Las apuestas ya están dadas: que se vote todo (o casi todo). En todo caso, quien gane en cualquiera de los sufragios no parece realmente asomarse a una victoria que establezca un periodo de bonanza política, en la que el ejercicio del poder se establezca a través del consenso y la coerción legítima del Estado, adecuándonos a la ya clásica fórmula gramsciana de hegemonía.
Menos, si pensamos el descabellado escenario en el que la burguesía agroindustrial del Oriente —que es la más visible en la coyuntura política— pretenda movilizar a vastos sectores de la población en pos de un proyecto unificador. Inclusive, es poco probable que esta fracción pueda siquiera convencer a sus pares de clase para montar un proyecto de país, pues es para todos evidente que cualquier intento o moriría en la justa electoral o, si por ventura llegaría al gobierno, su fragilidad sería tal que no llegaría ni al año de vida (siendo optimistas), aún con fascismo de por medio (la forma más probable de gobierno, dadas sus precarias capacidades políticas). Es esto que detiene las asonadas desde los cuarteles y no tanto el ejercicio de poder por parte del Gobierno, que de hecho no existe en al menos 3 departamentos.
Encima, el contexto internacional, sobre todo en la región, no está para que la oposición comience a llamar a intervenciones de los ´hermanos mayores´ para que ´vigilen´ una democracia secuestrada por ellos mismos. Además de provocar pena, estos recursos no hacen otra cosa que hacer explícitas sus debilidades. Ya bastante han avanzado, en todo caso, dado su estado pos 2003.
¿Permitirá la oposición que la nueva Constitución promovida por el MAS vaya a referéndum sin que se haga campaña por el no? Casi seguro que, a la campaña por el no, se buscará un referéndum y una campaña por el sí a un estatuto autonómico. Cada uno con su agenda electoral. Unos por el sí y otros por el no, ya no se sabe de qué referéndum. Si acá, podemos tener a los bolivianos y bolivianas votando durante todo un año. Y encima, después, elecciones de nuevas autoridades.
Con todos los procedimientos enviciados, la votación terminará por lavar la suciedad, como un río cristalino de gente que vota, participa y legitima algo que estaba moribundo. Lo penoso es que, en medio del fuego cruzado, la retórica permitirá que el debate sobre el contenido de la nueva Constitución se reduzca a consignas. Y en este raquítico debate público, un gobierno indígena campesino volverá a legitimar un orden liberal, sazonado con términos grandilocuentes que harán palidecer a cualquier gatopardismo de reciente data, muy en boga por estas latitudes.
*Gustavo Luna es comunicador y trabaja en el Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA).
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