No es usual, a estas alturas del año, andar haciendo pronósticos políticos. Habitualmente estamos todos adormecidos por el espíritu findeañero, unos dispuestos a meterse de cabeza en el tren navideño, y otros resistiendo a duras penas el ambientillo de jauja, pensando más bien en algún descanso para cargar las pilas del próximo año. El calendario histórico de quilombos y despelotes políticos nos dice que esta es una época de tregua y desarme. Y como somos animales de costumbres nomás, creo que va a ser muy difícil caldear los ánimos de las masas para enfrentar la madre de todas las batallas, sobre todo en un fin de año en el que me da la sensación de que en la calle hay harta plata, y muchas ganas de gastarla. Un escenario complicado, en términos de tiempos, para don Marinkovic y sus huestes, quienes sin embargo, ya han echado a andar una masiva campaña de inflamación xenófoba.
La bomba de tiempo que habían instalado en la Asamblea Constituyente con el tema de la capitalidad, estalló a medias, y finalmente no obtuvo el resultado buscado. Los asambleístas, en un último y esforzado puje, parieron un proyecto de Constitución Política del Estado, logrando con la presencia de la bancada de Unidad Nacional, una nueva condición de legitimidad fuera de todo pronóstico. Después de más de un año de sufrir una lenta y premeditada asfixia, el oficialismo encontró las salidas que le permitieron girar el tablero constituyente y retomar la iniciativa política: Malo para los que ya se frotaban las manos en el cortejo fúnebre de la Asamblea. Por si fuera poco, el Presidente de la República decide doblar la apuesta proponiendo un referéndum revocatorio en el que se dirima, en las urnas, el engañoso y recurrente ´empate´ de fuerzas: recontra malo para los que orquestaron nota a nota una sinfonía de violencia in crescendo, que en sus últimos compases cerrara triunfalmente con la suficiente cantidad de muertos para tumbar al gobierno.
El gobierno no solamente ha reconstruido el mapa de la coyuntura, pero lo ha hecho sin privarnos el derecho a rechazar democráticamente la nueva constitución. Es más, por primera vez, nos da la oportunidad de impugnar el mandato del Presidente y de los prefectos antes de haberse cumplido la primera mitad del periodo. ¿Dónde está la trampa? ¿Por qué buscarle tres pies al gato? ¿A qué le tenemos tanto miedo? Si no nos gusta lo que está ocurriendo, simplemente votemos por el no a la Constitución y votemos por la revocatoria del mandato presidencial. Ésta será una manera de establecer nuestra posición y determinar que lo que se ha hecho fue ilegal e ilegítimo.
No a la Constitución y chau al Presidente. ¿No es esta una manera más democrática que una banda de delincuentes de la Unión Juvenil Cruceñista huayqueando cobardemente a un colla, y tratando de ´detenerlo por ser masista´? Tanto lloriqueo por los supuestos atropellos a la democracia, y cuando tenemos la opción clara entre la violencia y el voto, nos hacemos los exquisitos con posturas más papistas que el papa. Realmente, para Ripley.
Vuelvo entonces a la tesis planteada en mi última columna: El pacto político no fue posible porque sencillamente los poderosos empresarios no podían aceptar un régimen autonómico que no estuviere hecho a medida para conservar sus privilegios. Hoy tampoco aceptarán una salida democrática, porque saben bien que los resultados les serán adversos. Todo indica entonces que lo que viene en el mediano plazo, será la consecuencia de una provocación premeditada, que en el fondo busca forzar un escenario de escisión del país.
*Ilya Fortún es comunicador social.
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