Los "humanos", en nuestra arrogancia y en abuso de nuestra inteligencia reducimos a los animales a objetos. En materia de normas de protección a animales, si bien existe una Declaración Universal de los Derechos Animales de 1977, ésta, a diferencia de la Declaración de la Declaración de Derechos Humanos de 1948 no ha sido estructurada en instrumentos internacionales o normas legales internas bolivianas que fortalezcan su ejecución y cumplimiento. Muchos afirmarían la imposibilidad de hacer esto en Bolivia, bajo el pretexto de la pobreza y falta de recursos del país, asumiendo de entrada que la protección de los derechos de los animales es ofensivamente costosa. Sin embargo, el Congreso tiene más tiempo y recursos financieros para declarar al charango como patrimonio cultural del país, ignorando que todavía existe caza clandestina de quirquinchos (armadillos andinos) para la fabricación clandestina e ilegal de charangos con caparazones de dicho animal.
Existe una diferencia fundamental entre la lucha por la vigencia de los Derechos Humanos y la lucha por la vigencia de los derechos de los animales. En el primer caso, hay en mayor o menor medida posibilidad de denuncia, protesta, resistencia y reclamo por la vigencia de dichos derechos. Los derechos humanos son el producto de reclamos históricos que se han ido conquistando a través de luchas relacionadas con la forma de administrar el poder, es decir: luchas dirigidas y conducidas por humanos.
Ahora bien: ¿Ha visto usted a los cachorros huérfanos de una perra atropellada en una carretera ladrando por indemnización de daños en el batallón de Tránsito? ¿Ha podido la prensa registrar los reclamos del león ´Fido´ del zoológico de Oruro moribundo, sin agua ni comida y carcomido por la sarna, pidiendo se le aplique la eutanasia en piedad por la negligencia de sus cuidadores y del alcalde? ¿Ha visto usted. acaso algún conglomerado de vacas, bloqueando el paso a los supermercados que vendan carne vacuna sacrificada con procedimientos precarios y brutales? Seguro que no, salvo que usted sufra alucinaciones o tenga una imaginación muy vivaz.
Los animales están en desventaja porque no tienen la capacidad de hacer valerse como sujetos de derechos. Nosotros, ´humanos´, en nuestra arrogancia tecnológica y en abuso de nuestra inteligencia, anulamos las capacidades de defensa y auto-preservación de los animales que pretendemos dominar y aprovechamos de esta discapacidad para reducirlos a calidad de objetos. Es tan ciega la arrogancia que consideramos objetos a seres que comparten con nosotros características biológicas y anatómicas básicas, especialmente la capacidad de trasladarnos por voluntad propia y en la mayoría de los casos, percibir estímulos dolorosos a través del sistema nervioso.
Este egoísmo utilitarista que nos caracteriza en nuestras relaciones con los seres vivos animales externos a la especie del homo sa-
piens, produce irónicamente una deshumanización interna del abusador quien se vuelve insensible a actos de crueldad o inducción arbitraria de sufrimiento a animales indefensos. Por ejemplo, son comu-
nes en unidades militares de ´élite´ el uso de animales como instrumentos para deshumanizar a los soldados. La deshumanización se produce mediante un sistemático lavado de cerebro para inculcar en el soldado la falsa idea de que la hombría y la valentía se mide en función de la capacidad de torturar y matar animales, sin remordimiento o crisis emocional.
La deshumanización ante los animales se asemeja irremediablemente a modelos de estado esclavistas y autoritarios tal cual sucedía en el Imperio Romano o en la Alemania Nazi. Al igual que el esclavo o el judío, el animal sufre una reducción su status de ´ser´ a ´cosa´ (sujeto/objeto) por lo cual, bajo la complicidad de la doctrina del Derecho Civil hacemos de su sufrimiento animal una afectación a los derechos del humano propietario de la cosa, y no a un derecho inherente al animal como ser autónomo dañado.
Lastimosamente, no se cuenta con suficientes instrumentos jurídicos para iniciar la reversión de esta lógica. Normativamente, los municipios de La Paz y el El Alto cuentan con una prohibición de uso de animales en actividades circenses. Si bien la norma es acertada, no cubre la situación de la mayoría de los animales vulnerables de trato cruel: mascotas urbanas y rurales, animales callejeros, animales de granja utilizados en la industria alimenticia y las especies salvajes.
Quienes vivimos en las ciudades convivimos cómodamente con formas sutiles y toleradas de maltrato animal. Éste es el caso de animales diseñados biológicamente para volar a los cuales guardamos en jaulas diminutas, ratones y conejos atrapados entre cuatro paredes de vidrio sin posibilidad de correr o hacer madrigueras, peces y tortugas encerrados en tanques diminutos o boas condenadas a vivir enroscadas alrededor de un palo de madera estático. Lo enfermizo es que desarrollamos cariño y afecto por estas criaturas cuyo encierro inconsulto y prisión abusiva justificamos para la satisfacción de nuestra necesidad de dominio deshumanizante.
La lucha por la protección de los derechos animales es, por ende, también una lucha por la humanización de las personas a través de la reparación de este lazo roto con la naturaleza a la cual hemos saqueado (por no utilizar verbos más elocuentes). El primer paso de la lucha es ofrecer y aprobar un marco jurídico razonable que permita activar mecanismos de prevención y respuesta estatal eficiente ante actos de crueldad o maltrato animal. En tanto, dichos mecanismos se activen con regularidad, por efecto de la denuncia o la buena diligencia gubernamental, existirá más opciones de invertir la cultura utilitarista y cruel hacia los animales y lograr en su favor la superación del status jurídico de ´cosa´.
*Enrique MacLean S. es abogado.
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