El memorándum de entendimiento suscrito el reciente domingo en La Paz, entre los presidentes Morales, Bachelet y Lula Da Silva, para culminar el suspirado corredor bioceánico, es una prometedora apuesta tripartita que, al mismo tiempo, va a trascender a toda la región. Lo que es bueno para Bolivia, Brasil y Chile, es bueno para los demás países de Sudamérica. Cabe preguntarse por qué no se hizo antes.
Por lo demás, es una iniciativa mucho más realista que la propuesta del oleoducto del sur, que había imaginado el calenturiento presidente venezolano, Hugo Chávez. Por cierto que, con la misma ligereza con que la propuso, dejando a Bolivia a un lado, deprisa se olvidó del faraónico plan petrolero. El corredor, en cambio, es factible y está ya a medio trazar. Lo que queda por hacer es menos de lo ya construido en Chile y en Brasil. Y su costo final es notablemente menor al fantasioso gasoducto del sur. Es un hecho comprobado que una cosa es tratar con jefes de Estado serios, como han probado ser los de Chile y Brasil, que chalanear con un gañán de feria como es el venezolano, por mucho oro negro —y del otro— que rebose de sus repletas arcas.
Ahora, hay que esperar que los bolivianos, responsables inmediatos de la ejecución de proyecto, estén a la altura de las circunstancias, tanto en lo técnico como en lo ético. El astuto lector sabe a qué me refiero. Y que a nadie se le ocurra levantar bloqueos o interpretar equivocadamente y a su capricho como falso pretexto, el —ahora tan de moda— ´derecho a la autodeterminación de los pueblos´ para estorbar una gran obra cuyo objetivo es, precisamente, la liberación de la ancestral pobreza, aislamiento y subdesarrollo de los pueblos de esta parte del subcontinente, siendo así que el ´corredor interoceánico´ es un instrumento excepcional para la liberación de su aislamiento, ignorancia y pobreza milenarias.
Las cosas han venido de tal modo que una de las preguntas inesperadas que deben responderse es el cómo se las entenderán las autoridades nacionales y las autonómicas en la puesta en marcha de esta gran cinta de transporte. Una cinta que no sólo comunicará y enriquecerá los centros urbanos existentes que atraviesa, sino que irá creando nuevos polos de desarrollo alrededor de su trazado por departamentos autodeclarados autonómicos.
Quién sabe si ésta será la primera oportunidad o el primer forcejeo para ir aclarando las competencias del poder central y de las autonomías, mientras la figura institucional de una Bolivia de dos caras no se asiente y el país tome cuerpo constitucional firme y durable. Y digo esto porque presiento que no es impensable que la Constitución de la Glorieta fuera causa de graves trastornos. La coexistencia de dos Bolivias— es sólo un supuesto de trabajo—, tomando en cuenta las multitudinarias, ardorosas y hostiles manifestaciones del sábado pasado, en oriente y occidente, son causa de preocupación.
Por mi parte, hago los más fervientes votos para que la imbecilidad político-administrativa tan frecuente en nuestro medio, no se interponga como un impedimento insuperable o, al menos, como un retraso inútil al importante emprendimiento del corredor.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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