boliviano, para quienes la han escrito.
En Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando, el desacato al mamotreto va a ser completo. Y seguramente que en Cochabamba habrá repudio también. Y ni qué dudar de Chuquisaca, a la que, después de matarle gente a balazos (ahora dicen que ha sido la Embajada), le vienen con el cuento de que es ´la capital constitucional de la República´. ¿Pero cómo tanto cinismo? ¿Para qué mentir así? Chuquisaca, como hace más de un siglo, no es sino la sede del Poder Judicial y punto. ¿Por qué los bolivianos tenemos que andar por estos caminos tortuosos de mentir tanto? ´El papel aguanta todo´, debe haber dicho alguno de los plumíferos que redactó esta Constitución abortada, sin claridad, negativa, politizada, sin un poquito de esperanza.
El pueblo de Sucre percibía lo que se cocinaba a escondidas. Por eso no dejó a la Asamblea en paz. Y por eso el Gobierno tuvo que tenerla protegida por policías, militares y los ´sectores sociales´, que son los indígenas que se movilizan, a costa del erario nacional, de un lugar a otro, amenazantes. Ésta ha sido una Asamblea perseguida, en permanente huida. Empezó en el teatro Gran Mariscal y de ahí pasó al Liceo Militar, y luego mintieron que sesionarían en el Chapare, para acabar en un paraninfo de la Universidad Técnica de Oruro. Todo por prolongar un mandato.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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