Estimado lector, habrá notado usted que, con mucha frecuencia, el Primer Mandatario utiliza la frase “no puedo entender…”, para referirse a diversos y diferentes temas polémicos, en muchas de sus alocuciones políticas. Imaginemos entonces un diálogo, o tal vez mejor un monólogo, en el que el Primer Mandatario utiliza esta frase, para cuestionar a sus ministros sobre los resultados económicos alcanzados hasta la fecha.
Compañeros, no puedo entender cómo, a pesar de esta maravillosa coyuntura internacional, que ha traído a los países exportadores de materias primas los precios más altos registrados en la historia, la economía de nuestro país apenas ha crecido en un 3,8 por ciento en el año 2007; situación que nos coloca entre los cuatro países de más bajo crecimiento; junto a Haití —nuestro habitual compañero—, Nicaragua y Venezuela.
Por otro lado, también me cuesta entender que el crecimiento per cápita de Bolivia apenas llegue al uno y algo más por ciento, cuando se sustrae de esta tasa, la tasa de crecimiento poblacional.
Verdaderamente, no puedo comprender cómo Bolivia, Nicaragua y Venezuela estén a la “cola” de los países en términos de crecimiento económico, mientras que el resto de los países “neoliberales” ha crecido a tasas significativamente más altas, como es el caso de Paraguay, que este año ha crecido al 6,5 por ciento, tan sólo con sus exportaciones de soya. Ni qué decir del Perú, que este año crecerá a más del nueve por ciento, con una inflación que no superará el tres por ciento anual. Esto es preocupante compañeros pues, como ustedes mismos lo han dicho, si la economía no crece, tampoco podrá crecer el empleo.
Por otro lado, compañeros, no puedo entender cómo en Bolivia hemos llegado a una inflación del 13 por ciento anual que, lamentablemente, nos coloca entre los tres países de mayor inflación de la región, junto a la registrada por el Comandante Chávez en Venezuela y la de la República Argentina. No necesito decirles que esto es motivo de gran preocupación, ya que ustedes mismos lo han reiterado en varias oportunidades: la inflación es un impuesto ciego, que afecta sobre todo a los más pobres y a los que tienen ingresos fijos en moneda local.
Lo que pasa es que, cuando yo les pregunto sobre el estado de la economía, todo lo que ustedes me responden es que “gracias a nuestra gestión, Bolivia ha logrado los niveles más altos de exportación, de reservas internacionales y de depósitos bancarios de su historia”. Sin embargo, “alguien también me ha dicho por ahí” que, decir esto, no es precisamente lo correcto, ya que, paradójicamente, Bolivia está exportando menos hidrocarburos, menos minerales —a excepción del zinc y el antimonio— y menos productos agrícolas que antes. Por lo tanto, el mayor valor de las exportaciones se debe exclusivamente a los precios internacionales y no al volumen de las exportaciones.
De igual manera, también alguien me ha dicho por ahí, que los mayores ingresos tributarios que recibe Bolivia no son el fruto de nuestro decreto de nacionalización, sino que se originan —otra vez— en los altos precios internacionales, que casi se han triplicado en los últimos años y en la nueva Ley de Hidrocarburos (Ley 3058), que se aprobó durante el período de mi antecesor, el presidente Mesa, y que es responsable del incremento de los impuestos y las regalías a los hidrocarburos.
Otra cosa que no deja de quitarme el sueño, compañeros, es el bajo nivel de inversión que tenemos en Bolivia. Al parecer, somos, nuevamente, los penúltimos en materia de inversiones de la región, sólo por encima de Haití; que no es, precisamente, el país con el que desearíamos compararnos en Latinoamérica.
Compañeros, ustedes siempre me han dicho que íbamos a dar cátedra en economía. Sin embargo, con estos resultados, no creo que podamos seguir diciendo lo mismo. En mi pasado reciente, como dirigente sindical, creo que aprendí que no hay que ser arrogantes en la vida. La soberbia se paga muy cara y ése es un riesgo que no puede correr mi gobierno. Así que muchachos, por favor, les ruego ponerse a trabajar duro en la economía y dejar de conversar con la prensa que, según ustedes mismos me cuentan, les hace decir cosas que no han dicho.
*Juan L. Cariaga es economista y escritor.
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