El relator de las Naciones Unidas, Rodolfo Stavenhagen, manifestó aquí últimamente, su preocupación por la ´grave persistencia de los fenómenos de racismo y discriminación en contra de indígenas en Bolivia´. Estas expresiones de racismo se habrían hecho notorias durante los conflictos en la ciudad de Sucre, donde rebeldes universitarios se habrían burlado de algunas mujeres de pollera. El relator comentó, además, que había recibido numerosas denuncias con respecto a la discriminación que siguen sufriendo los indígenas, sobre todo las mujeres.
Pero si este alto funcionario de la ONU, quien estuvo en el país desde fines de noviembre, se hubiese dado el trabajo de observar en la pantalla de televisión a los jóvenes universitarios de Charcas, se habría dado cuenta de que éstos eran tan morenos como las mujeres de pollera a quienes zaherían. Y eso es lógico porque la inmensa mayoría de la población boliviana es mestiza.
Evidentemente, no puede haber racismo en un país donde el 95% de la población desciende de los pueblos indígenas. Por este motivo, desde la fundación de la República, sólo hubo diferencias económicas y culturales. Se podría afirmar por el contrario, que Bolivia es el país menos racista del continente. Pero pese a ello, existe una marcada segregación por la indumentaria: los que usan el traje occidental plenamente civilizado se distancian de los que continúan con el vestido popular tradicional.
En consecuencia, para superar todo vestigio de racismo en el país, bastaría con educar a los campesinos sobre la conveniencia de usar el traje occidental que ahora es mundial, sobre todo si se van a avecindar en las ciudades. Pero, lamentablemente, ahora ha surgido una especie de deificación de todo lo indígena, lo que ha determinado que haya muy fuertes presiones para que nuestros pobres campesinos ya no piensen en cambiar de ropajes y convertirse en ciudadanos urbanos, sino que se los obliga moralmente a continuar con sus vestidos tradicionales. Esto sucede sobre todo con las mujeres, quienes deben continuar portando la pollera, pese a ser un vestido caro, incómodo y que no condice con la tremenda actividad de la vida cotidiana del evolutivo mundo moderno. Además, es menester recordar que la pollera no es un traje indígena sino español del siglo dieciocho. Precisamente ella se constituyó en el símbolo de las discriminaciones sociales que existieron en el país, durante casi tres siglos.
Cabe señalar sobre el particular, que no son los campesinos los que insisten en mantener sus ritos y vestiduras. Son los denominados ´intelectuales de izquierda´, gente urbana y salida de las universidades nacionales, quienes ahora se han convertido en grandes defensores de la tradición y del conservadurismo. Ellos han determinado exaltar todo lo que sea costumbre ancestral, calificándola de cultura endógena.
Naturalmente, esta exaltación de lo indígena tiene un fin político: el separar a los campesinos de la clase urbana, manteniendo sus costumbres, lengua y vestido, para hacer de ellos partidarios obligados de una corriente política que actualmente gobierna el país. Y es a esto a lo que la juventud exaltada de Chuquisaca se opuso tenazmente. En otras palabras, los ponchos y las polleras han sido vistos en Sucre no como una representación de una raza diferente, sino como un uniforme de los partidarios del Gobierno.
Pero como era de esperar, esta peregrina teoría glorificadora de todo lo pluricultural está dando sus negativos frutos, con el brote de un nuevo racismo en Bolivia. Al dejar atrás las concepciones progresistas, basadas en la igualdad entre los hombres, los ´intelectuales de izquierda´ han adoptado una posición eminentemente reaccionaria, que ampara el racismo, el mantenimiento de las tradiciones vernaculares y, por último, el odio de razas.
Es de lamentar que mientras en el resto de nuestro continente se preocupan por la igualdad de sus ciudadanos, en Bolivia se retrocede 100 años y se decide mantener a su gente separada y enfrentada, lo que a la postre podría poner en peligro la propia integridad de la nación.
*Ramiro Prudencio Lizón es diplomático e historiador.
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