No pueden imaginarse, queridos amigos de La Razón, lo honrado que me siento con la distinción que me hacen. Es una distinción que quiero compartir con todos aquellos que no tienen miedo o vergüenza de llamarse “empresarios”. Lo hago porque el término “empresario” está incorporado a nuestro vocabulario cotidiano, ¡como una mala palabra!
Hoy, aprovechando la oportunidad que me dan, quiero reivindicar la actividad empresarial. Y quiero rescatar a todos aquellos que un día decidieron apostar por el riesgo de crear empresa, de ser empresarios. Porque esa es la definición que nos da nuestro diccionario: “Empresario es emprender: acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño. Se dice, más comúnmente, de los que encierran dificultad o peligro”. Eso es ser empresario. Y no creo necesario contarles todas las aventuras y peripecias de los riesgos, las dificultades y peligros que esta actividad me ha ocasionado.
Hace unos días vi zigzagueando un diminuto trufi cargando en su techo cuatro sillones de living, que eran transportados a la Feria de la 16 de Julio. Cuando trataba mentalmente de descascarar el producto, veía que el tapiz de color intenso fue producido por un empresario en una planta arrinconada en Villa Adela. Estos muebles, armados con una espuma de poliuretano producida en una fabrica camino a Oruro, que fue pegado sobre un armazón de madera por un laborioso empresario carpintero/tapicero, en Alto Obrajes, quien compro las tablas de un pequeño distribuidor en Villa Fátima y que llegaron al lugar por un portentoso camionero empresario con su Volvo recién importado (aunque usado) desde Suecia, y quien baja semanalmente a Alto Beni llevando papa y cerveza, y en el retorno transporta para las empresas y sus comunidades el exquisito almendrillo que van explotando en los bosques. ¡Ah! y se me escapaban los ferreteros, los proveedores de pegamento, comideras y, en fin, un sinnúmero de otros aportantes al producto, todos empresarios.
También es empresario el ganadero que sufre en tiempos de lluvia. Y la farmacéutica que se debe quedar toda la noche esperando si alguien golpea a su puerta. También es empresaria la dulcera que provee a crédito unos chocolates a nuestros hijos en la puerta de su colegio, el chamarrero de la Illampu, la comerciante de la feria de Achumani y tantos otros… Y es empresario el que tiene que ir y venir, corretear de un lado al otro, viajar y hacer lobby para convencer a senadores y diputados americanos de la importancia, por ejemplo, de un ATPDEA.
También, estoy absolutamente consciente de que hay empresarios buenos y hay empresarios malos. Pero eso sucede en todas las actividades: hay académicos buenos y académicos malos, hay deportistas buenos y los hay malos, hay médicos buenos y médicos malos. Y a nadie se le ocurriría condenar a la academia, al deporte o a la medicina. Pero se condena, se demoniza, con muchísima facilidad a la actividad empresarial: ¡por eso la reivindico en esta oportunidad!
No quiero meterme al terreno de la interpretación sociológica o política —jamás he tenido esas pretensiones—, pero durante décadas nos habíamos acostumbrado a un tipo de empresa, a un tipo de desarrollo y de economía, que sólo tenía como referencia al Estado. Para ninguno de nosotros puede ser lejano el recuerdo de esos tiempos en los que no se podía hacer absolutamente nada sin el protagonismo del Estado. Sólo hay que recordar que era el Estado el que vendía la leche o la mantequilla, había un solo canal de televisión y estaba prohibida la importación de encendedores porque la fabrica estatal de fósforos temía tener competencia. Un Estado que insistía en regular los precios de la carne y de las lechugas. Así, teníamos carne que parecía hueso y lechugas marchitas en los mercados.
Esa situación deformó el desarrollo normal de la actividad empresarial, porque ésta no era posible por sí sola. Ha costado mucho conformar una mentalidad nueva y se tiene mucha dificultad para asumir, por ejemplo, la cantidad de empleo que era exclusivamente estatal y que ahora depende del éxito de la actividad empresarial. Porque además de la responsabilidad personal de la conducción de nuestro negocio, tenemos la responsabilidad social que depende del éxito de ese negocio. Y cuando se habla del empresario, grande o chico, jamás se piensa en la cantidad de personas, la cantidad de familias, las vidas que rodean a ese empresario.
Son muchas las ocasiones en las que uno piensa si vale la pena seguir en el empeño. Las dificultades económicas —que son muchas— las tensiones sicológicas y hasta los problemas de salud que acarrean, generan más de una duda.
Es importante que ustedes sepan una cosa: cuando uno está al borde de la tentación de abandonar el empeño, hay una imagen absolutamente inevitable: si yo me rindo y si tú te rindes, ¿qué va a quedar del país, qué va a quedar de los empleos, de los sueños, de los hijos?
Quiero reiterar el honor que significa para mí esta distinción. Y quiero expresar mi gratitud sin límites a la generosidad que han tenido los directivos de La Razón al concedérmela. Pero también quiero decirles que me sentiría totalmente frustrado si no aprovechara esta oportunidad para decir algo que me sale del fondo de mi alma.
Yo sufro cada vez que escucho mensajes de intolerancia y de odio. Vivo angustiado por la posibilidad de una confrontación en el país. No tengo los medios para salir y gritar esa mi angustia y por eso debo aprovechar esta oportunidad.
Nadie me ha nombrado mensajero de ninguna verdad, pero conozco la historia de las confrontaciones. Les pido que me entiendan si imploro por la necesidad de la conciliación. Y quiero subrayar: ¡la necesidad de la conciliación entre bolivianos! No de la reconciliación.
Y no lo hago porque entre la conciliación y la reconciliación, ¡puede haber muchas víctimas!
Por razones familiares de origen religioso y racial, tengo grabada en mi alma la imagen de muchos muertos. Después se produjo la reconciliación, pero los muertos quedaron en el camino y en la historia.
¡No quiero para mi Bolivia una reconciliación después de los muertos! ¡Tenía que decirlo!
*Marcos Iberkleid Personaje del Año de La Razón (fragmento de su discurso del 13/12/07).
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